Un salto ge­ne­ra­cio­nal pa­ra re­fres­car la car­ta de Ribeiro

La pre­sen­ta­ción de los pri­me­ros vi­nos de la mar­ca Ca­tro Fe­rra­dos ha per­mi­ti­do re­ba­jar de for­ma no­ta­ble la me­dia de edad en­tre los pro­duc­to­res de la co­mar­ca de O Ribeiro, las­tra­da por un al­to en­ve­je­ci­mien­to y un di­fí­cil re­le­vo ge­ne­ra­cio­nal. Jo­sé Va­re­la rec

La Voz de Galicia (A Coruña) - Gastronomia y Vinos - - Quién Es Quién - JO­SÉ VA­RE­LA AGUA­DO

Cuan­doel re­le­vo ge­ne­ra­cio­nal es el gran pro­ble­ma al que se en­fren­ta el sec­tor del vino en Ga­li­cia (so­bre to­do en el in­te­rior de la co­mu­ni­dad y sin­gu­lar­men­te en la co­mar­ca ou­ren­sa­na de O Ribeiro, don­de las ci­fras reales de vi­ti­cul­to­res suben año a año el ni­vel de las aler­tas), la irrup­ción de un colleiteiro que re­ba­ja la me­dia de edad es una bue­na no­ti­cia en sí mis­ma. Jo­sé Va­re­la Agua­do (Ou­ren­se, 1985) ofre­ce un perfil di­fe­ren­te que lo ha­ce me­re­ce­dor de aten­ción, aún cuan­do, so­bre el pa­pel, pa­rez­ca un re­cién lle­ga­do. Por­que lo es, en reali­dad, da­do que la ven­di­mia del 2016 ha si­do la de su pre­sen­ta­ción. Su tar­je­ta se lla­ma Ca­tro Fe­rra­dos.

Jo­sé lle­gó al vino sin sa­ber exac­ta­men­te por qué. Le gus­ta­ba. Y le in­tere­sa­ba. Lo veía co­mo al­go pró­xi­mo. Y no so­lo por ha­ber vi­vi­do las ven­di­mias des­de niño. Igual es el ti­rón de los ge­nes. Sea co­mo fue­re, en la uni­ver­si­dad no ter­mi­nó de en­con­trar lo que que­ría y aca­bó vol­vien­do sus ojos a la tie­rra en la que su abue­lo, Juan Va­re­la, ha­bía em­bo­te­lla­do un blanco del Ribeiro, eti­que­ta­do, con se­llo del consello re­gu­la­dor y con mar­ca pro­pia. Don

Juan. Un pio­ne­ro, po­dría­mos de­cir. A la se­gun­da ge­ne­ra­ción, o sea, al pa­dre de Jo­sé, le to­có ha­cer fren­te a una re­con­ver­sión de vi­ñe­dos que pa­re­cía irre­ver­si­ble, aun­que al­gu­nos se em­pe­ña­ran en afe­rrar­se a lo fá­cil, que era re­sis­tir con lo que ha­bía, ir ven­dien­do co­mo se po­día, y del fu­tu­ro, me­jor ni ha­blar.

Jo­sé se su­mó a quie­nes de­ci­die­ron cam­biar el pa­so. Los vi­ñe­dos fa­mi­lia­res en Pu­ga, en el mu­ni­ci­pio de Toén, de­ja­ban mar­gen. Y así fue co­mo se trans­for­ma­ron dos hec­tá­reas con la me­jor vi­sión, que pa­sa­ba no so­lo por la ex­pan­sión de las va­rie­da­des de vi­ní­fe­ra más ade­cua­das, sino por sa­ber an­ti­ci­par la me­ca­ni­za­ción co­mo una op­ción. Que los cua­tro fe­rra­dos ini­cia­les aca­ba­ran sien­do cua­ren­ta es otra his­to­ria. El pa­dre de Jo­sé sen­tó, con el cam­bio de si­glo, la ba­se de lo que aho­ra es. Los fru­tos de aquel vi­ñe­do fue­ron al me­jor pos­tor du­ran­te los pri­me­ros años. Has­ta que aquel jo­ven que em­pe­zó a sen­tir­se có­mo­do en la vi­ña co­mo vi­ti­cul­tor qui­so dar el salto y con­ver­tir­se en colleiteiro. Lo pri­me­ro fue re­cu­pe­rar la vie­ja bo­de­ga fa­mi­liar del si­glo XIX. Po­co más me­re­cía la pe­na apro­ve­char que no fue­ran las pa­re­des, pe­ro lo hi­zo. El res­to lle­gó ro­da­do. La de 2016, re­cién em­bo­te­lla­da, ha si­do su pri­me­ra ven­di­mia. Se es­tre­nó en la fei­ra do Ribeiro. Tie­ne cla­ro lo que quie­re. Hay dos ver­sio­nes de Cua­tro Fe­rra­dos: el con­ven­cio­nal, con 8.500 bo­te­llas; y el fer­men­ta­do so­bre lías, con 1.500 bo­te­llas más. Se aso­ma al mun­do con la ven­ta­ja de co­no­cer la tie­rra. Y eso ayu­da.

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