ÁLVARO UR­QUI­JO

“Mi her­mano En­ri­que no era to­xi­có­mano”.

La Voz de Galicia (A Coruña) - Hoy Corazón - - SUMARIO - POR J ABRIL. FO­TOS: M. VA­QUE­RO

Ha­blar con Álvaro Ur­qui­jo (55) es to­do un lu­jo. No so­lo por­que es una emi­nen­cia de la mú­si­ca es­pa­ño­la, sino por­que po­dría es­tar ho­ras es­cu­chan­do to­das las anéc­do­tas so­bre su vi­da que cuen­ta al de­ta­lle. Una vi­da en la que he­mos par­ti­ci­pa­do to­dos, por­que a Los Secretos les he­mos ro­ba­do can­cio­nes des­de que em­pe­za­ron para ha­cer­las pro­pias e in­cluir­las en los mo­men­tos más es­pe­cia­les de nues­tras vi­das. Que­do con él en el es­tu­dio que tie­ne en su ca­sa, don­de to­do es mú­si­ca y re­cuer­dos. Me en­se­ña, con or­gu­llo, las gui­ta­rras de 12 cuer­das que ha­cen in­con­fun­di­ble el es­ti­lo de Los Secretos y me cuel­ga una ma­ra­vi­lla de dos más­ti­les. Ha­bla­mos de su vi­da du­ran­te ho­ras en una tar­de muy es­pe­cial. Im­po­si­ble re­pro­du­cir­lo to­do en unas pá­gi­nas, aun­que ellos lo han he­cho en la pe­lí­cu­la Una vi­da a tu la­do. Les re­co­mien­da la can­ción

Ca­da día para acom­pa­ñar es­ta en­tre­vis­ta. ¿El mo­ti­vo? «Se la es­cri­bí a mi her­mano En­ri­que».

Di­fí­cil sin­te­ti­zar 40 años en una ho­ra y me­dia, ¿no?

Pues la ver­dad es que sí. Por­que nues­tra ca­rre­ra no ha te­ni­do un hi­lo per­fec­ta­men­te tra­za­do que sea fá­cil

de na­rrar. Por po­ner­te un ejem­plo, la gen­te nos aso­cia con La Mo­vi­da ma­dri­le­ña y, real­men­te, no­so­tros em­pe­za­mos mu­cho an­tes. Co­mo no éra­mos de los que se­guía­mos la mo­da, la crítica y los me­dios nos die­ron la es­pal­da. Sa­ca­mos tres discos del 80 al 83 y lue­go nos echa­ron a la ca­lle. Tex­tual­men­te nos di­je­ron: «Aho­ra lo que mo­la es otra co­sa y no os va­mos a re­no­var». Por­que no lle­vá­ba­mos el pe­lo de pun­ta o no ves­tía­mos ra­ro.

En­ton­ces, ¿qué tie­ne que ver Los Secretos con La Mo­vi­da de los 80?

Pues po­co, por­que no nos acep­ta­ban. No éra­mos mo­der­nos para ellos. Y no so­lo no­so­tros. Es­ta­ban los Hom­bres G y al­gu­nos más que no cum­plía­mos los pa­rá­me­tros im­pues­tos. Los lo­cu­to­res de ra­dio nos lla­ma­ban los ba­bo­sos. En el mis­mo lo­cal es­tá­ba­mos Ka­ka de Lu­xe, Los Zom­bies, Mer­me­la­da, Na­cha Pop… A mu­chos gru­pos les des­tro­zó es­te re­cha­zo me­diá­ti­co. Te doy un ejem­plo: Los Secretos ja­más fui­mos in­vi­ta­dos ni a La edad de Oro ni a La bo­la de cris­tal, los pro­gra­mas más van­guar­dis­tas y de mo­da en el ám­bi­to mu­si­cal. Fue muy in­jus­to.

Si va­mos al ini­cio, to­do em­pie­za con tres her­ma­nos, un ami­go y un pa­dre que no acep­ta­ba lo de que os de­di­cá­rais a la mú­si­ca.

Así es. Mi pa­dre era un gran me­ló­mano y nos edu­có en ese sen­ti­do. En mi ca­sa se res­pi­ra­ba mú­si­ca y en nues­tro co­le­gio, tam­bién. Lo que él no te­nía pre­vis­to es que ese hobby se con­vir­tie­ra en nues­tra pro­fe­sión. Mi pa­dre se en­fa­dó, por­que que­ría que si­guié­ra­mos nues­tros es­tu­dios y tu­vi­mos que en­ga­ñar­le para po­der se­guir ha­cien­do conciertos en co­le­gios o so­nan­do en ra­dios. La si­tua­ción lle­gó a tal pun­to, que él des­mon­ta­ba nues­tros am­pli­fi­ca­do­res si se iba de via­je para que no to­cá­ra­mos. Pe­ro a mí se me da­ba muy bien lo de mon­tar­los otra vez (ri­sas). Y, an­tes de que vol­vie­ra, los des­mon­tá­ba­mos otra vez.

Y, al fi­nal, tu­vo que acep­tar la si­tua­ción.

No tu­vo más re­me­dio, pe­ro no le hi­zo gra­cia. Es que nos pre­sen­ta­mos en 1980 con un con­tra­to dis­co­grá­fi­co y una gi­ra fir­ma­da. Al prin­ci­pio pen­só que era una bro­ma y, cuan­do vio que no, se mos­queó mu­chí­si­mo.

Los mo­men­tos de éxi­to van li­ga­dos a mo­men­tos trá­gi­cos. Es­to es una cons­tan­te en Los Secretos.

Sí, des­de el ini­cio. Y era al­go que me cos­ta­ba en­ten­der. Mu­rió mi abue­lo. Lue­go, mi tío, mi abue­la... Des­pués, Ca­ni­to, que era el cuar­to fun­da­dor del gru­po. A los tres años Pedro, que tam­bién for­mó par­te de la ban­da. Y, más tar­de, mi her­mano En­ri­que. Fue una es­pe­cie de for­ma de vi­da con la que tu­vi­mos que con­vi­vir. Era un «nos ha to­ca­do» cons­tan­te. Di­fí­cil, pe­ro nos hi­zo apren­der que hay que bus­car fuer­zas de don­de no las hay para se­guir.

¿Ha ha­bi­do mo­men­tos de ti­rar la toa­lla?

Sí, mu­chos. Pe­ro es que siem­pre pa­sa­ba al­go que nos ha­cía re­to­mar. Re­cuer­do un via­je que hi­ci­mos mi her­mano En­ri­que y yo a Sui­za en un Re­nault 5 (ri­sas). La dis­co­grá­fi­ca nos aca­ba de echar y es­tá­ba­mos muy des-

Me si­gue cos­tan­do can­tar ‘Agá­rra­te a mí Ma­ría’

ani­ma­dos. En el ca­mino pa­ra­mos en la Jun­que­ra para com­prar ta­ba­co, en­tra­mos en una dis­co­te­ca y ¡es­ta­ban so­nan­do Los Secretos! Es­tu­vi­mos ho­ras con la gen­te que ha­bía allí y sa­li­mos con una in­yec­ción de mo­ral que hi­zo que, a la vuel­ta, re­to­má­ra­mos el gru­po.

Y no fue mal

Fue muy bien. De 1989 a 1995 hi­ci­mos gran­des discos. Nues­tros me­jo­res mo­men­tos fue­ron an­tes y des­pués de La Mo­vi­da. En los años de oro del pop es­pa­ñol, no­so­tros no des­ta­ca­mos. Del 96 en ade­lan­te, fue el boom del gru­po y se nos re­co­no­ció to­do lo que an­tes no se hi­zo. Fue di­rec­ta­men­te el pú­bli­co, sin mar­ke­ting ni pre­sio­nes.

Y, en el me­jor mo­men­to, mue­re tu her­mano.

Era mu­cho más que un her­mano. Los her­ma­nos aca­ban to­man­do sus ca­mi­nos de for­ma na­tu­ral y se ven más o me­nos. No­so­tros es­tu­vi­mos jun­tos y con­vi­vien- do des­de pe­que­ños has­ta el fi­nal. Era un so­cio, un com­pa­ñe­ro, mi al­ter ego… Si yo ha­cía una mú­si­ca, él te­nía la le­tra per­fec­ta. Si él es­cri­bía una can­ción, yo le ayu­da­ba a ter­mi­nar­la aun­que no apa­re­cie­ra en créditos (ri­sas). Su muer­te fue un shock. Él es­ta­ba en­fer­mo. Era com­pul­si­vo de­pre­si­vo y, en esa épo­ca, se tra­ta­ba con pas­ti­llas que ca­si eran peor que otra co­sa. No era un to­xi­có­mano, por mu­cho que se di­ga. Ha­bía mo­men­tos en los que se ve­nía aba­jo y ton­tea­ba con co­sas que no de­bía.

¿In­ten­tó sa­lir de esa en­fer­me­dad?

Sí. Hi­zo un año en­te­ro de tra­ta­mien­to y que­dó lim­pio. Es­ta­ba es­tu­pen­do. Ha­bía­mos he­cho nues­tros pi­ni­tos en so­li­ta­rio y de­ci­di­mos que Los Secretos iban a vol­ver. Pe­ro, en un mo­men­to de de­pre­sión por su en­fer­me­dad, ca­yó y no su­peró ese día. La pa­ra­do­ja fue que mi her­mano no ha­bía con­su­mi­do dro­gas ile­ga­les, sino pas­ti­llas que le ha­bía da­do un mé­di­co. Pe­ro la pren­sa lo ti­tu­ló co­mo un to­xi­có­mano al uso.

Se va En­ri­que y, ¿có­mo lo su­pera Álvaro?

No lo su­pero. Ti­ro la toa­lla, li­te­ral­men­te. Des­co­nec­to de to­do. Du­ran­te un año ni co­gí el te­lé­fono ni es­cu­ché mú­si­ca ni es­cri­bí una lí­nea. Me sen­tí in­ca­paz, por­que ya no po­día pa­sar na­da peor. ¿Qué ocu­rrió? Dos co­sas: que de­ci­dí que ha­bía que la­var el nom­bre de mi her­mano de los ti­tu­la­res ama­ri­llis­tas que se pu­bli­ca­ron y que ha­bía que cu­brir la si­tua­ción eco­nó­mi­ca de mi so­bri­na, su hi­ja. Un día, le­van­té el te­lé­fono y lla­mé a An­to­nio Vega, Miguel Ríos, Luz Ca­sal, Da­vid Sum­mers... A va­rios ami­gos a los que les pro­pu­se gra­bar un dis­co ho­me­na­je a En­ri­que. To­dos di­je­ron sí al se­gun­do. Fue emo­cio­nan­te y me ani­mó a su­pe­rar ese mo­men­to. Y eso pa­só a es­ce­na­rios e hi­ci­mos gi­ra con otros mu­chos ar­tis­tas.

¿Os da­ba mie­do la res­pues­ta del pú­bli­co?

Pues la ver­dad es que te­nía­mos mu­cho res­pe­to a lo que es­tá­ba­mos ha­cien­do. No que­ría­mos que pu­die­ra pa­re­cer que nos apro­ve­chá­ba­mos del mo­men­to, pe­ro lo cier­to es que des­pués de los nue­vos conciertos ho­me­na­je a En­ri­que, yo de­ci­dí que se­gui­ría mi ca­rre­ra en so­li­ta­rio. Pe­ro

Apren­dí a con­vi­vir con la muer­te

Víc­tor, nues­tro má­na­ger en la gi­ra, me en­tre­gó cien­tos y cien­tos de men­sa­jes del pú­bli­co en los que pe­dían que si­guié­ra­mos. To­do lo que no llo­ré en los úl­ti­mos años, lo llo­ré le­yen­do mails y cartas. Y Los Secretos vol­vie­ron tal cual hoy en día.

¿Si­gues pen­san­do en to­do lo que ha ocu­rri­do cuan­do can­tas en un es­ce­na­rio?

Sin du­da. Y me si­go emo­cio­nan­do. Quie­ro re­cor­dar a mi her­mano por las co­sas que él ha­cía. Y la me­jor for­ma es can­tan­do su can­cio­nes.

¿Hay al­gu­na can­ción que te emo­cio­ne más?

Me cos­tó mu­cho vol­ver a can­tar una. Pe­ro la gen­te la pe­día en to­dos los conciertos. (Pau­sa) Agá­rra­te a mí,

Ma­ría. Es una can­ción en la que des­cri­be esas es­ca­pa­das de En­ri­que de las que te ha­bla­ba an­tes. La can­ción es pi­dién­do­le per­dón a su hi­ja, Ma­ría. Era una lu­cha cons­tan­te con él mis­mo.

¿Có­mo ves la mú­si­ca ac­tual­men­te?

Pues, aho­ra, no se com­po­ne co­mo an­tes. En ge­ne­ral, se bus­ca una res­pues­ta in­me­dia­ta con mu­chos efec­tos vi­sua­les para triun­far muy rá­pi­do. No te di­ré quién, pe­ro al­guien muy co­no­ci­do me pi­dió ase­so­ra­mien­to para ha­cer un dis­co y su úni­co ob­je­ti­vo era con­se­guir la fa­ma. Evi­den­te­men­te, me ne­gué, por­que no es mi es­ti­lo. Siem­pre he si­do yo al mar­gen de las mo­das. La gen­te ma­ta por ser fa­mo­sa y no es­toy de acuer­do.

Veo que no te gus­tan los ta­lent show.

Te­le­vi­si­va­men­te, me pa­re­cen una op­ción muy vá­li­da para el gran pú­bli­co. Ofre­cen la­gri­mi­ta, su­pera­ción y triun­fo. Pe­ro para crear una so­cie­dad cul­tu­ral, no va­le. Creo que a la ho­ra de crear hay que in­ten­tar de­jar una tra­za, al­go que su­me cul­tu­ral­men­te. No pen­sar so­lo en la fa­ma o la re­mu­ne­ra­ción que nos pue­de re­por­tar ha­cer lo que sea. No es ex­ten­si­ble a to­dos, pe­ro me da pe­na que mu­chos lo crean.

Pe­ro cuan­do po­nes la ra­dio o vas al cine, ¿te gus­ta lo que oyes y lo que ves?

En mi ca­so, es que soy muy fá­cil. Yo con­su­mo to­do. Cine de ar­te y en­sa­yo y éxi­tos co­mer­cia­les. Y en la mú­si­ca igual, oi­go to­do lo que hay. Soy de men­te abier­ta. Oi­go Bob Mar­ley, y me en­can­ta. Y oi­go a Ra­diohead, que es­tán so­bre­va­lo­ra­dos, y me pa­re­ce bien. Me gus­ta to­do. Es mú­si­ca. Y me pa­re­ce fan­tás­ti­co que ha­ya ac­ce­so a to­do a tra­vés de In­ter­net, aun­que va­lo­ro más lo de an­tes a lo que se ha­ce en un ode­na­dor. Te sor­pren­de­rías de la can­ti­dad de conciertos que lle­van ca­si to­do en play­back.

¿Cuán­tos conciertos ha­céis al año?

El año pa­sa­do, 84. De esos, unos 12 be­né­fi­cos. Es al­go que de­ci­di­mos ha­ce tiem­po y es lo jus­to. Hay que em­pa­ti­zar con los que no han te­ni­do una vi­da jus­ta y ayu­dar­les. No me gus­ta­ría vi­vir en una so­cie­dad en la que el odio for­me par­te del día a día. La sen­sa­tez tie­ne que triun­far. Aho­ra, los ar­tis­tas vi­vi­mos del di­rec­to. Los discos y el

strea­ming no dan be­ne­fi­cio. Yo he com­pues­to un mon­tón de can­cio­nes que he ti­ra­do a la ba­su­ra, por­que me di cuen­ta de que com­po­nía con cier­to ren­cor o frus­tra­ción, y eso no su­ma. De Los Secretos vi­ven 16 fa­mi­lias.

Es­te año te­néis la gi­ra ha­bi­tual de ca­da año, pe­ro hay al­gu­nos conciertos es­pe­cia­les para ce­le­brar vues­tros 40 años. ¿Qué di­fe­ren­cia a unos de otros?

Que­re­mos ha­cer un re­ga­lo al pú­bli­co du­ran­te es­te año. Lo he­mos he­cho con la pe­lí­cu­la y, aho­ra, he­mos se­lec­cio­na­do al­gu­nos conciertos que van a ser más es­pe­cia­les para ce­le­brar nues­tro aniver­sa­rio. Pe­ro no le qui­ta­rá mé­ri­tos al res­to. Se lla­ma­rá Una gi­ra a

tu la­do. Te ade­lan­to que, en Ma­drid, es­ta­re­mos en el Wi­zink Cen­ter con un es­ce­na­rio cen­tral. 360º. Es­to, creo que no lo ha he­cho na­die allí.

Sois cin­co, di­me una ca­ra­te­rís­ti­ca de ca­da uno.

Qué di­fí­cil. Je­sús es una per­so­na ma­ra­vi­llo­sa con la que me en­tien­do sin ne­ce­si­dad de ex­pli­car­me. Ramón, que no se en­te­re, pe­ro ha si­do mi gran in­fluen­cia, en la mú­si­ca y en la vi­da. Juanjo Ra­mos es de los me­jo­res ba­jis­tas que hay en es­te país. Te cuen­to una anéc­do­ta: cuan­do gra­bé mi dis­co en so­li­ta­rio, él es­ta­ba de gi­ra con los Hom­bres G. Cuan­do vol­vió, de­ci­dí que él gra­ba­ra los ba­jos de to­das las can­cio­nes y qui­té los que te­nía­mos ya gra­ba­dos. Y San­ti es co­mo una na­va­ja sui­za. Sa­be de to­do y es ca­paz de sus­ti­tuir a cua­tro o cin­co per­so­nas que ha­rían fal­ta. So­mos una fa­mi­lia y es­pe­ro que si­ga­mos sién­do­lo.

fue­ra de la mo­vi­da “En la épo­ca de la Mo­vi­da, los lo­cu­to­res de ra­dio nos lla­ma­ban los ba­bo­sos”.

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