NEIR TABOADA CREA DE LA NA­DA SU PRO­PIO GRU­PO EM­PRE­SA­RIAL

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mercados - - PORTADA - Vic­to­ria To­ro

De Lu­go a Pon­te­ve­dra y de ahí el sal­to a Amé­ri­ca. Es la his­to­ria de Neir Taboada que, a sus 66 años, ya ju­bi­la­da, ha da­do pa­so a la si­guien­te ge­ne­ra­ción en las em­pre­sas que creó jun­to a su ma­ri­do en EE.UU. Con ape­nas 20 años lle­gó des­de Ve­ne­zue­la a Nue­va Jer­sey. Se hi­zo pe­da­go­ga y co­men­zó su aven­tu­ra em­pren­de­do­ra.

Neir Taboada es una pon­te­ve­dre­sa que, por ca­sua­li­dad, na­ció en Lu­go. Su vi­da, co­mo la de tan­tos ga­lle­gos, es una su­ce­sión de paí­ses: Ga­li­cia has­ta los 10 años, Ve­ne­zue­la has­ta los 19 y des­de en­ton­ces, EE. UU., don­de tie­ne un gru­po di­ver­si­fi­ca­do de em­pre­sas.

Allí, en Nue­va Jer­sey, Neir aca­bó su ca­rre­ra, for­mó su familia y co­men­zó a crear em­pre­sas jun­to a su ma­ri­do y a su pa­dre. Y lo hi­cie­ron tan bien que hoy tie­nen un exi­to­so y di­ver­si­fi­ca­do ne­go­cio.

—¿De dón­de se sien­te?

— Me sien­to un po­qui­to del mun­do. Cuan­do has vi­vi­do en va­rios paí­ses… Pe­ro por mis cos­tum­bres soy es­pa­ño­la. Aun­que ten­go co­sas de los tres paí­ses en los que he vi­vi­do.

—¿Es­tu­dió en la uni­ver­si­dad, en EE. UU.?

—Sí. Ha­bía em­pe­za­do Em­pre­sa­ria­les en Ve­ne­zue­la, pe­ro aquí la pri­me­ra uni­ver­si­dad me ad­mi­tió fue la de Pe­da­go­gía, así que eso fue lo que es­tu­dié.

—Y co­men­zó tra­ba­jan­do en la en­se­ñan­za…

—Sí, en un co­le­gio. Cuan­do crea­mos la pri­me­ra em­pre­sa, mi ma­ri­do se pi­dió un año de per­mi­so en su tra­ba­jo, pe­ro yo se­guí dan­do cla­ses en el co­le­gio. Lue­go, ya en el se­gun­do año, los dos de­ja­mos nues­tros tra­ba­jos y nos de­di­ca­mos so­lo a nues­tra em­pre­sa.

—¿Cuán­tos años te­nía?

—Vein­ti­cin­co

—¿Y a qué se de­di­ca­ba aque­lla em­pre­sa?

—La pri­me­ra era de ex­por­ta­ción de re­pues­tos de au­to­mó­vil; ex­por­tá­ba­mos a Ve­ne­zue­la. Co­no­cía­mos bien el país.

—¿Có­mo fue el pro­ce­so de mon­tar una em­pre­sa en EE. UU.?

—Lo ha­gas don­de lo ha­gas, pa­ra mon­tar una em­pre­sa lo pri­me­ro que ne­ce­si­tas es te­ner muy cla­ro a qué te quie­res de­di­car exac­ta­men­te. Afor­tu­na­da­men­te, Es­ta­dos Uni­dos te da mu­chí­si­mas fa­ci­li­da­des pa­ra mon­tar una em­pre­sa. El pa­pe­leo y to­do eso es mí­ni­mo y te ayu­da a ser em­pren­de­dor. Es­te es un país de opor­tu­ni­da­des. Siem­pre que ten­gas cla­ro que vas a tra­ba­jar y el sa­cri­fi­cio que eso con­lle­va, es­te país te lo po­ne fá­cil.

—Pe­ro no se­ría to­do tan fá­cil,

—Lo más di­fí­cil, co­mo éra­mos emi­gran­tes y lle­vá­ba­mos po­co tiem­po aquí, era que no co­no­cía­mos el mer­ca­do ame­ri­cano. Íba­mos apren­dien­do se­gún se fue­ron pre­sen­tan­do las di­fi­cul­ta­des. Pe­ro te­nía­mos una gran ven­ta­ja y es que mi pa­dre era me­cá­ni­co, así que co­no­cía bien to­das las pie­zas. No ha­bla­ba in­glés, pe­ro ahí es­tá­ba­mos no­so­tros que sí lo ha­blá­ba­mos y nos en­car­gá­ba­mos de to­do el pa­pe­leo.

—¿Y có­mo era aque­lla pri­me­ra em­pre­sa?

—Em­pe­zó sien­do una em­pre­sa pe­que­ña por­que no te­nía­mos di­ne­ro pa­ra mon­tar una gran­de. Al prin­ci­pio, una de las di­fi­cul­ta­des que en­con­tra­mos es que no ha­bía una com­pa­ñía cer­ca que es­tu­vie­ra ha­cien­do lo mis­mo que no­so­tros, así que no po­día­mos de­cir «voy a co­piar de lo que ha­cen ellos».

—Pe­ro si al em­pe­zar el se­gun­do año ya de­ja­ron sus tra­ba­jos an­te­rio­res es por­que les fue bien…

—Vi­mos que ha­bía fu­tu­ro, pe­ro la úni­ca for­ma de que fun­cio­na­ra era de­di­cán­do­le to­do el tiem­po.

—Cuán­do di­ce de­di­cán­do­le tiem­po, ¿a cuán­tas ho­ras de tra­ba­jo se re­fie­re? Por­que en Es­ta­dos Uni­dos se tra­ba­ja mu­cho…

— Sí. Me re­fie­ro a tra­ba­jar to­dos los días y mu­chas ve­ces sá­ba­dos y do­min­gos. Eso mi ma­ri­do, yo sá­ba­dos y do­min­gos no por­que em­pe­za­mos a te­ner familia y de­ci­di­mos que los fi­nes de se­ma­na me que­da­ba yo con los ni­ños. Y mi ma­ri­do tra­ba­ja­ba do­ce o tre­ce ho­ras al día la ma­yo­ría de las jor­na­das, mu­chí­si­mas ho­ras.

—Pe­ro les fue muy bien y aho­ra tie­nen va­rias em­pre­sas…

—Sí, te­ne­mos em­pre­sas de bie­nes y raí­ces, in­ver­sio­nes in­mo­bi­lia­rias y se­gui­mos con la em­pre­sa de ex­por­ta­ción de re­cam­bios. A Ve­ne­zue­la, en es­te mo­men­to, no se pue­de ex­por­tar, pe­ro sí a otros paí­ses. Y te­ne­mos otra di­vi­sión que es la ven­ta de ma­qui­na­ria de cons­truc­ción, que ven­de a to­do el mun­do: Áfri­ca, Su­da­mé­ri­ca, Ara­bia… y tam­bién ven­de­mos a im­por­tan­tes fir­mas de cons­truc­ción de Es­ta­dos Uni­dos.

—¿To­das sus em­pre­sas es­tán en Nue­va Jer­sey?

—Sí, to­do aquí.

—¿Cuán­to fac­tu­ran?

—En­tre unas y otras unos 30 o 35 mi­llo­nes, ex­cep­to las in­mo­bi­lia­rias. Por­que la de bie­nes y raí­ces son al­qui­le­res que re­ci­bes to­dos los me­ses. Y ahí te­ne­mos apar­ta­men­tos, pi­sos, lo­ca­les co­mer­cia­les, ofi­ci­nas…

—¿Y cuán­to fac­tu­ra su in­mo­bi­lia­ria al mes?

—Ten­dría que su­mar… Por­que ca­da pro­pie­dad ge­ne­ra una cifra, unas ge­ne­ran 12.000, otras 25.000, otras 30.000...

—Cuán­tos tra­ba­ja­do­res tie­nen

—En es­te mo­men­to, 49.

—¿Si­guen cre­cien­do?

—Bueno, ese es el ob­je­ti­vo… Si apa­re­cen opor­tu­ni­da­des pa­ra ello, pues se cre­ce. Esa es la idea.

—¿Cree que si hu­bie­ra se­gui­do vi­vien­do en Ga­li­cia ha­bría con­se­gui­do lo mis­mo?

—Al no vi­vir en Es­pa­ña no pue­do opi­nar… Pri­me­ro tie­nes que te­ner las ga­nas, pe­ro tam­bién ne­ce­si­tas la opor­tu­ni­dad y la ayu­da. No sé si en Es­pa­ña lo hu­bie­ra con­se­gui­do. No sé si hu­bie­ra te­ni­do la opor­tu­ni­dad o no. Lo úni­co que que­rían mis pa­dres es que es­tu­diá­ra­mos. So­mos tres her­ma­nos y nos gra­dua­mos los tres, en los años se­sen­ta y se­ten­ta que era más di­fí­cil. Pe­ro esa era la ilu­sión de mis pa­dres que los tres sa­cá­ra­mos una ca­rre­ra. Y cuan­do tie­nes una ca­rre­ra creo que te pue­des de­fen­der un po­qui­to me­jor que si no es­tás pre­pa­ra­do. Pe­ro tam­po­co to­do el mun­do con ca­rre­ra o sin ca­rre­ra pue­de abrir­se un ca­mino, aquí tam­po­co. Mi­ra Aman­cio Or­te­ga, es el hom­bre más ri­co del mun­do y no creo que ten­ga es­tu­dios uni­ver­si­ta­rios… sa­lió, tra­ba­jan­do él y su mu­jer bra­zo con bra­zo.

—¿Tie­ne al­gún ti­po de re­la­ción co­mer­cial con Ga­li­cia?

—Sí tu­vi­mos, pe­ro en es­te mo­men­to no. He­mos ex­por­ta­do un po­co, pe­ro con eso del eu­ro y el mon­tón de re­gu­la­cio­nes que hay en Es­pa­ña, no.

—¿Cuán­tas ho­ras tra­ba­ja?

—Aho­ra es­toy tra­ba­jan­do un pro­me­dio de 30 o 35 ho­ras a la se­ma­na por­que es­toy ju­bi­la­da. En es­te mo­men­to, tra­ba­jo las ho­ras que quie­ro tra­ba­jar. Si no quie­ro ve­nir a la ofi­ci­na, no ven­go. Lo que hi­ce ya es­tá he­cho y lo que no hi­ce de­ben ha­cer­lo ya los hi­jos. Aho­ra quie­ro dis­fru­tar y dis­fru­tar es ve­nir a la ofi­ci­na si quie­ro ve­nir, ir a ver una obra de tea­tro…. Es de­cir, ha­go lo que me gus­ta. Es­toy ju­bi­la­da, pe­ro si­go tra­ba­jan­do. El ju­bi­la­do se ju­bi­la pa­ra ha­cer lo que quie­re y eso es lo que ha­go yo aho­ra.

—No pa­re­ce una mu­jer que pue­da vi­vir sin ha­cer na­da.

—No, yo no po­dría. Yo no soy de las per­so­nas que se que­dan en ca­sa pa­ra co­ci­nar y lim­piar. Me gus­ta la ca­sa de vez en cuan­do, dar­me mis tiem­pos pa­ra mí y dis­fru­tar de mi ca­sa, pe­ro no pa­ra es­tar­me ahí sie­te días a la se­ma­na. Esa no soy yo.

—Ade­más de mon­tar sus em­pre­sas, tra­ba­jar en ellas, criar a dos hi­jos y te­ner una gran vi­da so­cial, us­ted tam­bién ha te­ni­do tiem­po pa­ra de­di­car­se a la po­lí­ti­ca…

—He ayu­da­do un po­qui­to en la po­lí­ti­ca es­pa­ño­la cuan­do el tiem­po me lo ha per­mi­ti­do.

Neir Taboada, ha­cien­do un tra­mo del ca­mino de Santiago

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