De­cre­ci­mien­to en cre­ci­mien­to

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mercados - - LA SEMANA - Juan Car­los Mar­tí­nez

Hay pa­la­bras sa­gra­das y pa­la­bras mal­di­tas, que ex­pre­san ideas co­lec­ti­va­men­te ado­ra­das o abo­rre­ci­das. Una pa­la­bra sa­gra­da es cre­cer. Pa­ra los clá­si­cos, por­que lo man­da Dios: «Cre­ced y mul­ti­pli­caos». Pa­ra todos los de­más, por­que lo te­ne­mos me­ti­do en el sub­cons­cien­te. Lo di­ce el de­por­tis­ta que re­nue­va su fi­cha: «Es­toy fe­liz de se­guir en es­te equi­po, pa­ra cre­cer como fut­bo­lis­ta y como per­so­na». Se pro­nun­cia como ben­di­ción y buen de­seo: «Que che me­dre». Y es el man­tra de la po­lí­ti­ca eco­nó­mi­ca: «So­mos el país que más cre­ce de Eu­ro­pa», he­mos oí­do re­cien­te­men­te.

Pe­ro cre­cer y mul­ti­pli­car­nos es­tá dan­do pro­ble­mas gor­dos. Tan gor­dos que al­gún día has­ta los Do­nald Trump de es­te mundo ten­drán que re­co­no­cer­los. Como hay que cre­cer, mu­chas gran­des em­pre­sas se des­pla­za­ron a paí­ses po­bres; allí po­dían cre­cer más que en sus lu­ga­res de ori­gen, por­que pa­ga­ban sa­la­rios más ba­jos. En los lu­ga­res de ori­gen, mu­chos tra­ba­ja­do­res se que­da­ron sin tra­ba­jo; de­ja­ron de com­prar pi­sos, y mue­bles, y co­ches, y en­ton­ces la pro­duc­ción dis­pa­ra­da en los paí­ses re­cre­ci­dos se en­con­tró con que no te­nían clien­te­la en los paí­ses an­tes ri­cos pa­ra ven­der­les su cre­cien­te pro­duc­ción. Lo aca­ba­mos de ver, una vez más, en Chi­na, con el cie­rre de un im­por­tan­te gru­po de ace­rías.

Des­de ha­ce años, cier­to mo­les­to sec­tor de la in­te­lec­tua­li­dad quie­re ele­var a los al­ta­res el an­tó­ni­mo de cre­ci­mien­to: de­cre­ci­mien­to. ¡Dios me li­bre!, di­ce el pen­sa­mien­to do­mi­nan­te, que no sé por qué le lla­ma­mos pen­sa­mien­to. De­cre­ci­mien­to es adaptar un po­co más los sis­te­mas eco­nó­mi­cos a sus re­cur­sos reales y po­ner en la pri­me­ra lis­ta de las prio­ri­da­des que la gen­te de tu país vi­va bien, en lu­gar de con­su­mir como lo­cos, en­deu­dar­se como adic­tos al pó­ker y cas­car en la ca­rre­ra.

Oi­re­mos ha­blar más de de­cre­ci­mien­to en los pró­xi­mos años, y mal­de­cir ese con­cep­to con pa­sión y vio­len­cia. Es ló­gi­co. A la gen­te no le gus­tan los cam­bios. ¡Con lo bien que es­tá­ba­mos dis­fru­tan­do de la grá­fi­ca as­cen­den­te del PIB, como si fue­ra una pues­ta de sol en Loi­ba!

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