«Pa­ra al­gu­nos, el sue­ño ame­ri­cano es una pe­sa­di­lla»

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mercados - - EMPRESAS - Vic­to­ria To­ro

Es­ta­dos Uni­dos es la tie­rra del éxi­to, pe­ro no siem­pre. Hay ve­ces que los in­ten­tos fra­ca­san y eso es lo que le ocu­rrió a Jo­sé Ma­nuel Lo­sa­da (Gi­ne­bra, Sui­za, 1966) con su pri­mer ne­go­cio. Pe­ro Es­ta­dos Uni­dos es tam­bién la tie­rra en la que se ad­mi­te el fra­ca­so. Es­te hi­jo de la emi­gra­ción sa­be eso por­que del fias­co de su pri­mer ne­go­cio en Mia­mi ha na­ci­do el se­gun­do.

A sus 49 años, Jo­sé Ma­nuel Lo­sa­da acu­mu­la una am­plia ex­pe­rien­cia que le per­mi­te rein­ven­tar­se ca­da vez. Ha pro­ba­do en dis­tin­tos seg­men­tos y hoy ase­so­ra a to­do aquel que quie­re em­pren­der un ne­go­cio en Mia­mi, y lo ha­ce a par­tir de la maes­tría ad­qui­ri­da tan­to por los éxi­tos co­mo por los fra­ca­sos.

—¿Có­mo lle­gó us­ted a Mia­mi?

— Lle­vo cua­tro años vi­vien­do aquí, aun­que des­de ha­ce 10 iba y ve­nía por­que es­tá mi mejor ami­go, Luis. Me enamo­ré de esa ciu­dad, me cau­ti­vó, y lo de­jé to­do en Es­pa­ña. Ha­ce cua­tro años de­ci­dí ha­cer un an­tes y un des­pués y di el pa­so de ir­me a Mia­mi.

—¿De dón­de ve­nía, dón­de vi­vía an­tes de lle­gar a Mia­mi?

—Yo soy hi­jo de ga­lle­gos emi­gran­tes. Na­cí en Sui­za, en Gi­ne­bra. Vi­ví quin­ce años allí y re­gre­sé a Ga­li­cia, a Mon­for­te que es de don­de soy, por­que siem­pre me he sen­ti­do ga­lle­go. Me re­pa­tea cuan­do me di­ce, «tú eres sui­zo». No, yo soy ga­lle­go.

—Y si­guió vi­vien­do en Ga­li­cia

—No, a los 23 me mar­ché a Be­ni­dorm por­que en Mon­for­te no ha­bía mu­cho fu­tu­ro. Y yo siem­pre he si­do una per­so­na con pin­chos en el cu­lo. Co­gí un ma­pa de Es­pa­ña y ele­gí cin­co pun­tos: Ma­llor­ca, Se­vi­lla, Be­ni­dorm y otros dos, les di un nú­me­ro a ca­da uno, ti­ré un da­do y me di­je: el nú­me­ro que sal­ga me voy pa­ra allá. Y fue Be­ni­dorm. Es­tu­ve 23 años vi­vien­do allí. Cuan­do lle­gué dor­mí en la pla­ya. Te­nía cien mil pe­se­tas, que aho­ra son 600 eu­ros, un mó­vil, pe­ro en­ton­ces era un di­ne­ral. Y aca­bé sien­do el je­fe de se­gu­ri­dad de una em­pre­sa. Por mis ma­nos, pro­fe­sio­nal­men­te quie­ro de­cir, pa­só lo más gran­de del es­pec­tácu­lo: los Ro­lling Sto­nes, Ma­don­na, to­do lo que te pue­das ima­gi­nar. Aca­bé sien­do el di­rec­tor de se­gu­ri­dad del Fes­ti­val de Be­ni­dorm du­ran­te on­ce años. To­do en se­gu­ri­dad pri­va­da: For­mu­la 1, la Co­pa Amé­ri­ca… Pe­ro lle­gó un día en que mi­ré al­re­de­dor en mi ofi­ci­na y me sen­tí co­mo un pá­ja­ro en una jau­la. Y pen­sé que ha­bía cum­pli­do mi mi­sión en la em­pre­sa. Cuan­do a mi je­fe le di­je que me iba, me pre­gun­to que si era por di­ne­ro, pe­ro yo le con­tes­té que no y en­ton­ces me di­jo que me co­gie­ra un mes o un año sa­bá­ti­co. Pe­ro le di­je que me mar­cha­ba a Mia­mi… Y tan­to él co­mo mis dos hi­jos me pre­gun­ta­ban qué se me ha­bía per­di­do en Mia­mi

—¿Y qué se le ha­bía per­di­do?

—Bueno… Mia­mi no es EE.UU., es­tá cer­ca. Es co­mo una ONU de La­ti­noa­mé­ri­ca, con las ins­ti­tu­cio­nes es­ta­dou­ni­den­ses, pe­ro con la esencia la­ti­na. Vi­ne de va­ca­cio­nes a ver a mi mejor ami­go que es de Es­quei­ro, al la­do de Mon­for­te, y me cau­ti­vó. Mi ami­go me lle­vó a res­tau­ran­tes es­pa­ño­les en Mia­mi y me ho­rro­ri­cé, no por­que fue­ran ma­los sino por­que se ha­bían que­da­do en los años se­sen­ta o se­ten­ta y ade­más se ha­bían cu­ba­ni­za­do. Yo no en­ten­día có­mo po­día ser que Es­pa­ña fue­ra una po­ten­cia mun­dial con co­ci­ne­ros de pri­me­ra lí­nea y la co­mi­da es­pa­ño­la aquí fue­ra co­mo la que yo veía.

—¿Y en­ton­ces de­ci­dió con­ver­tir­se en em­pre­sa­rio?

—Sí. Siem­pre me ha­bía apa­sio­na­do la co­ci­na, la tra­di­cio­nal, pe­ro con la esencia de aho­ra, es de­cir, la fu­sión. Y de­ci­dí mon­tar una ta­ber­na gour­met en Mia­mi. Un res­tau­ran­te en el que la co­mi­da fue­ra con esa fu­sión de co­ci­na tra­di­cio­nal, pe­ro ac­tua­li- za­da. Mon­té el res­tau­ran­te en cua­tro me­ses y me­dio. Bus­qué in­ver­so­res en Be­ni­dorm, tres ho­te­le­ros es­pa­ño­les que con­fia­ron en mí. Pe­ro tu­ve un pe­que­ño fa­llo. Soy muy per­fec­cio­nis­ta, no sé si por­que na­cí en Sui­za o por­que vi­ví mu­cho tiem­po en Eu­ro­pa, me gus­tan las co­sas bien he­chas. Yo ha­bía idea­do un con­cep­to muy bo­ni­to. Pe­ro por cul­pa de uno de los so­cios, que ade­más era el in­ver­sor ma­yo­ri­ta­rio, pros­ti­tuí mi pro­yec­to.

—¿Y có­mo fue eso?

—Ha­bía he­cho un di­se­ño pa­ra un lo­cal fa­mi­liar, pe­que­ño, con tres tra­ba­ja­do­res y po­cas me­sas, una co­sa muy ma­ne­ja­ble. Pe­ro aca­bé abrien­do un lo­cal con on­ce tra­ba­ja­do­res y en vez de dos­cien­tos me­tros que es lo que yo ha­bía pro­yec­ta­do el lo­cal te­nía se­te­cien­tos me­tros. Se inau­gu­ró el 13 de di­ciem­bre del 2012.

—¿Te­nía re­la­ción con otros ga­lle­gos de Mia­mi?

—Sí, en ese mo­men­to fue cuan­do con­tac­té con Ga­le­gos Fo­re­ver, una aso­cia­ción de ga­lle­gos en Mia­mi que aca­bó con­vir­tién­do­se en el nú­cleo de la Aso­cia­ción de Em­pre­sa­rio y Pro­fe­sio­na­les ga­lle­gos de Es­ta­dos Uni­dos. Es­toy en la jun­ta di­rec­ti­va.

—¿Y su res­tau­ran­te no fun­cio­nó?

—Sí, sí. Ve­nía has­ta el al­cal­de. Siem­pre fue un lo­cal muy ac­ti­vo. Se lla­ma­ba Tapas Xpe­rien­ce. Lo te­nía siem­pre lleno.

—Y a pe­sar de ello, fra­ca­só…

—El pú­bli­co de Mia­mi es muy ines­ta­ble y es muy di­fí­cil de tra­ba­jar. Y, so­bre to­do, tu­ve pro­ble­mas con mi so­cio y co­mo él te­nía la ma­yo­ría, me apar­tó. Yo le iba com­pran­do las ac­cio­nes po­qui­to a po­qui­to, pe­ro no me dio tiem­po a ha­cer­me con la ma­yo­ría. Fue muy du­ro per­der el ne­go­cio. Me que­dé hun­di­do. Pe­ro de­ci­dí se­guir. Y apro­ve­char to­do lo que ha­bía apren­di­do.

—¿Qué es lo que ha­bía apren­di­do con aquel fra­ca­so?

—Cuan­do abres un ne­go­cio tie­nes mu­chos fren­tes de los que ocu­par­te así que con­fías en la gen­te con la que es­tás tra­ba­jan­do. A mí me gus­ta mu­cho in­for­mar­me, do­cu­men­tar­me, y tam­bién lo hi­ce con mi fra­ca­so, aun­que yo no lo lla­mo fra­ca­so por­que el ne­go­cio fun­cio­na­ba bien. Lo pri­me­ro en lo que me fi­jé es que hay una es­ta­dís­ti­ca im­pac­tan­te que apa­re­ce en un es­tu­dio de la Cá­ma­ra de Co­mer­cio es­pa­ño­la de Mia­mi y el Ban­co de Sa­ba­dell que di­ce que el 94 % de las em­pre­sas es­pa­ño­las fra­ca­san el pri­mer año. En la reunión en la que pre­sen­ta­ron aquel dato, yo me que­dé al fi­nal y fui a pe­dir­le al eco­no­mis­ta que me ex­pli­ca­ra el mo­ti­vo de ese fra­ca­so. Él me di­jo que hay dos mo­ti­vos prin­ci­pa­les, el pri­me­ro es la fal­ta de fon­dos y el se­gun­do la fal­ta de adap­ta­ción a la ciu­dad.

—¿Y có­mo apli­có eso que le trans­mi­tie­ron a los ne­go­cios?

—Du­ran­te un tiem­po me de­di­qué a es­cu­char a otras per­so­nas, a mu­chos que lo per­die­ron to­do, esos pa­ra los que el sue­ño ame­ri­cano se con­vier­te en una pe­sa­di­lla. Y pen­sé, ¿por qué no creo una em­pre­sa que so­lu­cio­ne eso? Yo no ga­ran­ti­zo a nadie el éxi­to de su pro­yec­to, pe­ro sí el mejor ca­mino pa­ra que su­fra lo me­nos po­si­ble.

—¿Y esa es su nue­va em­pre­sa?

—Sí, Lo­sa­da Ser­vi­ces. Mu­chos creen que Mia­mi es la puer­ta más fá­cil por­que hay una gran po­bla­ción his­pa­na. Pe­ro eso no es así. Aquí no nos co­no­cen más que los cu­ba­nos de más de se­ten­ta años. Las ge­ne­ra­cio­nes de hoy no nos co­no­cen, ni tam­po­co los la­ti­noa­me­ri­ca­nos de otros paí­ses. Lo que yo ha­go aho­ra es pres­tar ase­so­ra­mien­to a los que quie­ren mon­tar un ne­go­cio. Des­de con­tra­ta­ción de abo­ga­dos, ob­ten­ción de los vi­sa­dos, al­qui­ler de los lo­ca­les y so­bre la ciu­dad. Es de­cir, el mis­mo pro­ce­so que pa­sé yo. Pe­ro tra­ba­jo tam­bién otros as­pec­tos. Por­que hay gen­te que se vie­ne con su fa­mi­lia. Yo, por ejem­plo, les re­co­mien­do que en­tren al prin­ci­pio en un apar­ta­men­to de los que se al­qui­lan por me­ses an­tes de ac­ce­der a al­go más per­ma­nen­te. Ha­go un ase­so­ra­mien­to glo­bal. Des­de un aná­li­sis de su pro­yec­to pa­ra de­tec­tar las ca­ren­cias has­ta in­for­ma­ción so­bre la ciu­dad.

| V.T.

Jo­sé Ma­nuel Lo­sa­da re­si­den en Mia­mi des­de ha­ce cua­tro años

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