La fiscalidad en los paí­ses tó­rri­dos

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mercados - - LA SEMANA - Juan Car­los Martínez

La his­to­ria de los im­pues­tos tie­ne pá­gi­nas in­tere­san­tí­si­mas. La fiscalidad na­ce con el Es­ta­do. An­tes de los Es­ta­dos, las tri­bus gran­des te­nían un me­ca­nis­mo re­dis­tri­bui­dor con pier­nas: era el je­fe, el ca­ci­que, el gran hom­bre, que re­par­tía ex­ce­den­tes agrí­co­las en ban­que­tes y ce­le­bra­cio­nes.

Cuan­do Co­lón lle­gó a La Es­pa­ño­la in­ten­tó apli­car a los in­dí­ge­nas un sis­te­ma im­po­si­ti­vo a me­dias en­tre lo es­ta­tal y lo feu­dal. Los taí­nos no es­ta­ban por la la­bor, por­que su eco­no­mía era la pro­pia de los ca­ci­ca­tos. Y la pre­ten­di­da ba­se fis­cal se hun­dió, por­que los in­dí­ge­nas, en­tre las en­fer­me­da­des eu­ro­peas y los pa­los eu­ro­peos, aca­ba­ron ex­tin­gui­dos.

En los paí­ses tro­pi­ca­les atra­sa­dos, por ejem­plo, en el Áfri­ca sub­saha­ria­na, el sis­te­ma fis­cal es pa­re­ci­do al que te­nía Es­pa­ña en tiem­pos de Co­lón. Se co­bran so­bre to­do im­pues­tos a las em­pre­sas. Los im­pues­tos so­bre la ren­ta son in­apli­ca­bles, por­que la ma­yo­ría de los ciu­da­da­nos vi­ven de re­cur­sos mis­te­rio­sos. Con la glo­ba­li­za­ción, los con­tri­bu­yen­tes ri­cos afri­ca­nos han apren­di­do rá­pi­da­men­te que exis­ten los pa­raí­sos fis­ca­les. En Áfri­ca se dan los índices de fu­ga de ca­pi­ta­les más al­tos del mun­do.

En los paí­ses fríos la co­sa es dis­tin­ta. Se su­po­ne, por­que se da por pro­ba­da la teo­ría del con­tra­to so­cial de Rous­seau, que una co­mu­ni­dad de ciu­da­da­nos li­bres apor­ta vo­lun­ta­ria­men­te su con­tri­bu­ción al fun­cio­na­mien­to del Es­ta­do. La fiscalidad mo­der­na pre­ci­sa que el Es­ta­do pre­sen­te una fuer­te le­gi­ti­mi­dad, pro­ce­den­te de la cla­ri­dad con la que ex­pli­ca de dón­de vie­nen sus in­gre­sos y en qué los apli­ca. La fiscalidad es tan im­por­tan­te que ya el clá­si­co Ed­mund Bur­ke di­jo que «La re­cau­da­ción fis­cal es la prin­ci­pal preo­cu­pa­ción del Es­ta­do. Me­jor di­cho, es el Es­ta­do mis­mo». Por eso no se en­tien­de que al­gu­nos hom­bres de Es­ta­do de paí­ses tem­pla­dos, como Es­pa­ña, se com­por­ten como ri­ca­cho­nes afri­ca­nos, ni si­quie­ra aun­que se ha­yan cria­do en co­mu­ni­da­des sub­tro­pi­ca­les don­de las pró­di­gas pla­ta­ne­ras ofre­cen su fru­to a la mano del que pa­sa, sin exi­gir a cam­bio el su­dor del aza­dón o del ara­do.

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