La mo­ne­da que ya no va­le

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mercados - - LA SEMANA -

La pren­sa por­tu­gue­sa se es­tá ha­cien­do eco, más que la es­pa­ño­la, de un asun­to que des­ve­ló el dia­rio Ex­pan­sión: el Ban­co de Es­pa­ña ha con­tra­ta­do una in­ves­ti­ga­ción so­bre las cau­sas por las que des­apa­re­cen de la cir­cu­la­ción mo­ne­das de las de­no­mi­na­cio­nes más ba­jas. «¿Qué es­tán ha­cien­do los es­pa­ño­les con las mo­ne­das?», ti­tu­la al­gún ro­ta­ti­vo del país ve­cino. Para el ban­co cen­tral, la preo­cu­pa­ción era has­ta aho­ra la con­cen­tra­ción de bi­lle­tes de 500 eu­ros, que ya no es tan­ta co­mo en los tiempos de los gran­des con­tra­tos, pe­ro que aún si­gue dan­do que pen­sar. Y lo que se pien­sa es que se­gui­mos con­tra­tan­do mu­cho en di­ne­ro ne­gro. De ahí la re­cien­te de­ci­sión de prohi­bir los pa­gos en me­tá­li­co por va­lor de más de mil eu­ros.

Lo de las mo­ne­das más pe­que­ñas es un mis­te­rio. Al­go pa­re­ci­do ocu­rrió a fi­na­les de los se­ten­ta, re­cién es­tre­na­da la de­mo­cra­cia, con Ma­riano Ru­bio al fren­te del Ban­co de Es­pa­ña. To­da­vía no ma­ne­já­ba­mos eu­ros. Fue tan­to el aca­pa­ra­mien­to que tu­vie­ron que acu­ñar­se pe­se­tas en Chi­le y en Ca­na­dá. Aque­lla vez no se en­car­gó una in­ves­ti­ga­ción pro­fe­sio­nal. Se su­pu­so que el pro­ble­ma ve­nía de la pro­li­fe­ra­ción de ofi­ci­nas ban­ca­rias, del cre­ci­mien­to de las má­qui­nas de ven­ding, del ma­yor uso de las au­to­pis­tas de pea­je e in­clu­so de la nos­tal­gia de los que que­rían guar­dar­se las pe­se­tas de Fran­co an­tes que las del rey Juan Car­los las ex­pul­sa­ran de la cir­cu­la­ción.

Aho­ra que el di­ne­ro de plás­ti­co es­tá a pun­to de im­po­ner­se so­bre la mo­ne­da me­tá­li­ca y de pa­pel, la ex­pli­ca­ción no se ve por nin­gún la­do. Po­dría ser que al­gu­nos ciu­da­da­nos, con­ta­gia­dos por el amor de los quin­quis ha­cia el co­bre, pien­sen que pue­den ha­cer­se una fun­di­ción que les ren­te unos eu­ri­llos, pe­ro la can­ti­dad de ese me­tal que lle­van las mo­ne­das (son de ace­ro cha­pa­do en co­bre) no da­ría para mu­cho. Esa prác­ti­ca qui­zás sí se­ría ren­ta­ble en paí­ses de in­fla­ción dis­pa­ra­ta­da, co­mo Ve­ne­zue­la, don­de ya lo hi­cie­ron a fi­na­les de los ochen­ta. Vi­gi­len los hu­mos, aquí y allí, a ver si se es­tán mul­ti­pli­can­do las fra­guas ca­se­ras.

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