UN MI­NIS­TRO EN LA «SI­LLA ELÉC­TRI­CA»

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mercados - - LA SEMANA - Ál­va­ro Na­dal MI­NIS­TRO DE ENER­GÍA

Cam­bió las som­bras de la Ofi­ci­na Eco­nó­mi­ca del pre­si­den­te del Go­bierno por la luz del Mi­nis­te­rio de Ener­gía, y aho­ra ba­ta­lla pa­ra que la fac­tu­ra no se le va­ya de las ma­nos. An­da Ál­va­ro Na­dal Bel­da (Ma­drid, 1970) en­fras­ca­do es­tos días en dar con la fór­mu­la pa­ra aba­ra­tar la luz. Un asun­to que trae de ca­be­za a la ciu­da­da­nía y que ha ve­ni­do a amar­gar­le al mi­nis­tro el buen sa­bor de bo­ca que le ha­bían de­ja­do los ré­cords del tu­ris­mo, asun­to es­te de vi­tal im­por­tan­cia pa­ra la eco­no­mía pa­tria —de él de­pen­de bue­na par­te de nues­tro PIB— y del que tam­bién se ocu­pa.

A pun­to de cum­plir los 47 (so­pla­rá las ve­las ma­ña­na mis­mo) fue la voz que más es­cu­chó Ra­joy en ma­te­ria eco­nó­mi­ca du­ran­te sus pri­me­ros cua­tro años en la Mon­cloa. Y su som­bra en las cum­bres eu­ro­peas. Di­cen de él quie­nes lo co­no­cen bien que es­te ma­dri­le­ño no se ca­sa con na­die. Tie­ne, ase­gu­ran al­gu­nos de los que han tra­ba­ja­do cer­ca de él, un ca­rác­ter di­fí­cil y has­ta al­go pre­po­ten­te. «Es­cu­cha po­co y no se an­da con mi­ra­mien­tos», ase­gu­ran. «Aquí se vie­ne llo­ra­do de ca­sa» es la fra­se con la que so­lía alec­cio­nar a su equi­po, di­cen, cuan­do en su des­pa­cho de la Mon­cloa, cer­cano al del pre­si­den­te, se es­pe­ra­ba la vi­si­ta de al­guno de los gran­des del Ibex.

Me­ló­mano ex­per­to en ban­das so­no­ras y aman­te de la esgrima y de las ex­cur­sio­nes al cam­po con sus hi­jos, la vi­da de Na­dal co­rre pa­ra­le­la a la de su her­mano ge­me­lo, Alberto Na­dal. Na­ci­dos en el seno de una fa­mi­lia de cla­se me­dia aco­mo­da­da con as­cen­den­cia ca­ta­la­na, ara­go­ne­sa y an­da­lu­za, los dos son li­cen­cia­dos en De­re­cho y en Cien­cias Eco­nó­mi­cas y Em­pre­sa­ria­les por la Uni­ver­si­dad Pon­ti­fi­cia de Co­mi­llas (ICA­DE). Los dos cum laude. Y los dos per­te­ne­cen al Cuer­po de Téc­ni­cos Co­mer­cia­les y Eco­no­mis­tas del Es­ta­do. Ál­va­ro fue el nú­me­ro 1 en las opo­si­cio­nes y Alberto, el 2. Te­nían 24 años, y en el tri­bu­nal que los exa­mi­nó se sen­ta­ban nom­bres tan co­no­ci­dos co­mo Mi­guel Se­bas­tián, Jo­sé Manuel Gon­zá­lez-Pá­ra­mo, Carlos Oca­ña o Jai­me Gar­cía-Le­gaz.

Su ma­dre se em­pe­ñó en que es­tu­dia­ran in­glés des­de muy pe­que­ños. Y des­pués, fran­cés y ale­mán. Idio­ma en los que se ma­ne­jan a la per­fec­ción, al­go más por lo que es­tar­le agra­de­ci­dos a su pro­ge­ni­to­ra. Su pa­dre que­ría que fue­ran in­ge­nie­ros, co­mo él. Con­tra­vi­nie­ron sus de­seos, pe­ro no les fue­ron mal las co­sas a sus vás­ta­gos. Uno ya es mi­nis­tro, el que nos ocu­pa; y el otro, Alberto, se­cre­ta­rio de Es­ta­do de Pre­su­pues­tos. Lle­van más de dos dé­ca­das tra­ba­jan­do en di­fe­ren­tes pues­tos de la Ad­mi­nis­tra­ción Pú­bli­ca y es­ca­lan­do po­si­cio­nes. Has­ta lo más al­to.

Ca­sa­do con la di­plo­má­ti­ca Te­re­sa Li­za­ran­zu —aho­ra em­ba­ja­do­ra de­le­ga­da per­ma­nen­te de Es­pa­ña en la Unes­co— con quien tie­ne dos hi­jos, el ma­yor de los dos ge­me­los —aun­que so­lo sea por cues­tión de un par de mi­nu­tos— fue el ele­gi­do por Ra­joy pa­ra ocu­par una de las car­te­ras más exi­gen­tes del Eje­cu­ti­vo. Ape­nas lle­va en el des­pa­cho dos me­ses y ya es cons­cien­te de que aque­llo se ase­me­ja mu­cho a una si­lla eléc­tri­ca.

ABRALDES | http://abral­de­sar­ts­tu­dios.jim­do.com

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