EXPERTO EN CHAR­COS

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mercados - - LA SEMANA - Je­roen Dijs­sel­bloem PRE­SI­DEN­TE DEL EU­RO­GRU­PO

Es Je­roem Dijs­sel­bloem (Eind­ho­ven, 1966), el pre­si­den­te del Eu­ro­gru­po —no se sabe bien has­ta cuán­do—, experto en me­te­du­ras de pa­ta. La más re­cien­te, de es­ta mis­ma se­ma­na. No se le ocu­rrió otra co­sa al ho­lan­dés que sol­tar en una en­tre­vis­ta con un dia­rio ale­mán: «El pac­to den­tro de la zo­na eu­ro se ba­sa en la con­fian­za. En la cri­sis del eu­ro, los Es­ta­dos del Nor­te han mos­tra­do su so­li­da­ri­dad con los paí­ses en cri­sis. Co­mo so­cial­de­mó­cra­ta, con­si­de­ro la so­li­da­ri­dad ex­tre­ma­da­men­te im­por­tan­te. Pe­ro quien la exi­ge también tie­ne obli­ga­cio­nes. No puedo gas­tar­me to­do mi di­ne­ro en li­cor y mu­je­res y a con­ti­nua­ción pe­dir ayu­da». Esa es, a gran­des ras­gos, la idea que tie­ne el di­ri­gen­te eu­ro­peo de lo que ha­cen los ciu­da­da­nos del sur con el di­ne­ro de los res­ca­tes: gas­tár­se­lo en juer­gas.

Me­nos mal que es so­cial­de­mó­cra­ta. Y que pa­ra él la so­li­da­ri­dad es im­por­tan­te... Por­que sus pa­la­bras re­zu­man ma­chis­mo y ra­cis­mo.

Ni que de­cir tie­ne que le han llo­vi­do las pe­ti­cio­nes de di­mi­sión. Des­de todos los fren­tes.

Pe­ro no es es­ta la pri­me­ra vez que el je­fe de los mi­nis­tros de Eco­no­mía y Fi­nan­zas del club de la mo­ne­da úni­ca se mete —has­ta las orejas— en un char­co del que resulta di­fí­cil sa­lir. Pa­ra la pos­te­ri­dad que­da la tor­pe­za con la que se ma­ne­jó en el res­ca­te de Chi­pre, ape­nas dos meses des­pués de lle­gar al car­go. En­ton­ces —él y sus co­le­gas, to­do hay que de­cir­lo—pro­ta­go­ni­zó uno de los ri­dícu­los más so­na­dos de la his­to­ria de la Unión Eu­ro­pea. To­do un ejem­plo de esa in­com­pren­si­ble ma­nía que tie­ne la UE de dis­pa­rar­se en el pie. Pri­me­ro, pi­so­tean­do la sa­cro­san­ta re­gla de que los de­pó­si­tos de has­ta 100.000 eu­ros es­tán a sal­vo de cual­quier tor­men­ta. Que­ría con­fis­car­los. Y lue­go —y lo que es peor—, de­jan­do caer que el mo­de­lo chi­prio­ta bien po­dría ser el pa­trón de fu­tu­ros res­ca­tes. Lo que, cla­ro es­tá, des­per­tó las iras de los mer­ca­dos. Tan fe­roz fue el ata­que, que no le que­dó otra que dar mar­cha atrás y re­fu­giar­se en eso de don­de di­je di­go, di­go Die­go.

De­jan­do a un la­do su na­tu­ral ten­den­cia a me­ter­se en líos, Dijs­sel­bloem es­tá es­tos días en el can­de­le­ro por­que no se sabe bien qué va a pa­sar con su si­lla. Y es­ta nue­va pol­va­re­da no es que le ven­ga pre­ci­sa­men­te bien.

Su en­torno ase­gu­ra que se­gui­rá al fren­te del Eu­ro­gru­po. Y ello, a pe­sar de que, tras la de­ba­cle de las elec­cio­nes del pa­sa­do 15 de abril, su par­ti­do tie­ne muy com­pli­ca­do en­trar en la coa­li­ción de Go­bierno, y él har­to di­fí­cil se­guir co­mo mi­nis­tro. Di­ce ese mis­mo en­torno que su man­da­to no aca­ba has­ta enero del 2018. Que no ha­ce fal­ta ser mi­nis­tro pa­ra se­guir lle­van­do las rien­das. Pa­ra ser can­di­da­to sí, pe­ro una vez den­tro... Es­tá por ver. Es di­fí­cil que al­guien que ya no pin­ta na­da en su país, lo si­ga ha­cien­do en Eu­ro­pa.

Y en Es­pa­ña, el Go­bierno, en ge­ne­ral, y De Guin­dos, en par­ti­cu­lar, se fro­tan las ma­nos. Ven en ello una ven­ta­na abier­ta pa­ra re­to­mar la ope­ra­ción re­torno a la cú­pu­la eco­nó­mi­ca eu­ro­pea. Al­go que ob­se­sio­na a Ra­joy des­de que Es­pa­ña per­dió en el 2012 el si­llón en el co­mi­té eje­cu­ti­vo del BCE. «En prin­ci­pio, no soy can­di­da­to a na­da», dijo De Guin­dos ha­ce unos días.

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