Ser eu­ro­peís­ta

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mercados - - EN PORTADA - Do­lo­res Ri­vei­ro Do­lo­res Ri­vei­ro es di­rec­to­ra del de­par­ta­men­to de Fun­da­men­tos da Aná­li­se Eco­nó­mi­ca de la USC.

Al mar­gen de lo que es­tá de­trás del an­ti­eu­ro­peís­mo de Ma­ri­ne Le Pen, que eso sí que da mie­do, la pro­pia po­si­bi­li­dad de que un país aban­do­ne la UE asus­ta, y no so­lo a Bru­se­las, que se im­pli­có en la cam­pa­ña apo­yan­do a un can­di­da­to eu­ro­peís­ta aun­que no se se­pa muy bien qué más, sino a mu­chos ciu­da­da­nos.

Pa­ra es­tos ciu­da­da­nos, el es­ta­blish­ment eu­ro­peo no es más res­pe­ta­ble que el de sus paí­ses ni los po­lí­ti­cos eu­ro­peos más creí­bles, pe­ro más va­le ma­lo co­no­ci­do. Sa­lir de la UE es un sal­to al va­cío, no es­tá pre­vis­to ni có­mo se sa­le ni qué pa­sa des­pués. La in­te­gra­ción eu­ro­pea fue con­ce­bi­da co­mo una unión in­di­so­lu­ble: es­tán muy cla­ros los cri­te­rios pa­ra en­trar, pe­ro no se plan­teó qué ha­cer si uno quie­re sa­lir. No pa­re­cía ne­ce­sa­rio. Pe­ro si la unión ya no es in­di­so­lu­ble, co­mo ha evi­den­cia­do el bre­xit, ha­brá que do­tar­se de una ley de di­vor­cio que es­pe­ci­fi­que las con­di­cio­nes pa­ra la rup­tu­ra y, en par­ti­cu­lar, cuá­les son los cos­tes y quién de­be asu­mir­los.

Es evi­den­te que el as­cen­so del an­ti­eu­ro­peís­mo es un sín­to­ma, el ver­da­de­ro pro­ble­ma son las ra­zo­nes por las que mu­chos ciu­da­da­nos lo apo­yan. Pues, en esen­cia, la po­si­bi­li­dad de que la UE se de­sin­te­gre se da por­que no es­tá in­te­gra­da. Pa­ra que eso ocu­rra, el pro­ce­so de in­te­gra­ción de­be lle­var a una con­ver­gen­cia real. No so­lo a la con­ver­gen­cia in­te­rre­gio­nal, a la que con más o me­nos éxi­to se ha de­di­ca­do la po­lí­ti­ca re­gio­nal eu­ro­pea, sino in­tra­re­gio­nal. Es la cre­cien­te de­sigual­dad la que pro­vo­ca el re­cha­zo de los des­fa­vo­re­ci­dos al sis­te­ma que la ge­ne­ró. Los que aho­ra apo­yan el Fran­cia pa­ra los fran­ce­ses, los mis­mos que los del Ame­ri­ca first, son los des­fa­vo­re­ci­dos fran­ce­ses a los que es fá­cil con­ven­cer de que tie­nen más de­re­chos que los de otros paí­ses eu­ro­peos y, por su­pues­to, del res­to del mun­do. ¡Cla­ro que les iría me­jor si se con­ven­cie­sen de que tie­nen los mis­mos de­re­chos que los fran­ce­ses fa­vo­re­ci­dos! Pe­ro no pa­re­ce ha­ber na­die in­tere­sa­do en que re­cla­men esos de­re­chos. No bas­ta con apo­yar a Ma­cron y fe­li­ci­tar­se por­que la op­ción eu­ro­peís­ta ha triun­fa­do, de mo­men­to. Hay que dar sen­ti­do a lo que sig­ni­fi­ca ser eu­ro­peís­ta.

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