EL ODIA­DO REY DEL LU­JO

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mercados - - ACTUALIDAD - Ber­nard Ar­nauld PRE­SI­DEN­TE Y CON­SE­JE­RO DE­LE­GA­DO DE LVMH

Es el rey del lu­jo. Y aca­ba de su­mar una nue­va jo­ya a su co­ro­na: Dior. Le fal­ta­ba un 25 % pa­ra te­ner el 100 % de la com­pa­ñía y se lo aca­ba de com­prar. Por 12.100 mi­llo­nes de eu­ros. Su­yos son Gi­venchy, Cé­li­ne, Ken­zo, Fen­di, Marc Ja­cobs, Dom Pe­rig­non, Möet & Chan­don Bvlga­ri, Louis Vuit­ton, Sep­ho­ra,Tag Heuer, o la es­pa­ño­la Loe­we. Por ci­tar so­lo al­gu­nas de las se­ten­ta firmas que po­see su gru­po: Louis Vuit­ton Moët Hen­nessy (LVMH).

Ni que de­cir tie­ne que su nom­bre es de los que apa­re­cen en la lis­ta For­bes de los más ri­cos. La su­ya, de he­cho, es la se­gun­da ma­yor for­tu­na de Fran­cia. Con 32.700 mi­llo­nes de dó­la­res en su cuen­ta, a Ber­nard Ar­nault (Rou­baix, Fran­cia, 1949), pre­si­den­te de LVMH , so­lo le gana en el po­dio de los ga­los más acau­da­la­dos la he­re­de­ra de L’Oréal, Li­lia­ne Bet­ten­court, que tie­ne 40.200.

Hi­jo de un em­pre­sa­rio de la cons­truc­ción que pros­pe­ró —y mu­cho— gra­cias a la em­pre­sa que le ce­dió su sue­gro, al pe­que­ño Ar­nauld lo edu­có su abue­la. Una mu­jer es­tric­ta, que le in­cul­có su amor por los es­tu­dios. For­ma­do en la pres­ti­gio­sa Es­cue­la Po­li­téc­ni­ca de París, pa­re­cía des­ti­na­do a ha­cer­se car­go del ne­go­cio fa­mi­liar y que­dar­se en em­pre­sa­rio de pro­vin­cias. Lo pri­me­ro, lo hi­zo; lo se­gun­do, es­tá cla­ro que no. No se re­sig­nó.

Te­nía tan so­lo 22 años cuan­do em­pe­zó en la com­pa­ñía de su pa­dre. Y se de­jó la piel pa­ra dar­le la vuel­ta co­mo un cal­ce­tín. En­fren­tán­do­se, las más de las ve­ces, a la opi­nión de su pro­ge­ni­tor. Aque­llo de la pro­mo­ción in­mo­bi­lia­ria es­ta­ba bien. Se ha­bían he­cho ri­cos le­van­tan­do se­gun­das re­si­den­cias en pri­me­ra lí­nea de pla­ya. Pe­ro se po­dían ha­cer más co­sas. Ha­bía que ha­cer­las. Co­rría el año 1984 cuan­do se pre­sen­tó la gran opor­tu­ni­dad. Fue en­ton­ces cuan­do com­pró Bous­sac. El gru­po tex­til —pro­pie­ta­rio de Dior o Le Bon Mar­ché, los gran­des al­ma­ce­nes de la bur­gue­sía pa­ri­si­na— te­nía un pie en el abismo, y Ar­nauld no de­jó pa­sar ese tren. Y eso que por aquel en­ton­ces no te­nía ni idea de qué iba aque­llo de la in­dus­tria de la mo­da. Él mis­mo lo ha ad­mi­ti­do en nu­me­ro­sas oca­sio­nes. Cuan­do la ad­qui­rió se sir­vió de una ju­go­sa ayu­da del Es­ta­do (el equi­va­len­te a unos cien mi­llo­nes de eu­ros). Des­pués, ven­dió to­do lo que en su opi­nión no te­nía fu­tu­ro. Ha­bía pro­me­ti­do que no lo ha­ría. Pe­ro lo hi­zo. El crac del 87 le sir­vió en ban­de­ja su en­tra­da en LVMH, el nue­vo gru­po que ha­bía sur­gi­do de la fu­sión de Moët Hen­nesy y Louis Vuit­ton. Y pron­to se ha­ría con to­do el po­der. «El je­fe soy yo. A par­tir del lu­nes es­ta­ré aquí pa­ra di­ri­gir per­so­nal­men­te la em­pre­sa», sol­tó en su to­ma de po­se­sión.

Por co­sas co­mo esa, por su al­ta­ne­ría, por frases co­mo la pro­nun­cia­da en el 2015 —en ple­na cri­sis— cuan­do pre­sen­tó los re­sul­ta­dos: «Cuan­do peor es la co­yun­tu­ra, más avan­za­mos»; y so­bre to­do, por su fra­ca­sa­do in­ten­to de exi­lio fis­cal en el 2013— so­li­ci­tó la na­cio­na­li­dad bel­ga pa­ra no pa­gar im­pues­tos en sue­lo ga­lo— no go­za Ar­nauld de las sim­pa­tías de sus com­pa­trio­tas. No pa­re­ce que le im­por­te.

ABRALDES | http://abral­de­sar­ts­tu­dios.jim­do.com

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