UN GOLD­MAN (CÓ­MO NO) PA­RA LA FED

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mercados - - LA SEMANA - Gary Cohn Di­rec­tor del Con­se­jo Eco­nó­mi­co Na­cio­nal de Es­ta­dos Uni­dos

Di­cen los bre­ga­dos en li­des fi­nan­cie­ras que Ja­net Ye­llen, la pri­me­ra mu­jer de la his­to­ria en lle­var las rien­das de la Re­ser­va Fe­de­ral es­ta­dou­ni­den­se, tie­ne los días con­ta­dos al fren­te de la ins­ti­tu­ción. El fi­nal de su man­da­to se acer­ca. Aca­ba en fe­bre­ro. Y ase­gu­ran que Trump ya tie­ne sus­ti­tu­to: Gary Cohn (Cle­ve­land, Ohio, 1960). Un Gold­man Sachs de los de to­da la vi­da. Có­mo no.

Cohn, que pu­so el pri­mer pie en el to­do­po­de­ro­so ban­co de in­ver­sio­nes es­ta­dou­ni­den­se —ese que di­cen que go­bier­na el mun­do— allá por 1990, so­ña­ba con su­ce­der a Lloyd Blank­fein co­mo con­se­je­ro de­le­ga­do de Gold­man Sachs. Pe­ro co­mo ese nom­bra­mien­to no aca­ba­ba de lle­gar, de­ci­dió de­jar­lo. Era el nú­me­ro dos de la fir­ma. Lo hi­zo a fi­na­les del año pa­sa­do. Y no pa­ra re­ca­lar en cual­quier si­tio. Su des­tino: con­ver­tir­se en el prin­ci­pal ase­sor eco­nó­mi­co del pre­si­den­te Do­nald Trump. A los man­dos del Con­se­jo Na­cio­nal Eco­nó­mi­co.

No se fue con las ma­nos va­cías. El ban­co le agra­de­ció los ser­vi­cios pres­ta­dos con una com­pen­sa­ción pró­xi­ma a los 124 mi­llo­nes de dó­la­res. Ca­si na­da.

Tras la ines­pe­ra­da vic­to­ria del mag­na­te en las ur­nas, el nom­bre de Cohn so­nó in­clu­so co­mo fu­tu­ro se­cre­ta­rio del Te­so­ro. Pe­ro ese ga­to se lo lle­vó Ste­ven Mnu­chin al agua. Otro que se for­mó en las fi­las de Gold­man. Inago­ta­ble can­te­ra la su­ya.

Pues bien, aho­ra lle­va Cohn ca­si to­das las de ga­nar, o eso por lo me­nos di­cen quie­nes sa­ben de es­to, en el ca­so de que Trump de­ci­da pres­cin­dir de Ye­llen. Por­que con el man­da­ta­rio es­ta­dou­ni­den­se nun­ca se sa­be. La pre­si­den­ta de la Fed fue du­ran­te la cam­pa­ña elec­to­ral blan­co de sus iras. Pe­ro des­de que se sen­tó en el Des­pa­cho Oval, el mag­na­te ha re­ba­ja­do con­si­de­ra­ble­men­te el tono.

Pa­ra Cohn, na­ci­do en el seno de una fa­mi­lia ju­día de cla­se me­dia —su pa­dre, elec­tri­cis­ta, re­con­ver­ti­do des­pués a pro­mo­tor in­mo­bi­lia­rio— y nie­to de un in­mi­gran­te po­la­co que lle­gó a Es­ta­dos Uni­dos a los 13 años con lo pues­to —y ocho dó­la­res en el bol­si­llo— su­pon­dría el co­lo­fón a una ca­rre­ra de esas que qui­tan el hi­po. Y que des­de lue­go de­ja­ría bo­quia­bier­to a aquel pro­fe­sor que sien­do Cohn ni­ño, y diag­nos­ti­ca­do ya de dis­le­xia, les di­jo a sus pa­dres que, con suer­te, amor, y mu­cha pa­cien­cia, a lo más que lle­ga­ría el chi­co se­ría a con­du­cir un ca­mión.

Se equi­vo­có. A Cohn lo sal­vó la tem­pra­na pa­sión que des­per­ta­ron en él los mer­ca­dos fi­nan­cie­ros. Eso, y su des­ca­ro al abor­dar un día al azar a un hom­bre tra­jea­do en las in­me­dia­cio­nes de Wall Street al que le ofre­ció com­par­tir su ta­xi y al que, du­ran­te el tra­yec­to con­ven­ció pa­ra que le die­ra tra­ba­jo en su fir­ma de co­rre­ta­je.

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