UN PRÍN­CI­PE DE NOM­BRE IMPRONUNCIABLE

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mercados - - ACTUALIDAD - Hans-Adam II von und zu Liech­tens­tein

Ha­bi­ta en un castillo de esos de cuento. En­ca­ra­ma­do a un im­pre­sio­nan­te des­pe­ña­de­ro en uno de los es­ta­dos más pe­que­ños del mun­do. No es el úni­co que tie­ne. Po­see una asom­bro­sa co­lec­ción de ar­te que in­clu­ye obras de Rem­brandt y Ru­bens, por men­cio­nar so­lo un par de ar­tis­tas. Su Al­te­za Se­re­ní­si­ma pa­ra los 38.000 ciu­da­da­nos del mi­cro­país que di­ri­ge y que lle­va su impronunciable nom­bre. No es el rey por­que aque­llo es un prin­ci­pa­do, co­mo Mó­na­co. Un pa­raí­so más bien. Pe­ro fis­cal. Sin pal­me­ras.

Ha­bla­mos de Hans-Adam II von und zu Liech­tens­tein, el prín­ci­pe más acau­da­la­do de Eu­ro­pa, con una for­tu­na que, se­gún Bloom­berg —la bi­blia de los mer­ca­dos—, ron­da los 4.400 mi­llo­nes de dó­la­res (unos 3.800 mi­llo­nes de eu­ros).

Los cau­da­les fa­mi­lia­res da­tan de an­ti­guo. De la épo­ca de las cru­za­das. Y en ese pe­que­ño rin­cón de los Al­pes —ocu­pa lo que Man­hat­tan—, en­tre Sui­za y Aus­tria, han cre­ci­do co­mo la es­pu­ma. Y eso que en los se­sen­ta la Ca­sa del Prín­ci­pe tu­vo que ven­der par­te de su pa­tri­mo­nio, per­dien­do in­clu­so obras de ar­te co­mo la Gi­ne­bra de Ben­ci, de Leo­nar­do da Vin­ci, pa­ra ha­cer fren­te a la gra­ve cri­sis que atra­ve­sa­ba el país. Fue en­ton­ces cuan­do de­ci­die­ron cam­biar el sem­blan­te de su eco­no­mía y op­ta­ron por aque­llo del lais­sez fai­re (de­jar ha­cer) que tan bien le ha ido siem­pre a Sui­za. ¡Y va­ya si acer­ta­ron! Hoy son uno de los paí­ses mas ri­cos del mun­do. El suel­do medio pa­sa de los 6.000 eu­ros al mes, con un pa­ro que ron­da el 2 %.

Ade­más de tie­rras, cas­ti­llos, dos palacios en Vie­na, y un sin­fín de po­se­sio­nes, tie­ne un ban­co: el LGT Group. Es pri­va­do. Y sus clien­tes, la flor y na­ta de los bi­llo­na­rios mun­dia­les.

Per­te­ne­ce el mul­ti­mi­llo­na­rio prín­ci­pe a una de las fa­mi­lias no­bles más an­ti­guas de Eu­ro­pa. Se pue­den en­con­trar re­fe­ren­cias de sus an­te­pa­sa­dos ya en el año 1136. En aque­lla épo­ca las tie­rras fa­mi­lia­res cu­brían am­plias ex­ten­sio­nes en lo que hoy co­no­ce­mos co­mo Ale­ma­nia, Aus­tria, Hun­gría y la Re­pú­bli­ca Che­ca. Hoy, so­lo le que­dan en Aus­tria. Y tie­nen un va­lor de cien mi­llo­nes de dó­la­res, se­gún Bloom­berg. Es­tá ca­sa­do con la con­de­sa Ma­rie Kinsky von Wchi­nitz und Tet­tau, con quien ha te­ni­do cua­tro hi­jos. Su he­re­de­ro, el prín­ci­pe Alois, ya ha­ce años que re­ci­bió de su pa­dre la po­tes­tad de to­mar de­ci­sio­nes gu­ber­na­men­ta­les que afec­tan al día a día del país. Se ha con­ver­ti­do, pues, en una es­pe­cie de re­gen­te. Una for­ma de pre­pa­rar el te­rreno pa­ra cuan­do lle­gue el mo­men­to de co­ger los man­dos del prin­ci­pa­do y con­cen­trar to­do el po­der en sus ma­nos. Por­que, so­bre el pa­pel, Liech­tens­tein es una mo­nar­quía cons­ti­tu­cio­nal, don­de la so­be­ra­nía del Es­ta­do la com­par­ten el prín­ci­pe y los ciu­da­da­nos. Pe­ro, en el 2003, en un re­fe­ren­do cons­ti­tu­cio­nal, más del 60 % de la po­bla­ción vo­tó a fa­vor de dar­le tan­tos po­de­res que se pue­de de­cir que la su­ya es la úni­ca mo­nar­quía ab­so­lu­ta que hay en Eu­ro­pa.

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