ÁGAT­HA RUIZ PRA­DA

Es­ta se­ma­na, ha pre­sen­ta­do su co­lec­ción en Nue­va York y Madrid, tras vi­vir los me­ses más di­fí­ci­les de su vi­da. Ha­bla­mos con la nue­va Ágat­ha, más li­bre y di­ver­ti­da, so­bre la fa­mi­lia, el do­lor... y Pedro Jo­ta. Por Vir­gi­nia Dra­ke / Fo­tos: An­tón Goi­ri

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - De Cerca -

“Aho­ra, los se­ño­res me mi­ran de otra ma­ne­ra, por­que ven una po­si­bi­li­dad. Y eso es di­ver­ti­dí­si­mo”

Es­tá más gua­pa que nun­ca y se di­ría que le ha sen­ta­do es­tu­pen­da­men­te el di­vor­cio de Pedro Jo­ta Ra­mí­rez, si no fue­ra por el enor­me do­lor que le cau­só en su mo­men­to. Con 18 ki­los me­nos, Ágat­ha Ruiz de la Pra­da aho­ra can­ta, bai­la, jue­ga al golf y sa­le de ca­sa to­das las no­ches,

al­go im­pen­sa­ble en ella has­ta ha­ce muy po­co tiem­po. Se di­ría que se ha rein­ven­ta­do en una ado­les­cen­te con la ca­be­za muy bien amue­bla­da. Es­ta se­ma­na ha pre­sen­ta­do su co­lec­ción en Nue­va York y en Madrid. Con un pun­to im­por­tan­te de ori­gi­na­li­dad, so­fis­ti­ca­ción y ex­tra­va­gan­cia, nos ha­ce de nue­vo in­mu­nes a la de­pre­sión con esa ex­plo­sión de co­lo­res y for­mas, mar­ca de la ca­sa. Por­que Agat­ha nun­ca de­frau­da. A pun­to de ter­mi­nar el ve­rano, nos re­ci­be en Ma­llor­ca, don­de ha car­ga­do las pi­las du­ran­te dos me­ses. Eso sí, pe­ga­da al mó­vil y al or­de­na­dor por­que ella no des­co­nec­ta ni de­ba­jo del agua.

Mu­jer­hoy. Dos des­fi­les en la mis­ma se­ma­na y un año muy mo­vi­di­to… Ágat­ha Ruiz de la Pra­da. Es ver­dad. Es­te año no he­mos pa­ra­do, so­lo en ju­nio he pro­du­ci­do 60 no­ti­cias y los ni­ños me es­tán ayu­dan­do mu­cho.

Los ni­ños ya ron­dan los 30 años.

Sí, Tris­tán es aho­ra el di­rec­tor ge­ne­ral y Có­si­ma se en­car­ga más de la par­te in­ter­na­cio­nal.

¿Quién ha pe­di­do a quién tra­ba­jar jun­tos?

Si ellos hu­bie­ran te­ni­do una vi­sión cla­ra de su fu­tu­ro, co­mo la te­nía yo, y hu­bie­sen que­ri­do ser mé­di­cos o es­cri­to­res, lo ha­brían si­do. Pe­ro, co­mo tan­tos ni­ños de hoy, es­tán un po­co des­pis­ta­dos. Les di­je que es­to era pa­ra ellos si lo que­rían .... Y es­toy im­pre­sio­na­da de lo mu­cho que les ha di­ver­ti­do.

¿Tra­ba­jar en fa­mi­lia es fá­cil?

Sí, por­que no nos ve­mos [son­ríe]. Al prin­ci­pio pen­sé que se­ría es­tu­pen­do via­jar con ellos en vez de con mi equi­po, pe­ro ya he de­ci­di­do que con Có­si­ma no quie­ro via­jar, por­que lo pa­so cri­mi­nal. Tris­tán es más di­ver­ti­do, po­ne paz. Los pro­ble­mas gor­dos se los co­lo­co a él.

Tras la se­pa­ra­ción, sus hi­jos se han que­da­do a vi­vir con us­ted. Y me en­tu­sias­ma, por­que es co­mo si fue­ra Na­vi­dad to­do el año. No hay na­da que me gus­te más que el que mis hi­jos vi­van con­mi­go. Si es­tu­vie­ran ca­sa­dos y tu­vie­ran ni­ños, no po­drían ha­cer­lo; pe­ro pro­cu­ra­ría te­ner a los nie­tos con­mi­go el ma­yor tiem­po po­si­ble. Yo me fui de ca­sa de mis pa­dres pa­ra vi­vir con Pedro Jo­ta; si no, no me ha­bría ido nun­ca; no veo la ne­ce­si­dad de mar­char­te de don­de te ha­cen la co­mi­da, te plan­chan la ro­pa y es­tás fe­no­me­nal.

Hay quien pre­fie­re ser li­bre e in­de­pen­dien­te.

Yo te­nía en ca­sa de mi ma­dre to­da la in­de­pen­den­cia y la li­ber­tad del mun­do.

Sor­pren­de es­ta teo­ría en una mu­jer que ha si­do la avan­za­di­lla de su ge­ne­ra­ción. Es que me en­can­ta lle­gar a ca­sa y que ha­ya ja­leo, no me gus­ta es­tar so­la. Aho­ra les he pe­di­do a mis hi­jos que, por lo me­nos, se que­den un año.

¿Les ha cos­ta­do vol­ver a vi­vir con us­ted?

Na­da, es­tán arre­ba­ta­dos por­que han es­ta­do vi­vien­do so­los unos años y yo in­ten­to co­rrom­per­los a to­pe con que la co­mi­da es­té lo me­jor po­si­ble, con que to­do se lo la­ven y se lo plan­chen…

Es us­ted una se­ño­ra bien que ha pa­sa­do olím­pi­ca­men­te de con­ven­cio­na­lis­mos, pe­ro que, en el fon­do, no re­nie­ga de ellos. Es que to­do el mun­do tie­ne con­tra­dic­cio­nes. Si­go te­nien­do la men­ta­li­dad de pa­sar­me dos me­ses de va­ca­cio­nes, siem­pre con la ra­bia de no pa­sar tres, que es lo que ha­cían mi bi­sa­bue­la, mi abue­la y mi ma­dre. Y, por ejem­plo, no me gus­ta el golf, pe­ro jue­go to­das las ma­ña­nas, por­que es lo que hay que ha­cer. Pro­vo­ca cuan­do quie­re y se vuel­ve tra­di­cio­nal cuan­do le in­tere­sa. Exac­to, no me qui­to de lo bueno del pa­sa­do, es ab­sur­do.

¿Qué le ha­ce en­fren­tar­se a su fa­mi­lia por unos tí­tu­los no­bi­lia­rios?

La his­to­ria es la si­guien­te: mi abue­lo, en vi­da, re­par­tió al­gu­nos tí­tu­los con sus hi­jos y a mi ma­dre le pro­me­tió dar­le otros, pe­ro lue­go no le dio na­da, por­que siem­pre le pa­re­ció que Ruiz de la Pra­da era un po­co hor­te­ra pa­ra la épo­ca. Mi abue­lo es­no­bea­ba mu­cho a su yerno, que nun­ca le ca­yó bien y, mu­cho me­nos, cuan­do se se­pa­ró de su hi­ja. Es­to hi­zo que pa­ga­ra el pa­to mi ma­dre y que en la fa­mi­lia la tra­ta­ran peor. Lue­go, cuan­do mu­rió mi abue­lo, re­par­tie­ron siem­pre en con­tra de ella, siem­pre se por­ta­ron mal con ella.

La ley de su­ce­sión no­bi­lia­ria da­ba pre­fe­ren­cia al pri­mo­gé­ni­to va­rón y us­ted fue una de las que for­za­ron el cam­bio. ¿Lo hi­zo por ra­bia o por­que le ape­te­cía ser Gran­de de Es­pa­ña? Lo hi­ce por­que soy la nie­ta ma­yor, pe­ro fun­da­men­tal­men­te por­que es­ta­ba con­ven­ci­dí­si­ma de que era lo jus­to. Cuan­do mu­rió mi tío Car­los, que era el ma­yor y es­ta­ba sol­te­ro, otro de mis tíos co­gió a mi ma­dre de los pe­los, la lle­vó a un no­ta­rio y le hi­zo re­nun­ciar a sus de­re­chos. Y ella, que te­nía mie­do a sus her­ma­nos, fir­mó y no me lo di­jo. Pe­ro, cuan­do uno de mis tíos pi­dió los tí­tu­los, mi ma­dre me di­jo que los re­cla­ma­ra yo.

Ella re­nun­ció, pe­ro no por sus des­cen­dien­tes.

Cla­ro, ahí pen­sé: “Te has equi­vo­ca­do, bo­ni­to. Una co­sa es to­rear con mi ma­dre, que nun­ca ha tra­ba­ja­do y no se atre­ve a cier­tas co­sas por mie­do, y otra muy dis­tin­ta es pe­lear con­tra mí”. Lo hi­ce por ella y lo con­se­guí des­pués de lu­char mu­cho. En es­to Có­si­ma es co­mo yo: me de­fien­de a muer­te, co­mo yo he de­fen­di­do a muer­te a mi ma­dre.

Su­pon­go que mu­chas mu­je­res le ha­brán agra­de­ci­do que ga­na­ra esa ba­ta­lla. ¡Muy po­co! En la Dipu­tación de la Gran­de­za creo que me odian y que, si voy, me muer­den. No voy a sus reunio­nes por­que no hay na­die a quien no co­noz­ca.

Ha es­ta­do 30 años jun­to a un hom­bre po­de­ro­so e in­flu­yen­te, ¿pa­só a ser la “mu­jer de”? Cuan­do co­no­cí a Pedro Jo­ta, no era nin­gún match y a mi ma­dre le pa­re­cía lo peor del mun­do: un se­ñor de Lo­gro­ño que, en­ci­ma, es­ta­ba ca­sa­do. ¡No te quie­ro de­cir lo que les pa­re­cía! En aque­lla épo­ca era yo la que te­nía más mun­do, él te­nía muy po­qui­to.

¿Al la­do de Pedro Jo­ta sin­tió el po­der?

Yo des­de pe­que­ñi­ta es­ta­ba muy me­ti­da en co­sas de po­der: mi abue­lo ma­terno pa­sa­ba dos o tres me­ses al año con don Juan en Es­to­ril. Cuan­do don Juan iba a Bar­ce­lo­na, vi­vía en ca­sa de mis abue­los, y tam­bién don Juan Car­los. Y en Madrid, vi­vía­mos, puer­ta con puer­ta, con An­to­nio Ga­rri­gues Wal­ker, en un mo­men­to en el que don An­to­nio pa­dre tra­jo a Jac­kie Ken­nedy a Es­pa­ña. Con cin­co años re­cuer­do, en Bar­ce­lo­na, es­pe­rar en la es­ca­le­ri­ta del avión a do­ña So­fía pa­ra dar­le un ra­mo de flo­res. Des­de pe­que­ña, he co­no­ci­do a to­da la gen­te im­por­tan­te de Madrid y Bar­ce­lo­na. Aun­que re­co­noz­co que, con Pedro Jo­ta, he co­no­ci­do to­da­vía a más.

A los 20 años mon­tó su pri­me­ra co­lec­ción, ¿le ayu­da­ron? Lo que me per­mi­tió ha­cer lo que me dio la ga­na a esa edad fue que vi­vía en ca­sa de mi ma­dre y no te­nía que pa­gar un pi­so, una mu­cha­cha… De no ser así, no ha­bría po­di­do ha­cer­lo tan pron­to. To­das mis ener­gías y mi di­ne­ro los rein­ver­tía –lo si­go ha­cien­do– en mi tra­ba­jo. Aho­ra ten­go mu­chas co­sas, pe­ro po­co cash. Es­toy acos­tum­bra­da a la for­tu­na y a no te­ner di­ne­ro. Te­ner po­co cash me ex­ci­ta.

Co­mo ca­ta­la­na, ¿es una mu­jer po­co da­da al gas­to?

Sí, ven­go de una fa­mi­lia aus­te­rí­si­ma. No ten­go jo­yas, no soy na­da gas­to­sa, me da igual via­jar en bu­si­ness que en tu­ris­ta, los mue­bles de es­ta ca­sa tie­nen 50 años… y, ade­más, eso me re­ta. Mi bi­sa­bue­la Águe­da, que era una de las se­ño­ras más ri­cas de Bar­ce­lo­na, no se sen­ta­ba en las si­llas pa­ra no gas­tar­las.

¿Y dón­de se sen­ta­ba?

Po­nía una te­la en­ci­ma pa­ra no gas­tar la ta­pi­ce­ría. A mí, co­mo a las mu­je­res de mi fa­mi­lia, no me gus­ta ven­der mis co­sas. Si tu­vie­ra que ven­der es­ta ca­sa de Ma­llor­ca o la de Madrid, que se me ha que­da­do gran­de, me da­ría una ra­bia tre­men­da. Y la fin­ca a la que voy los fi­nes de se­ma­na, que era de mi abue­lo y lue­go de mi ma­dre, tam­po­co quie­ro per­der­la.

¿Le ti­ran mu­cho las raí­ces?

Mu­cho. En Madrid vi­vo a una man­za­na de la ca­sa don-

de vi­vía de pe­que­ña y la veo des­de la ven­ta­na. Ve­ra­neo en Ma­llor­ca, don­de ve­nía de pe­que­ña, y la fin­ca la co­no­cí cuan­do te­nía 15 días. La go­za­da es que, tras dar mil vuel­tas, es­toy ha­cien­do la mis­ma vi­da que cuan­do te­nía cin­co años.

Pe­ro en su fa­mi­lia las mu­je­res no tra­ba­ja­ban.

No, y eso es ma­lí­si­mo. Mi ma­dre nun­ca tra­ba­jó y una vez qui­so ha­cer­lo con­mi­go: le di una es­co­ba y la pu­se a ba­rrer, pe­ro no du­ró.

¿Us­ted ba­rre mu­cho?

Sí, y me en­can­ta. De he­cho, una de las co­lec­cio­nes nue­vas es de es­co­bas, re­co­ge­do­res, cu­bos… Aho­ra es­tá más de mo­da co­ci­nar, pe­ro no sé co­ci­nar ni me di­vier­te.

¿Ha es­ta­do de mo­da al­gu­na vez ba­rrer?

Yo ten­go la teo­ría de que, cuan­do ba­rres, or­de­nas, lim­pias o plan­chas, te lim­pias la ca­be­za de mu­chos pro­ble­mas. Pa­ra mí, ba­rrer y lim­piar es una te­ra­pia que me sir­ve pa­ra acla­rar ideas.

¿Le gus­ta sa­lir de com­pras y per­der­se por las tien­das?

Na­da, me abu­rre mu­chí­si­mo. Se pue­de de­cir que vis­to de Agat­ha en un 99’5%.

¿Sa­be lo que en­tra, lo que sa­le y lo que de­be en su ne­go­cio?

¡To­do! Y lo sé al día. A las ocho de la ma­ña­na, que es mi ho­ra más lú­ci­da, me pon­go con la con­ta­bi­li­dad y me di­vier­te que me ma­ta: es­toy sú­per en­ci­ma.

Cuen­ta que su ma­yor ilu­sión fue te­ner hi­jos.

Sí, y te­ner­los me trans­for­mó mu­chí­si­mo. So­bre to­do me en­can­tó la pri­me­ra ex­pe­rien­cia; la se­gun­da, tam­bién, pe­ro con la pri­me­ra me vol­ví lo­ca. Aho­ra, me ha­ce una ilu­sión bes­tial te­ner nie­tos.

Vi­vió 30 años con Pedro Jo­ta y se se­pa­ra­ron a los tres me­ses de ca­sar­se, ¿me lo ex­pli­ca? Nun­ca he es­ta­do a fa­vor del ma­tri­mo­nio, no creo en él: el de mis pa­dres no fun­cio­nó y to­das mis ami­gas, me­nos una, es­tán di­vor­cia­das. Nun­ca me lo ha­bía plan­tea­do.

¿Por qué lo hi­zo?

No lo sé, qui­zá pa­ra fa­ci­li­tar la rup­tu­ra, por­que si no es­tás ca­sa­do no te pue­des di­vor­ciar. A lo me­jor, sin sa­ber­lo, me ca­sé pa­ra di­vor­ciar­me. ¡Otra ex­pli­ca­ción no hay!

¿Quién le pro­po­ne a quién ca­sar­se?

Pues no lo sé, es una du­da que ten­go: creo que fui yo, pe­ro que Pedro Jo­ta lo ace­le­ró por pro­ble­mas con El Es­pa­ñol, por­que me que­ría re­ga­lar unas ac­cio­nes… y por­que pa­re­cía más fá­cil que mis hi­jos he­re­da­ran los tí­tu­los. Me ca­sé por lo ci­vil, pe­ro sin ilu­sión. Y, una vez ca­sa­da, me plan­teé ha­cer­lo tam­bién por la Igle­sia. Aun­que co­noz­co mu­chas pa­re­jas que han es­ta­do sin ca­sar­se 30 años y des­pués de ha­cer­lo han du­ra­do tres me­ses.

Di­ce que, tras se­pa­rar­se, adel­ga­zó 10 ki­los en una se­ma­na, ¿de­jó de co­mer? No, co­mía lo mis­mo; fue­ron los ner­vios, que me ace­le­ra­ron. Tres días des­pués de de­cir­me que se que­ría se­pa­rar, an­du­ve por lo me­nos 25 ki­ló­me­tros, no po­día es­tar quie­ta. Una ami­ga adel­ga­zó sie­te u ocho ki­los por acom­pa­ñar­me.

AL­GO SE ROM­PIÓ CON LO DEL VÍ­DEO DE PEDRO JO­TA; DES­PUÉS DE ESO, NO HA­BRÍA TE­NI­DO UN TER­CER HI­JO CON ÉL NI LO­CA.

Ha per­di­do 18 ki­los y se la ve me­jor que nun­ca. Es que es­toy me­jor que nun­ca. Aho­ra me ca­be to­da la ro­pa que an­tes no me en­tra­ba.

¿Se ha acos­tum­bra­do ya a la sol­te­ría?

Te vas a reír, pe­ro los pri­me­ros días yo que­ría cam­biar a Pedro Jo­ta por otro… y pa­re­ci­do, ade­más. Mis ami­gas me de­cían que era im­bé­cil [Ri­sas]. Lue­go, se­gún pa­san los días, te vas acos­tum­bran­do y lle­ga un mo­men­to en que es­tás fe­liz so­la.

¿Es­tá tan fe­liz co­mo pa­re­ce?

Es­toy fe­liz, sí; co­mo si me hu­bie­ra qui­ta­do 30 años de en­ci­ma, aun­que hay co­sas que si­guen do­lien­do. Sé que hay mu­je­res que se hun­den y, 20 años des­pués, es­tán ca­si co­mo el pri­mer día. Aho­ra ha­go co­sas que no he he­cho en mi vi­da: bai­lo, can­to... Es ver­dad que me lle­vé un sus­to de muer­te, pe­ro la ca­be­za la tu­ve más lú­ci­da que nun­ca. Fir­mé el di­vor­cio en cin­co días y me di cuen­ta de que te­nía que po­ner­me las pi­las y cor­tar por lo sano.

Sin em­bar­go, aguan­tó el es­cán­da­lo del ví­deo de Pedro Jo­ta con aquel cor­sé ro­jo… ¿Lle­ga­ron a un pac­to: no nos di­vor­cia­mos pe­ro tú te que­das en Madrid y yo me voy a Pa­rís? No, eso le gus­ta­ría a mu­cha gen­te. Yo no ha­go pac­tos de ese ti­po. Ya ves que, en es­te ca­so, an­te la mí­ni­ma in­si­nua­ción de se­pa­rar­nos, cor­té: “No es que te quie­ras se­pa­rar, es que ya es­tás se­pa­ra­do”.

¿No se plan­teó se­pa­rar­se de Pedro Jo­ta, en­ton­ces, an­tes que tra­gar­se aquel feo asun­to?

No, no que­ría que quie­nes le pre­pa­ra­ron aque­llo se sa­lie­ran con la su­ya. Me to­mé a sus enemi­gos co­mo si fue­ra Don Qui­jo­te: yo era 20 ve­ces más enemi­ga de sus enemi­gos que él. Aque­llo fue con­tra Pedro Jo­ta y era tan ba­jo… En cam­bio, es­to es con­tra mí, es muy dis­tin­to.

¡Ya! Pe­ro a ca­da uno le po­nen la tram­pa en la que pue­de caer, ¿no? Mmmm… Pre­fe­rí de­fen­der­le an­tes que cul­par­lo a él. Ade­más, aque­llo me pro­te­gió du­ran­te mu­chos años y Pedro Jo­ta se por­tó me­jor de lo que le ha­bría gus­ta­do. Lo per­do­né, por­que qui­so que lo per­do­na­ra. Tam­bién te di­go: si te ha­cen una pu­tada una vez, tie­ne la cul­pa él; si te la ha­cen dos ve­ces, tie­nes la cul­pa tú.

¿No se le rom­pió al­go den­tro des­pués de ver aquel ví­deo?

Yo creo que, en el fon­do, sí. No ha­bría te­ni­do un ter­cer hi­jo con Pedro Jo­ta ni lo­ca des­pués de eso. Lue­go al­go que­dó, sí.

¿Dón­de en­con­tró más apo­yo en­ton­ces: en­tre las mu­je­res o en­tre los hom­bres?

No lo sé, pe­ro tu­ve mu­chí­si­mo apo­yo, co­mo aho­ra. La gen­te se es­tá por­tan­do de alu­ci­nar, in­clu­so la que no co­noz­co. Su­pon­go que unos me ayu­dan por­que me tie­nen afec­to y otros, por jo­ro­bar a Pedro Jo­ta; las dos co­sas me vie­nen muy bien.

En­ton­ces que­da­mos en que no se fue a vi­vir a Pa­rís por qui­tar­se un po­co de en me­dio. No, me die­ron la opor­tu­ni­dad de tra­ba­jar allí y la pi­llé al vue­lo. Pa­rís es lo más di­fí­cil pa­ra la mo­da y me cur­tió mu­chí­si­mo. Des­pués, cuan­do lle­gué a Nue­va York, que es te­la ma­ri­ne­ra, ya es­ta­ba acos­tum­bra­da. Aman­cio Or­te­ga me di­jo que una de sus pri­me­ras tien­das in­ter­na­cio­na­les la abrió en Pa­rís y le en­se­ñó mu­chí­si­mo.

¿Y si­gue sien­do du­ro?

Cuan­do con­si­gues en­trar en Pa­rís, los fran­ce­ses te res­pe­tan más que los es­pa­ño­les co­mo ar­tis­ta, pe­ro aquel país es di­fi­ci­lí­si­mo. De los gran­des de mi épo­ca –Gaul­tier, Cas­tel­ba­jac…– no hay nin­guno que no ha­ya ce­rra­do o ven­di­do. Con to­do, Pa­rís me en­tu­sias­ma.

¿Qué vi­da ha­ce fue­ra del tra­ba­jo?

Lle­go a ca­sa a las 8,45 y a las 9,10 sal­go: ¡to­dos los días! No­to que ten­go que ha­cer­lo y en­cuen­tro di­ver­ti­dí­si­ma a gen­te que an­tes no me lla­ma­ba la aten­ción. No sa­bes lo di­fe­ren­te que me ven los se­ño­res. Aho­ra hay una po­si­bi­li­dad y esa po­si­bi­li­dad es di­ver­ti­dí­si­ma [Ri­sas]. Me pa­so el día pe­ga­da al co­rreo y vi­gi­lan­do las ra­yi­tas del What­sapp, co­mo si tu­vie­ra 17 años.

¡Va­mos, que se vuel­ve a enamo­rar en bre­ve!

No lo sé, pe­ro de mo­men­to es­toy di­ver­ti­dí­si­ma con to­do es­to.

Ágat­ha po­sa en los jar­di­nes del ho­tel Can Si­mo­ne­ta, en Ma­llor­ca, con uno de los ves­ti­dos de su fir­ma.

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