ES­PA­ÑO­LAS EN EL CO­RA­ZÓN DEL “BRE­XIT”

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Sumario -

“DI CON­CIER­TOS HAS­TA EL FI­NAL DEL EM­BA­RA­ZO: CREÍA QUE DES­PUÉS DE­JA­RÍAN DE LLA­MAR­ME”.

ne­ce­si­to, que me da mu­cha fe­li­ci­dad para com­par­tir­la con ella. Así que me in­ven­té la ma­ne­ra de ha­cer­lo fun­cio­nar, por­que no hay re­fe­ren­tes. La ma­yo­ría de los que van por ahí son hom­bres y las mu­je­res sue­len ser el pun­to de re­fe­ren­cia, las que se que­dan en ca­sa con el hi­jo. Lo que yo he he­cho ha sido mon­tár­me­lo a mi ma­ne­ra; aho­ra mi hi­ja tiene nue­ve años y has­ta ha­ce dos yo no me iba más de dos días. Es mu­cho más can­sa­do, por­que es­tás yen­do y vi­nien­do con­ti­nua­men­te, pe­ro que­ría dis­fru­tar de am­bas co­sas. Aho­ra me pue­do per­mi­tir ir­me 10 días a Su­da­mé­ri­ca, por ejem­plo, cuan­do si no tu­vie­ra a mi hi­ja igual ha­bría he­cho gi­ras de me­ses y me­ses, se­ría dis­tin­to. Pe­ro me lo he te­ni­do que in­ven­tar. Yo in­ven­to mu­cho: cuan­do no veo na­da que me con­ven­za, in­ten­to crear a par­tir de las ne­ce­si­da­des.

¿En qué la ha cam­bia­do ser ma­dre?

Me ha ayu­da­do a estar más co­nec­ta­da con la tie­rra, a no per­der tan­to el tiem­po y a qui­tar­me ton­te­rías. Tie­nes una ho­ri­ta y haces la co­mi­da, la­vas la ro­pa y es­cri­bes una can­ción. Vas a lo im­por­tan­te y te de­jas de tan­to mis­ti­cis­mo de ne­ce­si­to ese mo­men­to es­pe­cial y ese en­torno ideal para la crea­ción. No, se ha­ce cuan­do se pue­de. Ayu­da a nor­ma­li­zar to­do un po­co. Y el amor que te da, cla­ro, ese ti­po de amor es muy bes­tia.

Creo que du­ran­te el em­ba­ra­zo se­guía de con­cier­to en con­cier­to, ¿no?

Es que la mú­si­ca ha for­ma­do par­te de mí to­da la vi­da. Es­tan­do yo en la ba­rri­ga de mi ma­dre, ella can­ta­ba y mi pa­dre to­ca­ba. Y a los tres años ya iba a cla­ses de mú­si­ca. Es una for­ma de vi­vir y lue­go de­ci­dí que­dar­me em­ba­ra­za­da y se­guí can­tan­do en una gi­ra con Joan Díaz, un pia­nis­ta. Re­cuer­do que me do­lía tan­to la es­pal­da que, du­ran­te los so­los de piano, me es­con­día por allí de­trás y me tum­ba­ba en el sue­lo. Hi­ce mu­chos, mu­chos bolos has­ta los ocho me­ses y me­dio, pen­san­do que des­pués na­die me lla­ma­ría. Pe­ro ha sido com­ple­ta­men­te al re­vés: fue na­cer mi hi­ja y em­pe­zó a cre­cer mi ca­rre­ra de ma­ne­ra ex­po­nen­cial. An­tes los pa­sos eran pa­sos más pe­que­ños y aho­ra ca­da vez son un po­co más gran­des.

¿Tu­vo que pe­lear con la cul­pa co­mo tan­tas mu­je­res?

Sí, por­que la ma­yo­ría de las fa­mi­lias tie­nen otro ti­po de vi­da y en­ten­der que la mía te­nía otra es­truc­tu­ra y estar en paz con­mi­go me cos­tó unos años. Se pa­sa mal, te pue­des sen­tir juz­ga­da o juz­gar­te a ti mis­ma al pen­sar que no lo haces co­mo la ma­yo­ría de gen­te que te ro­dea, pe­ro es que no hay re­fe­ren­tes, es to­do muy in­tui­ti­vo, te vas guian­do por la ne­ce­si­dad de la ni­ña. Pe­ro aho­ra es de lo que más or­gu­llo­sa me sien­to y me gus­ta en­se­ñar­le que tiene que lu­char tam­bién por to­do lo que a ella le gus­ta.

Su hi­ja tam­bién ha­brá sa­li­do aman­te de la mú­si­ca…

Sí, le gus­ta mu­cho, es to­da una ar­tis­ta.

Sil­via Pé­rez Cruz lle­va abri­go de De­sigual so­bre un mono de Sport­max.

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