SI US­TED HA OÍ­DO CANTAR A SU HI­JA «A MÍ ME GUS­TAN MÁS GRAN­DES,

LOS VI­DEO­CLIPS QUE BAD BUNNY CUEL­GA EN YOUTU­BE ACU­MU­LAN 8000 MI­LLO­NES DE VI­SIO­NA­DOS. SIN HA­BER SA­CA­DO UN DIS­CO

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Magazine En Primer Plano -

que no me que­pa en la bo­ca…»; o a su hi­jo ado­les­cen­te ta­ra­rear «si an­tes yo era un hi­juepu­ta, aho­ra soy peor», ya co­no­ce a Bad Bunny. O, al me­nos, lo ha es­cu­cha­do. Qui­zá le ha­yan alar­ma­do las le­tras, pe­ro lo cier­to es que de­ce­nas de mi­llo­nes de chi­cos y chi­cas en to­do el mun­do co­rean esas can­cio­nes. Era un per­fec­to des­co­no­ci­do has­ta el año pa­sa­do. Un jo­ven puer­to­rri­que­ño de 23 años, de nom­bre Be­ni­to An­to­nio Mar­tí­nez, que tra­ba­ja­ba en un su­per­mer­ca­do co­mo em­pa­que­ta­dor. Y que de­be su nom­bre ar­tís­ti­co a una fies­ta de dis­fra­ces es­co­lar a la que fue ves­ti­do de co­ne­jo a re­ga­ña­dien­tes. Hoy es un pro­duc­to glo­bal. Los vi­deo­clips que cuel­ga en Youtu­be acu­mu­lan 8000 mi­llo­nes de vi­sio­na­dos. So­lo mi­rar las es­ta­dís­ti­cas de las dos can­cio­nes men­cio­na­das en el pá­rra­fo an­te­rior cau­sa vér­ti­go. Soy peor lle­va 650 mi­llo­nes de vi­si­tas, en­tre el ví­deo ofi­cial y el re­mix. Y en Spo­tify tam­bién arra­sa: Ma­yo­res –con Becky G– an­da por los 218 mi­llo­nes de re­pro­duc­cio­nes. La cuen­ta de Ins­ta­gram de Bad Bunny tie­ne 8 mi­llo­nes de se­gui­do­res.

UNA NUE­VA IN­DUS­TRIA. ¿Có­mo se lle­ga de ce­ro al in­fi­ni­to en ape­nas unos me­ses? Es di­fí­cil res­pon­der a es­ta pre­gun­ta. Pe­ro si se tie­nen en cuen­ta las cir­cuns­tan­cias –sin ha­ber lan­za­do nun­ca un dis­co, so­lo can­cio­nes suel­tas; sin el res­pal­do de la in­dus­tria dis­co­grá­fi­ca y sin ape­nas so­nar en las ra­dios–, la pre­gun­ta se trans­for­ma en acer­ti­jo. Pa­ra com­pli­car más el asun­to, Bad Bunny es el ma­yor

re­pre­sen­tan­te de un es­ti­lo mu­si­cal que has­ta la fe­cha era muy mi­no­ri­ta­rio: un sub­gé­ne­ro del reg­gae­ton, con in­fluen­cias del rap, lla­ma­do trap la­tino. «Es­ta­mos an­te un fe­nó­meno que ha co­gi­do a la in­dus­tria fue­ra de jue­go», ex­pli­ca Víc­tor Sán­chez Rin­co­nes, pe­rio­dis­ta mu­si­cal co­lom­biano es­pe­cia­li­za­do en rit­mos ur­ba­nos. «Al reg­gae­ton se lo da­ba por muer­to, pe­ro se ha rein­ven­ta­do gra­cias a ar­tis­tas co­mo J Bal­vin o Ma­lu­ma. Hoy por hoy es el nue­vo pop. Es lo que se con­su­me. Las le­tras son una por­que­ría, pe­ro la mú­si­ca te aga­rra. Las dis­co­grá­fi­cas no sa­ben lo que es es­te gé­ne­ro, aun­que aho­ra in­ten­tan su­bir­se al ca­rro y fi­char a gen­te que se ha con­so­li­da­do por su cuen­ta, al mar­gen de la in­dus­tria y de las emi­so­ras. Pe­ro son ar­tis­tas in­de­pen­dien­tes. Y ha­cen lo que quie­ren. Que Me­de­llín (Co­lom­bia) se ha­ya con­ver­ti­do en la me­ca mun­dial de la mú­si­ca ur­ba­na es muy sig­ni­fi­ca­ti­vo». Pe­ro las crí­ti­cas a es­te ti­po de mú­si­ca o, más es­pe­cí­fi­ca­men­te, a es­ta cla­se de le­tras van más allá, co­mo ilus­tra la pe­ti­ción mul­ti­tu­di­na­ria en Chan­ge.org pa­ra la re­ti­ra­da de Cua­tro babys, de Ma­lu­ma. «El ma­chis­mo es un te­ma muy se­rio y no po­de­mos de­jar que es­tos ener­gú­me­nos can­ten es­to a los cha­va­les», es­cri­bió en su cuen­ta de Twit­ter el mú­si­co Iván Fe­rrei­ro. La so­ció­lo­ga Ra­quel Z. Ri­ve­ra, coor­di­na­do­ra del li­bro Reg­gae­ton (Du­ke Uni­ver­sity Press), se­ña­la que a me­dia­dos de los no­ven­ta ya se vi­vió «un fe­roz de­ba­te» en la so­cie­dad puer­to­rri­que­ña, en los orí­ge­nes del reg­gae­ton co­mo es­ti­lo mu­si­cal. Al­fre­do Nie­ves, ca­te­drá­ti­co de la Uni­ver­si­dad Me­tro­po­li­ta­na de Puer­to Rico, ha es­tu­dia­do la hi­per mas­cu­li­ni­dad que tras­cien­den las le­tras y los ví­deos, cons­trui­dos en torno al «ma­chis­mo, la ló­gi­ca del gáns­ter, la ob­je­ti­va­ción de la mu­jer, la ho­mo­fo­bia y la per­pe­tua­ción de un ima­gi­na­rio so­bre el ba­rrio» de don­de pro­ce­den es­tos ar­tis­tas. La na­rra­ti­va y la es­té­ti­ca del trap la­tino –«Agá­rra­la, pé­ga­la, azó­ta­la», can­ta Tré­bol Clan– lle­va­rían «la fi­gu­ra del ma­cho ba­rrio­cén­tri­co», pre­sen­te ya en el reg­gae­ton, a un nue­vo ni­vel de vio­len­cia se­xual. El reg­gae­ton es ca­ri­be­ño. Y Co­lom­bia y Puer­to Rico se dispu­tan la pri­ma­cía des­de sus ini­cios. La nue­va vuel­ta de tuer­ca lle­ga

"EL MA­CHIS­MO ES UN TE­MA MUY SE­RIO Y NO PO­DE­MOS DE­JAR QUE ES­TOS ENER­GÚ­ME­NOS CAN­TEN ES­TO A LOS CHA­VA­LES", HA ES­CRI­TO EL MÚ­SI­CO IVÁN FE­RREI­RO

des­de Puer­to Rico, con Ozu­na, Br­yant Me­yers, Ar­cán­gel o el pro­pio Bad Bunny. Es la ver­sión la­ti­na del trap, un gé­ne­ro sur­gi­do en el sur más deprimido de Es­ta­dos Uni­dos, en ba­rrios mar­gi­na­les y con los tra­pi­cheos (de ahí el nom­bre) de la dro­ga co­mo te­má­ti­ca. En el ca­so del trap la­tino, las ob­se­sio­nes son el se­xo y el di­ne­ro. Y se ha con­ver­ti­do en un prós­pe­ro ne­go­cio. Mue­ve tan­to di­ne­ro que ha bo­rra­do cual­quier po­si­ble rivalidad en­tre Co­lom­bia y Puer­to Rico. J Bal­vin com­par­te los ví­deos de Ar­cán­gel en su cuen­ta de Ins­ta­gram... Y to­dos quie­ren apa­re­cer en los de Bad Bunny. Se apo­yan en­tre ellos. Se lla­man pa­ra ha­cer un fea­tu­ring ('co­la­bo­ra­ción'). Es una nue­va ma­ne­ra de pro­pa­gar­se que apues­ta por la vi­ra­li­dad. No sa­can dis­cos, sa­can tracks, can­cio­nes con sus res­pec­ti­vos vi­deo­clips que se di­fun­den por Youtu­be, What­sapp, Spo­tify... La ra­dio pier­de pe­so. Y se cue­lan por el mó­vil y el strea­ming en las vi­das de sus au­dien­cias. Bue­na par­te, en edad es­co­lar.

ALER­TA PA­REN­TAL... DES­CO­NEC­TA­DA.

Si la in­dus­tria no los vio ve­nir, los pa­dres me­nos... «Mis hi­jos tie­nen seis y diez años y es­cu­chan a Bad Bunny –re­co­no­ce el pro­pio Sán­chez Rin­co­nes–. El pe­que­ñi­to ta­ra­rea Cham­bea. To­do el co­le­gio lo ha­ce. Yo les blo­queé el mó­vil pa­ra cier­tos te­mas. Pe­ro da igual. Sa­ben có­mo sal­tar­se los con­tro­les pa­ren­ta­les. En el ca­so de ni­ños tan pe­que­ños ta­ra­rean las can­cio­nes, pe­ro no en­tien­den lo que di­cen. Es el so­ni­do lo que les lla­ma la aten­ción, muy pe­ga­di­zo». Tam­bién la voz na­sal de Bad Bunny. «Es in­con­fun­di­ble, su se­llo per­so­nal». Pe­ro las le­tras son tan ma­chis­tas, vio­len­tas y soe­ces que han cau­sa­do un re­vue­lo con­si­de­ra­ble y un de­ba­te en­tre los pro­pios pe­sos pe­sa­dos de la mú­si­ca ca­ri­be­ña. Car­los Vi­ves ha re­co­no­ci­do que es un gé­ne­ro que no de­ja que su hi­ja es­cu­che. Y no es el úni­co... «Esas le­tras for­man par­te del éxi­to del trap. Es el atrac­ti­vo de lo prohi­bi­do. Ha­ce un año era im­pen­sa­ble es­cu­char des­crip­cio­nes se­xua­les tan ex­plí­ci­tas. Pe­ro ya no exis­ten con­tro­les éti­cos. Mu­cho me­nos au­to­cen­su­ra. Y no hay dis­co­grá­fi­ca que los con­tro­le. Al re­vés, las dis­co­grá­fi­cas se es­tán pos­tran­do an­te Bad Bunny. Y las ra­dios que no los pro­gra­man le ha­cen un fa­vor al strea­ming. Es­ta gen­te im­po­ne su ley», ar­gu­men­ta Sán­chez Rin­co­nes. En el fon­do, tam­bién es una cues­tión de eda­des. Ca­da ge­ne­ra­ción eli­ge su pro­pia mú­si­ca. Y el rock, el punk o el heavy me­tal tam­bién fue­ron con­si­de­ra­dos sub­ver­si­vos, inapro­pia­dos o in­clu­so re­vo­lu­cio­na­rios por los pro­ge­ni­to­res de los que los es­cu­cha­ban. En el ca­so del trap, sin em­bar­go, lla­ma la aten­ción la po­bre­za de es­pí­ri­tu. No hay rei­vin­di­ca­ción so­cial al­gu­na, al­go que sí ha­bía en el rap del que pro­vie­ne. La cul­tu­ra –o in­clu­so la con­tra­cul­tu­ra– bri­lla por su au­sen­cia. Los ver­sos de las can­cio­nes ri­man, pe­ro no cuen­tan his­to­rias; pa­re­cen más bien ris­tras des­la­va­za­das de tuits. Y el se­xis­mo es tan des­ca­ra­do que alar­ma. Ca­da ge­ne­ra­ción mol­dea con sus can­cio­nes una vi­sión del mun­do; asi­mi­la y nor­ma­li­za una ma­ne­ra de en­ten­der­lo. Y de re­la­cio­nar­se. «Ma­dres y pa­dres de to­do el mun­do / no cri­ti­quéis lo que no po­déis en­ten­der. / Vues­tros hi­jos e hi­jas es­tán más allá de vues­tro con­trol...». Es­to no lo can­ta Bad Bunny. Lo can­ta­ba Bob Dy­lan en los años se­sen­ta.

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