CON LOS PIES EN LA ARE­NA

LOS ME­JO­RES CHI­RIN­GUI­TOS PA­RA TOMARTE AL­GO EN LA PLA­YA

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: NOE­LIA SILVOSA, ANA ABE­LEN­DA, TA­NIA TABOADA

Aquíno te lle­van la ca­ña a la toa­lla, pe­ro ca­si. Va­mos a po­ner­le un pri­ce­less y unas pal­mas, que aún hay ve­rano que ce­le­brar. Nos va­mos de chi­rin­gui­tos, pe­ro no a unos cual­quie­ra, por­que es­ta ru­ta nos lle­va des­cal­zos muy cer­ca del mar. Es­to sí que es un lu­jo. Pues­tos a pe­dir, qué pe­di­rías. ¿Sol, bri­sa de mar, unos ami­gos, un re­fres­co? Pues ven­ga. Nos que­da­mos con la co­pla de las me­jo­res re­co­men­da­cio­nes pla­ye­ras y nos me­te­mos en chi­rin­gui­tos en los que la pla­ya te acom­pa­ña. En ellos si­gues pi­san­do la are­na. Na­da de po­ner­te la chan­cla ni de ir car­gan­do con el ne­ce­ser de las lla­ves y el mó­vil. Qui­ta, qui­ta. Aquí ves tus bár­tu­los en to­do mo­men­to. Vas des­cal­zo y sin ro­pa. En de­fi­ni­ti­va, es­tás como un ma­ra­já. ¿O no le ves la ca­ra a la gen­te del gru­po de arri­ba? Hay al­gu­na que has­ta es­tá to­da­vía con el pe­lo mo­ja­do. Del agua a la ca­ña y viceversa, ¡que no nos qui­ten la sal! «So­mos de As­tu­rias y de Ma­drid, pe­ro to­do te­ne­mos raí­ces en Fe­rrol y Pon­te­deu­me, así que ve­ni­mos to­dos los años», cuen­ta Ma­nuel Zu­bie­ta. Tie­ne cin­cuen­ta años y son jus­to los que lle­va ve­ra­nean­do en Ca­ba­nas. Le pi­lla­mos con sus ami­gos en el Chi­rin­gui­to Los Pi­na­res, que di­ce que tie­ne «to­do lo ne­ce­sa­rio pa­ra ani- mar­se a de­jar un pa­raí­so como As­tu­rias y ve­nir­se a otro: «Pla­ya, pi­na­res, co­mi­da, buen ambiente y ser­vi­cio rá­pi­do. Y, pre­ci­sa­men­te, los pies en la are­na». Allí va mu­cha gen­te pun­tual, pe­ro Ma­nuel ase­gu­ra que «hay una pa­rro­quia de gen­te de aquí que ve­ni­mos des­de ha­ce mu­chos años». Con su ex­pe­rien­cia, sa­be muy bien qué es lo que me­jor le sien­ta en ho­ras pun­ta: «La pae­lla ca­ba­ne­sa, la tor­ti­lla, los chi­pi­ro­nes, el chu­rras­co, las sar­di­nas, el ra­xo y la en­sa­la­da». Va­mos, que no sa­be con qué que­dar­se. Pe­ro lo que sí sa­be es que la me­jor for­ma de lle­nar el bu­che es así, des­cal­zo, como un rey fe­liz so­bre la are­na. «Siem­pre re­pe­ti­mos, y ade­más co­no­ce­mos a los due­ños y la aten­ción es bue­ní­si­ma», se­ña­la. Otro plus, por si hu­bie­se po­cos.

No per­de­mos el Nor­te, pe­ro po­ne­mos rum­bo al sur, ya con otro chi­rin­gui­to a la vis­ta. Quien lle­ga a Agui­ño por la ca­rre­te­ra de la cos­ta, di­ga­mos des­de Rian­xo o des­de Boi­ro, lo re­cuer­da. Pá­ra­te en la pe­que­ña pla­ya del Río Azor, a la que le ha sa­li­do un ho­tel acor­de a la ex­clu­si­vi­dad del lu­gar; des­pués de­bes de­jar atrás Co­ro­so. Al­gu­nos aún pue­den ver­se trein­ta o más años atrás, lle­gan­do con la bi­ci a Cas­ti­ñei­ras, don­de pa­re­cía ter­mi­nar el mun­do y em­pe­zar la in­fan­cia, una ca­rre­te­ra sin co­ches que atra­ve­sa­bas con la ca­be­za ca­lien­te, los pies fríos y el ba­ña­dor pin­gan­do de agua sa­la­da.

DE AGUI­ÑO A LA IN­FAN­CIA

Qui­zá lo sa­bes: más allá de Cas­ti­ñei­ras, hay más. Ca­si dur­mien­do en su se­cre­to es­pe­ra Agui­ño, a menos de 40 ki­ló­me­tros de Co­rru­be­do. Agui­ño tam­bién tie­ne sus du­nas, pe­dro­los en la ori­lla, vien­to pa­ra ha­cer ve­la y ca­si­tas de ve­rano con la ro­pa ten­di­da al ai­re y... des­de ha­ce no mu­cho, un chi­rin­gui­to pa­ra aca­bar el día con los pies en la are­na.

La sies­ta en Agui­ño es ca­si un lu­jo por de­cre­to. Pe­ro si lo que te va es so­ñar des­pier­to, pues ven­te: O Chi­ri. En­tre el es­pi­gón y el puer­to, al la­do del cam­po de fút­bol. Si sue­na The Dock of the Bay no va a ser ca­sua­li­dad.

Fue en el 2010 cuan­do Jose se de­ci­dió a «mon­tar al­go» en la pla­ya de su in­fan­cia. Pri­me­ro, cuen­ta, eran so­lo 18 me­tros cua­dra­dos: «Fui ha­cien­do el chi­rin­gui­to con mi pa­dre, al prin­ci­pio era una ca­si­ta pe­que­ñi­ta». Y fue a más. Hoy ofre­ce el lu­jo de ver la pues­ta de sol jun­to al mar. So­bre la are­na. A me­sa pues­ta. Con no de­ma­sia­da gen­te: «La ma­si­fi­ca­ción —di­ce Jose— ha­ce que las co­sas pier­dan su encanto». Al me­dio­día y pa­sa­das ya las sie­te de la tar­de, O Chi­ri vi­ve y com­par­te con asi­duos y oca­sio­na­les su mo­men­to im­pa­ga­ble. ¿Una ca­ña en­tre ami­gos cuan­do em­pie­za a re­fres­car? Es­to es Ga­li­for­nia. El día em­pie­za aquí como aca­ba, con los pies en la are­na. Y el cie­lo en­te­ro arri­ba.

RUM­BO AL SIL­GAR

De A Coruña nos va­mos a Pon­te­ve­dra. Con­cre­ta­men­te a la pla­ya de Sil­gar. Y es que es­te are­nal dis­po­ne de tres chi­rin­gui­tos a pie de are­na pa­ra los que deseen dis­fru­tar de un re­fres­co o he­la­do sin te­ner que pre­pa­rar­se pa­ra pi­sar as­fal­to. «Chi­rin­gui­to que se re­ti­ra de la are­na, chi­rin­gui­to que que­da de­sier­to», opi­na Car­los Cas­ta­ño, ge­ren­te de es­tos es­ta­ble­ci­mien­tos des­de ha­ce cin­co años .

Los chi­rin­gui­tos lle­van me­dio si­glo ins­ta­la­dos en el are­nal y ni por aso­mo al nue­vo pro­pie­ta­rio se le ocu­rrió mo­ver­los de si­tio cuan­do co­gió el man­do. «No le ha­cen da­ño a na­die y si se ins­ta­lan en el pa­seo no va­len ni la mi­tad. Es más, se que­da­rían sin gen­te. El he­cho de que se en­cuen­tren en la are­na sig­ni­fi­ca una ma­yor co­mo­di­dad pa­ra el usua­rio», ex­pli­ca Car­los Cas­ta­ño.

Del mis­mo pa­re­cer que el pro­pie­ta­rio son las per­so­nas que ha­bi­tual­men­te eli­gen es­ta pla­ya pa­ra pa­sar el día. Creen que el chi­rin­gui­to en la are­na es la op­ción ade­cua­da. «Es un au­tén­ti­co pla­cer to­mar­se una ca­ña en un si­tio de

es­te ti­po. No tie­nes que ves­tir­te ni cal­zar­te pa­ra su­bir al pa­seo. Voy en ba­ña­dor, sin po­ner las chan­clas y ade­más ten­go unas vis­tas pre­cio­sas», ma­ni­fes­ta­ba Bruno Váz­quez, mien­tras le da­ba un tra­go a la ca­ña.

Los chi­rin­gui­tos de Sil­gar abren sus puer­tas a las diez de la ma­ña­na y ba­jan la ver­ja a las diez de la no­che. So­lo sir­ven be­bi­das y lo que más ven­den es agua, cer­ve­za y he­la­dos. La ho­ra pun­ta es al me­dio­día y a par­tir de las sie­te de la tar­de. «Los pri­me­ros vein­te días son claves pa­ra ha­cer el ne­go­cio. Es­tán siem­pre aba­rro­ta­dos. Tan­to de jó­ve­nes como de fa­mi­lias con sus hi­jos», con­clu­ye el ge­ren­te.

IM­PRES­CIN­DI­BLE EN RAZO

Nos va­mos de pa­raí­so en pa­raí­so, eso sí, siem­pre ca­mi­nan­do por la are­na, cer­qui­ta del mar. ¿Surf o re­fres­co? Por­que es­ta­mos en Razo y se­gui­mos en la on­da del chi­rin­gui­to es­pe­cial. Nos va­mos con otro gru­po que no re­nun­cia a pi­sar la are­na. Son Mae­va, Adrián y Eloy. Na­ti­vos de Cer­ce­da, re­si­den­tes en Sui­za y ve­ra­nean­tes de Razo, es­tos tres chi­cos siem­pre se acer­can a la cer­ve­ce­ría Jayce, que en ve­rano sa­ca las me­sas a la pla­ya. No es pa­ra menos, un lu­jo como po­cos. «Nos en­can­ta Razo y siem­pre vi­ni­mos a es­te chi­rin­gui­to, des­de pe­que­ñi­tos, por­que nos gus­ta to­mar al­go aquí tran­qui­los», cuen­ta Mae­va, que sa­le en la foto de lo más re­la­ja­da son­rien­te y con la úni­ca te­la del bi­ki­ni. Adrián y Eloy apa­re­cen igual, con el ba­ña­dor y las ga­fas de sol como úni­co com­ple­men­to. No ha­ce fal­ta más pa­ra to­mar­se una ca­ña y un re­fres­co.

Lo que más ha­ce­mos cuan­do va­mos es co­mer un bo­ca­ta en la toa­lla o ir di­rec­ta­men­te al chi­rin­gui­to», se­ña­la Mae­va, aun­que la ver­dad es que es ca­si lo mis­mo. Eso sí, la si­lla se no­ta por­que aquí es­tán más có­mo­dos. «Hay mu­cho ambiente y vie­ne gen­te de to­do ti­po, aun­que se ve mu­cho sur­fe­ro al es­tar aquí el Sur­fCamp. No­so­tros no sur­fea­mos, siem­pre ve­ni­mos en plan pla­ye­ro a to­mar el sol y a pa­sar el día», di­ce la chi­ca, que ase­gu­ra que sen­tar­se allí a to­mar al­go es uno de sus me­jo­res mo­men­tos del ve­rano en me­dio de la mo­rri­ña que su­fren los tres du­ran­te to­do el año. «Vi­vi­mos en Sui­za por­que nues­tros pa­dres emi­gra­ron allí», di­ce Mae­va sin per­der, eso sí, su acen­to ga­lle­go. Hay co­sas que no ha per­di­do. Una es esa. Y otra, los re­cuer­dos de su in­fan­cia. Es ob­vio que aún aho­ra dis­fru­ta como una ni­ña con los pies en la are­na. ¿Y quién no?

RAZO CER­VE­CE­RÍA JAYCE “Nos en­can­ta es­ta pla­ya y ve­ni­mos a es­te chi­rin­gui­to des­de pe­que­ñi­tos por­que dis­fru­ta­mos to­man­do al­go aquí tran­qui­los”

CA­BA­NAS

CHI­RIN­GUI­TO LOS PI­NA­RES “Es­to es un pa­raí­so. No hay na­da como co­mer­se una pae­lla ca­ba­ne­sa des­cal­zo”

FOTO: ÁN­GEL MAN­SO

FOTO: MAR­COS CREO

FOTO: ANA GAR­CíA

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