Ga­nar el Go­ya se­ría la bom­ba”

La des­cu­bri­mos en «Amar es pa­ra siem­pre», pe­ro también sa­be ya lo que es pi­sar con fuer­za las ta­blas. Se ha con­ver­ti­do en la ac­triz re­ve­la­ción por su in­ter­pre­ta­ción en «El Oli­vo» y sue­ña con tra­ba­jar con Al­mo­dó­var. ¿Cuál es tu fuer­te?: «Soy muy ma­ca­rra y

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - RESPONDE - An­na Cas­ti­llo AC­TRIZ TEX­TO: VIR­GI­NIA MA­DRID

Fuela es­co­gi­da en­tre un cás­ting de cua­tro­cien­tas chi­cas y en la pe­lí­cu­la des­lum­bra, además de por su ca­ris­ma, por su frescura, su ter­nu­ra y su to­que ma­ca­rra. «La úl­ti­ma prue­ba la hi­ce con Icíar (Bo­llaín) y fue guay, se por­tó muy bien, por­que ner­vios ha­bía y unos cuan­tos. Recuerdo que me hi­zo ha­cer va­rios ejer­ci­cios de improvisación y fue di­ver­ti­do», ase­gu­ra An­na Cas­ti­llo (Barcelona, 1993). Y así es­ta jo­ven de 22 años se hi­zo con el pa­pel de su vi­da en El Oli­vo, la his­to­ria de una chi­ca, un ár­bol, un abue­lo y un via­je en la que con­vi-

ven las son­ri­sas con las lá­gri­mas. A pe­sar de su ju­ven­tud, ya sa­be lo que es tra­ba­jar en pro­yec­tos de re­nom­bre co­mo Oro, el nue­vo fil­me de Agus­tín Díaz Ya­nes, que com­pa­gi­nó con el ro­da­je de la ver­sión ci­ne­ma­to­grá­fi­ca de La lla­ma­da, la obra con la que se ha da­do a co­no­cer. An­na sa­be que es­te es so­lo el co­mien­zo de su aven­tu­ra co­mo ac­triz y que le que­da un lar­go ca­mino por re­co­rrer en el que no fal­ta­rán las cur­vas ni los obs­tácu­los: «Aho­ra es­toy vi­vien­do un mo­men­to pre­cio­so, pe­ro to­dos los ac­to­res pa­sa­mos por ma­las ra­chas. Y ahí es cuan­do hay que re­sis­tir. Ser ac­triz me da la vi­da y con eso me que­do».

—Eres la chi­ca de mo­da tras la pe­lí­cu­la «El Oli­vo». ¿Có­mo es­tás vi­vien­do que to­do el mundo ha­ble de ti co­mo

la ac­triz re­ve­la­ción del cine es­pa­ñol?

—Es­toy muy contenta y muy agra­de­ci­da por las pa­la­bras tan bo­ni­tas que es­tán di­cien­do so­bre mi tra­ba­jo en es­ta pe­li, pe­ro hoy es­toy de mo­da y ma­ña­na no. To­do pa­sa.

—De to­das for­mas, me­nu­do subidón, ¿no?

—Enor­me, la ver­dad. Recuerdo que cuan­do me die­ron la no­ti­cia con­fir­mán­do­me que el pa­pel de Al­ma era mío, lo ce­le­bré por to­do lo al­to con familia y ami­gos. El guion me en­gan­chó des­de la pri­me­ra pá­gi­na y el per­so­na­je me vol­vió lo­ca, me mo­ló mu­chí­si­mo. El per­so­na­je de Al­ma ha si­do uno de los me­jo­res re­ga­los de mi vi­da.

—¿No te­mes que se te suba el éxi­to a la ca­be­za? Por­que ya hay vo­ces in­clu­so que di­cen que pue­des al­zar­te con el Go­ya a la me­jor ac­triz re­ve­la­ción.

—No me va a dar tiem­po de que se me suba a la ca­be­za, por­que es­to es pa­ra un ra­ti­to y ya. Además, mis pa­dres me ayu­dan a re­la­ti­vi­zar y a man­te­ner los pies en la tie­rra. Yo es­toy súper or­gu­llo­sa del tra­ba­jo rea­li­za­do y oja­lá Al­ma me re­ga­le nue­vos e in­tere­san­te pro­yec­tos. Yo lo que quie­ro es más cu­rro. ¿Que gano el Go­ya? ¡De lu­jo!, pe­ro si no lo con­si­go pues no pa­sa na­da.

—Va­ya­mos a la pe­li. ¿Qué te ha apor­ta­do Al­ma a ni­vel per­so­nal y qué te ha en­se­ña­do ella a ti?

—Me ha en­se­ña­do la va­len­tía y el co­ra­je que mu­cha gen­te le echa a la vi­da por con­se­guir lo que se pro­po­ne, aun­que a ve­ces se equi­vo­que y me­ta la pa­ta. Y yo le di al per­so­na­je un pun­to de ter­nu­ra que no te­nía. Pe­ro cui­da­do, yo no ten­go el ja­leo men­tal que tie­ne Al­ma. Es­tá fa­tal, de­be­ría mi­rár­se­lo. ¿Afi­ni­da­des? Que yo también soy muy ma­ca­rra y ten­go mu­cho ca­rác­ter.

—¿Y has vis­to El Oli­vo? ¿Cuál fue la pri­me­ra im­pre­sión tras ver­te en la gran pan­ta­lla?

—La pri­me­ra vez que vi la pe­lí­cu­la lo pa­sé re­gu­lín, la ver­dad, y me ago­bié un po­co. En ese pri­mer vi­sio­na­do es ine­vi­ta­ble fi­jar­se en esas es­ce­nas en que no te gus­tas del to­do y en las que po­drías ha­ber es­ta­do me­jor. Es de­for­ma­ción pro­fe­sio­nal. La se­gun­da vez que la vi, la dis­fru­té más, in­clu­so me emo­cio­né.

—¿Có­mo ha si­do ro­dar con Icíar Bo­llaín?

—Fue una ex­pe­rien­cia in­creí­ble y muy en­ri­que­ce­do­ra. Me lo pa­sé es­tu­pen­da­men­te. Me cui­dó mu­cho y se por­tó fe­no­me­nal con­mi­go.

—¿Con qué di­rec­tor te gus­ta­ría tra­ba­jar?

—Re­pe­ti­ría otra vez con Icíar, por­que apren­dí mu­chí­si­mo. Y me en­can­ta­ría pro­bar con Al­ber­to Ro­drí­guez, por­que di­cen que te ex­pri­me co­mo ac­tor, que sa­ca lo me­jor de ti y con Al­mo­dó­var por el mi­to que le ro­dea.

—¿Quié­nes son tus re­fe­ren­tes in­ter­pre­ta­ti­vos?

—Me en­can­ta co­mo tra­ba­jan Na­ta­lie Port­man y Shai­le­ne Wood­ley y de nues­tro país me fi­jo mu­cho en Can­de­la Pe­ña y Laia Ma­rull.

—Te he­mos co­no­ci­do por tu per­so­na­je de Do­ri­ta en «Amar es pa­ra siem­pre».

—Sí, es­ta se­rie ha si­do mi me­jor es­cue­la du­ran­te dos años, por­que el rit­mo de ro­da­je es tan tre­pi­dan­te y tan cam­bian­te, pues pue­des gra­bar dos se­cuen­cias de ri­sa y sie­te de llan­to en el mis­mo día; allí des­cu­brí cuá­les son mis pun­tos fuer­tes y has­ta don­de lle­go. Una dia­ria te en­se­ña a sa­car­te las cas­ta­ñas del fue­go. Apren­des del ti­rón sí o sí.

—¿Ya de cría de­cías que de ma­yor se­rías ac­triz?

—Sí. De ni­ña ju­ga­ba a ser otras per­so­nas. Me in­ven­ta­ba otras vi­das en lugar de ju­gar a las co­ci­ni­tas. Recuerdo que con nue­ve años par­ti­ci­pé co­mo fi­gu­ran­te en la pe­lí­cu­la de El per­fu­me y fue alu­ci­nan­te ver có­mo ro­da­ban, el ves­tua­rio, los de­co­ra­dos. Fue in­creí­ble. Siem­pre he te­ni­do cla­rí­si­mo que lo mío era ac­tuar, por­que es lo que me ha­ce fe­liz y pun­to.

—¿Qué te gus­ta ha­cer cuan­do no rue­das?

—Ir al cine y al tea­tro, leer no­ve­las de Ele­na Fe­rran­te, co­ci­nar y sa­lir de fies­ta.

—Una ilu­sión por cum­plir.

—Vi­vir un año fue­ra de Es­pa­ña. Me en­can­ta­ría pa­sar una tem­po­ra­da en Ro­ma o en Flo­ren­cia. Me pa­re­ce una ex­pe­rien­cia vi­tal alu­ci­nan­te y no me gus­ta­ría per­dér­me­la.

—Y un sue­ño pro­fe­sio­nal... ¿Qui­zá ga­nar un Go­ya?

—¡Ja, ja, ja! Eso se­ría la bom­ba. Vi­vir de la in­ter­pre­ta­ción siem­pre. No te­ner que tra­ba­jar de otra co­sa ja­más.

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