BERTÍN OSBORNE

“A VER, PA­RA LA EDAD QUE TEN­GO... YA QUI­SIE­RAN MU­CHOS”

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: ANA MON­TES

Cree­que su gan­cho es­tá en in­vi­tar a con­ver­sar a sus in­vi­ta­dos, no a in­te­rro­gar­los, y pres­cin­dir de los mo­men­tos in­có­mo­dos, co­mo otros pro­gra­mas que di­rec­ta­men­te lo lle­van a cam­biar de ca­nal. Lo su­yo no es mor­bo sino buen ro­llo, por eso tie­ne hoy la ca­sa más so­li­ci­ta­da de Es­pa­ña. To­da «tal cual la veis en la te­le», ase­gu­ra el se­vi­llano. —Eres el hom­bre con los que to­dos quie­ren es­tar. ¿Por qué crees que en­gan­chas? —Cuan­do in­vi­to a al­guien a mi ca­sa, sue­le sa­ber a lo que vie­ne. Pri­me­ro, por­que al­gu­nos son ami­gos des­de ha­ce años, y lue­go, por­que sa­ben que vie­nen a un pro­gra­ma de te­le­vi­sión don­de hay una con­ver­sa­ción. No es una en­tre­vis­ta ni un in­te­rro­ga­to­rio. Así es fá­cil que ven­gan y se sien­tan co­mo­dí­si­mos. Ese es al me­nos mi ob­je­ti­vo. —Aho­ra lle­vas a la fa­mi­lia y ami­gos del en­tre­vis­ta­do tam­bién a tu ca­sa. ¿Se com­pli­ca así el cás­ting? —¡Pa­ra na­da! Ca­da in­vi­ta­do es un mun­do. He­mos te­ni­do ca­sos co­mo Joa­quín o An­to­nio Oroz­co, que sus ma­dres eran pa’ co­mér­se­las; el otro día con Ma­nuel Ca­rras­co tu­vi­mos a sus her­ma­nos por vi­deo­lla­ma­da… Al fi­nal in­ten­ta­mos que ca­da pro­gra­ma sea di­fe­ren­te, que ellos es­tén có­mo­dos y que les po­da­mos co­no­cer lo me­jor po­si­ble. —¿Son los po­lí­ti­cos los que más ga­nas tie­nen de mos­trar su ca­ra más hu­ma­na? —No sé si son los que más ga­nas tie­nen, pe­ro qui­zás sí a los que más les cues­ta. A al­gu­nos de los po­lí­ti­cos que han ve­ni­do al pro­gra­ma les ha cos­ta­do mu­cho sa­lir­se de su pa­pel. Lue­go te­ne­mos otros in­vi­ta­dos que pien­sas que van a es­tar más cor­ta­dos y se ter­mi­nan abrien­do en ca­nal, co­mo me pa­só con Ro­sa, que aca­ba­mos ha­cien­do te­ra­pia.

—¿Has ex­pri­mi­do tu vi­da a to­pe? —Es­toy muy sa­tis­fe­cho con to­das las co­sas que he he­cho en mi vi­da. Ya es­toy en una edad en la que lo que me ape­te­ce es dis­fru­tar de mi fa­mi­lia, de mis hi­jos. Mi úni­co de­seo se­ría que la ca­li­dad de vi­da de mi hi­jo Ki­ke sea la me­jor po­si­ble. —¿En qué ti­po de cues­tio­nes los no­tas más rea­cios a con­tes­tar o a con­fe­sar? —Con­mi­go no los no­to rea­cios. No bus­co ser co­mo los pro­gra­mas de es­te ti­po que ha­cen su­frir a la gen­te con pre­gun­tas in­có­mo­das. Es que, di­rec­ta­men­te, cam­bio de ca­de­na. Si co­mo es­pec­ta­dor no me gus­ta, ima­gi­na pre­gun­tar­lo yo.

—¿Al­go que te dé pu­dor pre­gun­tar? —Yo es que no soy na­da cu­rio­so ni co­ti­lla. Pe­ro si hay al­go que me da pu­dor, di­rec­ta­men­te no lo pre­gun­to. —¿Qué es lo que más ti­rria te da a la ho­ra de ha­blar? —A mí, a es­tas al­tu­ras de la vi­da, en que me ha­béis pre­gun­ta­do de to­do, no me cues­ta res­pon­der a na­da. Siem­pre os di­go lo que pien­so con sin­ce­ri­dad. —Cuan­do no hay ro­da­je ¿es tu ca­sa dif ren­te a có­mo la ve­mos en la te­le? ¿Ca biáis los co­ji­nes, al­gún cua­dro…? —La ca­sa es tal y co­mo la veis en la t le. El úni­co cam­bio que ha­béis po­did ver es que qui­ta­mos la cam­pa­na de co­ci­na y la cam­bia­mos por una que e más al­ta y más dis­cre­ta. Co­mo yo s tan al­to, cuan­do co­ci­na­ba de­trás de cam­pa­na, ¡no se me veía! [ri­sas] —Eso de ro­dar en tu ca­sa, sí que es ll var­se el tra­ba­jo a ca­sa. ¿No te sa­tu­ra v vir «en un pla­tó»?

—Ya me he acos­tum­bra­do. Aun­que

rdad que al prin­ci­pio veía tan­ta ge­na­llí, tan­tos tras­tos… Cla­ro, eso no lo is por la te­le. Pe­ro lue­go el equi­po, e es fan­tás­ti­co, lo re­co­ge to­do y te lo jan me­jor que co­mo es­ta­ba. ¿Te has pro­pues­to apren­der a co­ci­nar ra sa­lir me­jor pa­ra­do en la co­ci­na? Es­te ve­rano he es­ta­do dan­do unas se­ci­tas, pe­ro la ver­dad es que soy un sas­tre… Al fi­nal no me pon­go por fal­de tiem­po, no por fal­ta de ga­nas. Pe­ro sta aho­ra, so­lo soy ca­paz de ha­cer las pas con cho­co que me en­se­ñó Car­mi, la ma­dre de Pa­co León.

—¿Cuál ha si­do tu me­jor es­cue­la?

—El ser­vi­cio mi­li­tar.

—¿Qué que­da del Bertín se­duc­tor?

—La per­cha y el pi­co de oro [ri­sas]. —¿Cuán­do te dis­te el ma­yor res­ba­lón de tu vi­da? —No ten­go ni idea. Mi vi­da ha si­do y es muy in­ten­sa, y se­gu­ro que me he equi­vo­ca­do un mon­tón de ve­ces.

—¿Cuán­do te sien­tes me­jor? —Cuan­do es­toy en fa­mi­lia. Sen­tar­me con mi hi­jo Carlos y con mi hi­jo Ki­ke me da la vi­da. Me en­can­ta es­tar con ellos, ver có­mo evo­lu­cio­na Ki­ke, sa­ber qué co­sas le in­quie­tan a Car­li­tos…

—¿Te gus­tas? —A ver, pa­ra la edad que ten­go… Ya qui­sie­ran mu­chos. Pe­ro sí que me cui­do lo que co­mo y ha­go mu­chí­si­mo ejer­ci­cio. Yo creo que se no­ta. —¿Có­mo ves es­to de la in­mor­ta­li­dad en la que se es­tá in­ves­ti­gan­do? [Ri­sas] —Si por al­go me gus­ta­ría vi­vir más años se­ría pa­ra ver cre­cer a mis hi­jos. Lo úni­co que me qui­ta el sue­ño es el fu­tu­ro de mi hi­jo Ki­ke. Me en­can­ta­ría te­ner el po­der de sa­ber que el día que yo fal­te, él lo va a te­ner to­do re­suel­to.

—¿De qué te ha «sal­va­do» Fa­bio­la? —Fa­bio­la me ha sal­va­do de se­guir sien­do un ca­be­za lo­ca [ri­sas]. Mi ma­tri­mo­nio lle­gó en el mo­men­to per­fec­to, y te­ner a nues­tros hi­jos nos ha da­do una fuer­za y una es­ta­bi­li­dad ma­ra­vi­llo­sa.

—¿Te exi­ge man­te­ner el ti­po? —Fa­bio­la sa­be có­mo soy de im­pul­si­vo y de na­tu­ral, así que sa­be que no pue­de ha­cer na­da [ri­sas].

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