«La po­lí­ti­ca en­gan­cha»

La Voz de Galicia (Barbanza) - - El Tiempo - JOR­GE CA­SA­NO­VA Ma­nuel Ga­lle­go Al­cal­de de Ta­boa­de­la (Ou­ren­se), el más ve­te­rano de Ga­li­cia

El al­cal­de de Ta­boa­de­la lle­ga a la ca­sa con­sis­to­rial en un co­che que qui­ta el hi­po y an­tes de que le di­ga na­da me re­cuer­da que una co­sa es la po­lí­ti­ca y otra la vi­da per­so­nal. Lo cier­to es que con Ma­nuel Ga­lle­go (Ta­boa­de­la, 1937) dis­fru­to de un ra­to más di­ver­ti­do de lo que es­pe­ra­ba. Imagino que nun­ca le ha­bían he­cho una en­tre­vis­ta de es­te ti­po y el re­gi­dor pa­re­ce pa­sár­se­lo tan bien co­mo yo. —Us­ted es al­cal­de des­de 1972. ¿No se can­sa? —¡Y con­ce­jal des­de 1967! Le di­ré que es­toy co­mo el pri­mer día. —En ilu­sión quie­re de­cir. —Cla­ro. Pa­ra es­tar aquí hay que te­ner ilu­sión. —¿No ha pen­sa­do en el re­le­vo? —No, no. Aún es­ta­mos en la mi­tad del man­da­to y yo ten­go un com­pro­mi­so. La ca­ra o se da o no se da. So­bre el fu­tu­ro no pue­do de­cir ni una co­sa ni la otra. —¿Có­mo se me­tió en la po­lí­ti­ca? —Yo es­tu­ve nue­ve años en el País Vas­co y al re­gre­sar me hi­ce in­dus­trial. Aun­que di­cen eso de «ave de pi­co non fai a seu dono rico», me hi­ce avi­cul­tor y creé una em­pre­sa que es­tu­vo en la fun­da­ción de Co­ren. En­ton­ces me lla­mó un al­cal­de que ha­bía y me pro­pu­so en­trar por el ter­cio fa­mi­liar. De aque­lla el cle­ro te­nía mu­cho po­der y aun­que yo era un po­co ran­da, me co­gie­ron. De aque­lla ya te­nía un 600 y di­ga­mos que des­ta­ca­ba un po­co en el pue­blo. Yo me ca­sé con 37 años. —En to­dos es­tos años, el con­ce­llo ha­brá cam­bia­do mu­cho. —Cuan­do yo lle­gué, el ayun­ta­mien­to es­ta­ba en una ca­sa de al­qui­ler. Se mo­vía por va­rios pue­blos. Co­gían los cua­tro li­bros que ha­bía e iban de un si­tio a otro. El pa­tri­mo­nio del ayun­ta­mien­to era ce­ro. Aho­ra es de 30 mi­llo­nes de eu­ros. Yo en mi vi­da pri­va­da no he he­cho tan­to ca­pi­tal co­mo el Con­ce­llo. —Cuén­te­me al­gu­na tras­ta­da que hi­cie­ra de pe­que­ño. —¡Uy! Hi­ce mu­chas. Una vez le ro­ba­mos unos ga­llos a un ma­tri­mo­nio del pue­blo. Los fui­mos a co­ci­nar con unos ami­gos a ca­sa de uno de ellos y cuan­do los es­tá­ba­mos co­mien­do apa­re­ció el pa­dre de es­te ami­go y no quie­ra sa­ber la bron­ca que nos mon­tó. Fue inol­vi­da­ble. —¿Quién es el político más sim­pá­ti­co que ha co­no­ci­do? —Bal­tar pa­dre. Es un ami­go ín­ti­mo y lo se­rá mien­tras vi­va­mos. Él me ayu­dó mu­cho y yo tam­bién, por­que le en­tre­gué to­das mis ma­yo­rías ab­so­lu­tas. Se di­rá lo que se quie­ra, pe­ro pa­ra el ru­ral de Ou­ren­se ha si­do un fue­ra de se­rie. Es un hom­bre irre­pe­ti­ble. Era muy re­so­lu­ti­vo. —¿Y el político más du­ro? —Tu­ve mis en­cuen­tros con mu­chos, pe­ro re­cuer­do uno con Agus­tín Her­nán­dez en el que es­tu­ve a pun­to de ir­me. Aun­que lue­go se re­con­du­jo la en­tre­vis­ta. —¿Y al que más ad­mi­ra? —A ni­vel Ou­ren­se, Bal­tar pa­dre. Y a ni­vel Ga­li­cia, me gus­ta mu­cho Nú­ñez Fei­joo. Es muy se­rio. —¿Qué es lo más amar­go de la po­lí­ti­ca? —Las crí­ti­cas in­jus­tas cuan­do tra­ba­jas con pa­sión. Due­len mu­cho. Dan ga­nas de de­jar­lo to­do. Pe­ro la ver­dad es que la po­lí­ti­ca en­gan­cha y si yo lle­vo tan­tos años es por culpa de mis enemi­gos po­lí­ti­cos. —¿Si­gue us­ted pa­ra que no ocu­pen su pues­to? —Eso es. —¿Cuá­les son sus afi­cio­nes? —La gas­tro­no­mía y los to­ros. Ha­ce po­co se me an­to­jó ir a Bur­gos, y fui. Voy a Va­lla­do­lid, a Sa­la­man­ca y en la Pe­re­gri­na siem­pre me que­do. —¿Al­gu­na vez se ha apos­ta­do el bi­go­te? —Al­gu­na vez, pe­ro siem­pre ga­né. Y si lo hu­bie­ra per­di­do, me lo ha­bría vuel­to a de­jar. No me gus­tan los cam­bios, soy bas­tan­te con­ser­va­dor. —Bueno, de joven igual no lo era tan­to. —Me he co­rri­do mis juer­gas. Ya le di­go que me ca­sé con 37 años y tu­ve bas­tan­tes no­vias. He vi­vi­do la vi­da y la si­go vi­vien­do. —¿Sa­bría ha­cer una tor­ti­lla de pa­ta­tas? —Ma­la­men­te. No co­cino. —¿Qué es lo úl­ti­mo que se ha com­pra­do? —El co­che. Siem­pre me gus­tó te­ner bue­nos co­ches. —¿De qué se arre­pien­te? —[Se lo pien­sa un mo­men­to] De al­gu­nas co­sas... pe­ro pre­fie­ro no de­cir­las. —¿Re­cuer­da dón­de le pi­dió ma­tri­mo­nio a su mu­jer? —Sí. Lle­va­ba ya nue­ve años con ella y un día en vez de su­bir ella al co­che subió la sue­gra. Me pu­so las co­sas cla­ras, así que me com­pro­me­tí an­tes con mi sue­gra que con mi mu­jer, ja, ja. —¿Tie­ne al­go pos­ti­zo? —Al­gu­nos dien­tes. —¿Qué tal con el What­sApp?, ¿lo usa mu­cho? —Nun­ca. El mó­vil no me gus­ta mu­cho. —Una can­ción. —Soy mi­ne­ro, de An­to­nio Mo­li­na. —Lo más im­por­tan­te en la vi­da. —Vi­vir­la. Y si se pue­de, vi­vir­la bien.

ILUS­TRA­CIÓN: PIN­TO & CHINTO

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