El al­cal­de gas­tró­no­mo

La Voz de Galicia (Barbanza) - - La Voz De Galicia -

Es­ta se­ma­na se cum­plie­ron los cien años de la lle­ga­da a la al­cal­día de Ma­nuel Ma­ría Pu­ga y Parga, más co­no­ci­do co­mo Pi­ca­di­llo, y me pa­re­ce una oca­sión tan buen co­mo cual­quier otra pa­ra re­cor­dar al que fue, si no ne­ce­sa­ria­men­te el me­jor al­cal­de de A Co­ru­ña, sí al me­nos el me­jor ali­men­ta­do.

Qui­zá de­ma­sia­do. Pi­ca­di­llo lle­gó a pe­sar más de dos­cien­tos se­ten­ta ki­los, se­gún es­ti­ma­cio­nes a ojo, por­que no ha­bía ro­ma­na que per­mi­tie­se sa­ber­lo con cer­te­za. Se­gún pro­pia con­fe­sión, ya con ocho años pe­sa­ba se­ten­ta y cin­co, de lo que él res­pon­sa­bi­li­za­ba al en­tu­sias­mo de una no­dri­za. Esa gor­du­ra le sal­vó la vi­da du­ran­te un via­je a Cu­ba, cuan­do un due­lo en el que se ha­bía me­ti­do tuvo que sus­pen­der­se, no tan­to por­que su pe­so le ha­cía me­nos ágil co­mo por­que su su­per­fi­cie le con­ver­tía en un blan­co de­ma­sia­do fá­cil. Has­ta se pue­de de­cir que Pi­ca­di­llo cam­bió la es­ca­la de lo que se en­ten­día en Ga­li­cia por es­tar gordo, y así, cuan­do un cir­co ale­mán des­ple­gó sus car­pas en A Co­ru­ña, pre­ten­dien­do ex­hi­bir al «hom­bre más gordo del mun­do», los pai­sa­nos sa­lían de­cep­cio­na­dos. «Pe­ro Ma­no­lo Pu­ga es­tá moi­to máis gordo» de­cían. «E non hai que pa­gar por ve­lo... ».

Co­mo gas­tró­no­mo, ya se sa­be que Pi­ca­di­llo fue el au­tor de, en­tre otros, ese só­li­do vo­lu­men que es La co­ci­na prác­ti­ca —un tí­tu­lo apro­pia­do, por­que, efec­ti­va­men­te, pa­ra él la co­ci­na no fue nun­ca una fría teo­ría—. Su vi­da política, en cam­bio, tuvo me­nos pe­so es­pe­cí­fi­co; pe­ro pre­ci­sa­men­te por eso es dig­na de re­cuer­do: por lo po­co que du­ró. Fue al­cal­de dos ve­ces, la pri­me­ra de for­ma ac­ci­den­tal, la se­gun­da de for­ma ac­ci­den­ta­da, y es­ta se­gun­da es la más me­mo­ra­ble.

Co­mo su pa­dre, el ilus­tre ju­ris­ta Lu­ciano Pu­ga, que de­fen­dió a Cu­rros En­rí­quez en su cé­le­bre jui­cio por blas­fe­mia, Pi­ca­di­llo per­te­ne­cía al Par­ti­do Con­ser­va­dor. Se di­ce que Cá­no­vas del Cas­ti­llo, en una vi­si­ta al pa­zo fa­mi­liar de los Pu­ga en Ar­tei­xo, le ha­bía to­ma­do ca­ri­ño a aquel ni­ño que se co­mía a es­con­di­das lo que los ma­yo­res de­ja­ban en el pla­to, y le en­con­tró un em­pleo en Ma­drid. Pe­ro a Cá­no­vas lo ma­tó un anar­quis­ta a ti­ros y Pi­ca­di­llo se vol­vió a Ga­li­cia a ejer­cer de juez. En es­tos años se hi­zo con­ce­jal y lle­gó a sus­ti­tuir bre­ve­men­te al al­cal­de, pe­ro su ver­da­de­ra opor­tu­ni­dad lle­gó cuan­do los con­ser­va­do­res vol­vie­ron al Go­bierno en 1917 de la mano de Eduar­do

Da­to, que era co­ru­ñés de na­ci­mien­to. En­ton­ces los alcaldes los ele­gía a de­do el Go­bierno y el fino ín­di­ce de Da­to se po­só so­bre el am­plio om­bli­go de Pi­ca­di­llo.

Es­to fue un 5 de ju­lio. El 13 de agos­to es­ta­lló la huel­ga ge­ne­ral re­vo­lu­cio­na­ria de aquel año, que en to­das par­tes fue un pul­so vio­len­to en­tre sin­di­ca­tos y po­li­cía. Sal­vo en A Co­ru­ña, don­de Pi­ca­di­llo no dio nin­gu­na or­den a las fuer­zas de or­den pú­bli­co y se fue a co­mer fi­lloas. Es­to le con­vir­tió en el hé­roe de los obre­ros, que le hi­cie­ron un ho­me­na­je pú­bli­co, pe­ro lle­vó a su ce­se ful­mi­nan­te por Da­to. A es­te tam­bién, con el tiem­po, lo ma­ta­ron unos anar­quis­tas —era una cau­sa de muer­te ha­bi­tual en­tre je­fes de Go­bierno en aque­llos tiem­pos—.

El gran Mi­chel de Mon­taig­ne, que tam­bién fue gas­tró­no­mo y al­cal­de —de Bur­deos—, de­di­có sus años de re­ti­ro a le­van­tar el gran edi­fi­cio de re­fle­xión fi­lo­só­fi­ca de sus en­sa­yos. A uno le pa­re­ce que Pi­ca­di­llo hu­bie­se po­di­do ser nues­tro Mon­taig­ne ga­lle­go, con su es­ti­lo es­cép­ti­co, hu­mano, la­có­ni­co —no en el sen­ti­do de ta­ci­turno, sino en el sen­ti­do de lo que acom­pa­ña a los gre­los—. Des­gra­cia­da­men­te, mu­rió al año si­guien­te con tan so­lo 44 años, una más de los 50 mi­llo­nes de víc­ti­mas de la te­rri­ble gri­pe del 18. Em­bu­tir su cuer­po en el fé­re­tro y tras­la­dar­lo de A Co­ru­ña a su pa­zo de An­zo­bre fue to­da una proeza de in­ge­nie­ría, pre­sen­cia­da res­pe­tuo­sa­men­te por lar­gas fi­las de ve­ci­nos, cu­rio­sos por la le­yen­da del hom­bre que ha­bía si­do más gordo que el hom­bre más gordo del mun­do.

ED

ILUSTRACIÓN

Es­cri­tor y pe­rio­dis­ta Mi­guel-An­xo Mu­ra­do

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