Al­ma de al­go­dón, co­ra­zón de are­na

La Voz de Galicia (Barbanza) - - Barbanza-muros-noia -

Siem­pre que in­gre­so en un hos­pi­tal, re­cuer­do los ver­sos de Mi­guel Her­nán­dez, mi poe­ta ama­do: «...dan es­pu­ma mis ve­nas/ y en­tro en los hos­pi­ta­les, y en­tro en los al­go­do­nes/co­mo en las azu­ce­nas». Y me con­sue­lan el ver­so y la pa­la­bra. Y, en­tre los de­dos del al­ma, se au­sen­ta el agua amar­ga de la pe­na y la nos­tal­gia de lo que que­da al otro la­do de la puer­ta blan­ca que se cie­rra tras el úl­ti­mo adiós fa­mi­liar. La so­le­dad del hos­pi­tal la vi­ves en un mun­do li­mi­ta­do por las fron­te­ras de tu ca­ma. A tu la­do, otro mun­do flo­ta in­grá­vi­do en una ne­bu­lo­sa de sá­ba­nas, otro do­lien­te que mi­ra en­si­mis­ma­do el te­cho por el que tre­pan las ho­ras has­ta des­pe­ñar­se en la trans­pa­ren­cia del ven­ta­nal. El cris­tal que nos se­pa­ra del mun­do que has­ta aho­ra ha­bi­tá­ba­mos, es una pan­ta­lla lí­qui­da a la que se aso­man las to­rres de la ca­te­dral am­pa­ran­do el bu­lli­cio de la ciu­dad. Pre­sien­tes el trá­fi­co y el vo­ce­río, las pri­sas y la in­do­len­cia, el bien y el mal ace­chan­do en los por­ta­les y el ai­re de la vi­da que pa­sa so­bre los te­ja­dos ben­di­cien­do la aven­tu­ra de ca­mi­nar sin vuel­ta atrás.

Po­co a po­co, adap­ta­do a tus fron­te­ras de lien­zo, vas ol­vi­dan­do el mun­do an­te­rior y ha­llas en el te­cho el cie­lo, en los fo­cos las es­tre­llas y en la luz que des­de el pa­si­llo to­do lo in­va­de, adi­vi­nas el sol pa­ra­li­za­do en una eter­na al­bo­ra­da. La es­tan­cia hos­pi­ta­la­ria es una ho­ja de al­ma­na­que atas­ca­da en el bi­sies­to 29 de fe­bre­ro. Una eter­ni­dad de pa­pel cua­dri­cu­la­do en el que los sa­bios es­cri­ben la biografía de tus aden­tros. De vez en cuan­do, las agu­jas in­da­gan ba­jo tu piel la cau­sa de tu mal, y ex­traen la san­gre en la que nau­fra­ga la na­ve de tu sa­lud. Van y vie­nen una legión de ma­ri­ne­ros. Te agi­tan, te aus­cul­tan, to­que­tean tu vien­tre, exa­mi­nan tus ojos, tus oí­dos, tu bo­ca. Te pre­gun­tan sin es­pe­rar res­pues­ta, te ani­man y te con­for­tan con un «va bien, la co­sa va bien». Y des­apa­re­cen de­jan­do atrás un vue­lo, una es­te­la de ba­ta blan­ca que se pier­de en la pan­ta­lla del ven­ta­nal ca­mino de la li­ber­tad. Cie­rras los ojos y te mi­ras por den­tro, te exa­mi­nas des­pa­cio y te das cuen­ta de cuán­to tiem­po ha­cía que no te de­te­nías a me­di­tar un mo­men­to, a pen­sar en tu es­pa­cio, en tus co­sas, en tu ca­mino an­cho por el que rue­das sin rum­bo co­mo una pe­lo­ta per­di­da, aque­lla que vis­te ir­se río aba­jo a tra­vés de tus lá­gri­mas de ocho años. Y to­do tu con­ti­nen­te se va aden­tran­do en el océano de los re­cuer­dos re­mo­tos. Los be­sos de tu ma­dre, la es­cue­la, los días de Re­yes Ma­gos y las tar­des de pla­ya ha­cien­do fla­nes de are­na. Are­na. Así sien­tes tu co­ra­zón. Una du­na que la­te en tu pai­sa­je in­terno aca­ri­cia­da por la bri­sa que co­mo una plan­ta vi­tal, cul­ti­vas en tus pul­mo­nes. Con­si­gues, en ese es­ta­do de au­sen­cia ab­so­lu­ta, to­car tu al­ma con la pun­ta de los de­dos y com­prue­bas que es un so­plo de al­go­dón que re­co­rre tu cuer­po des­de los pies a la ca­be­za en un eterno pe­ri­plo mi­la­gro­so. De­seas con to­das tus fuer­zas que­dar­te a vi­vir col­ga­do de la som­bra de ese ár­bol que vi­ve en tu in­te­rior y te acu­rru­cas en una de sus ra­mas co­mo un go­rrión aco­sa­do. Y, po­qui­to a po­co, te duer­mes asi­do al sue­ño de la fe­li­ci­dad. Sin más, sú­bi­ta­men­te, los sa­bios te ex­pul­san del Pa­raí­so. So­lo te que­da la es­pe­ran­za de re­gre­sar allá don­de un co­ra­zón de are­na flo­ta­ba en un al­ma de al­go­dón.

ILUSTRACIÓN MATALOBOS

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