Er­mua, los es­tra­gos de vein­te años

La Voz de Galicia (Barbanza) - - Opinión - FER­NAN­DO ÓNEGA

Un día como el de ayer, ha­ce vein­te años, el se­cues­tro de un jo­ven concejal de Er­mua ha­cía te­mer por su vi­da y España en­tró en la pe­na de la peor de las in­tui­cio­nes. Un día como el de hoy, ha­ce vein­te años, ese jo­ven concejal se­guía se­cues­tra­do y el País Vas­co y España se con­vir­tie­ron en una vi­gi­lia de ve­las en­cen­di­das im­plo­ran­do su sal­va­ción. La peor de las in­tui­cio­nes se ha­bía ins­ta­la­do en las con­cien­cias. Un día como el de ma­ña­na, ha­ce vein­te años, la ban­da te­rro­ris­ta de­ci­dió no es­cu­char el cla­mor ciu­da­dano y dio la or­den de eje­cu­tar al jo­ven concejal. Le dis­pa­ra­ron dos ti­ros en la nu­ca. El País Vas­co y to­da España con­si­de­ra­ron el cri­men como el más in­hu­mano del te­rro­ris­mo, a pe­sar de que ETA ha­bía co­me­ti­do cen­te­na­res de aten­ta­dos. Hoy se con­si­de­ra que aque­lla fe­no­me­nal mo­vi­li­za­ción fue el he­cho a par­tir del cual ETA per­dió apo­yo so­cial. Fue, por tan­to, el co­mien­zo de su fi­nal.

Pe­ro tam­bién hoy exis­ten gen­tes y re­pre­sen­tan­tes so­cia­les que han pa­sa­do a pen­sar lo con­tra­rio: que aquel jo­ven concejal, Mi­guel Án­gel Blan­co Ga­rri­do, era mi­li­tan­te del PP y hon­rar su me­mo­ria es be­ne­fi­ciar a ese par­ti­do. Por eso, al­gu­nos mu­ni­ci­pios so­cia­lis­tas no qui­sie­ron ha­cer­le nin­gún ac­to de ho­me­na­je. Otra al­cal­de­sa, la de Ma­drid, Ma­nue­la Car­me­na, se ne­gó a col­gar una pan­car­ta en la mis­ma fa­cha­da del ayun­ta­mien­to don­de ha­ce unos días col­gó la ban­de­ra ho­mo­se­xual como ho­me­na­je de to­dos los ciu­da­da­nos al or­gu­llo gay. La ne­ga­ti­va de la al­cal­de­sa se ba­só en que hon­rar a Mi­guel Án­gel era dis­tin­guir­lo de las de­más víc­ti­mas del te­rro­ris­mo. Y su par­ti­do, Aho­ra Ma­drid, ter­mi­nó su po­si­cio­na­mien­to con la de­nun­cia de que la Fun­da­ción Mi­guel Án­gel Blan­co ac­túa con fac­tu­ras fal­sas.

Así pa­san los años y los sen­ti­mien­tos: del do­lor in­con­te­ni­ble a la in­di­fe­ren­cia; de la ca­si su­ble­va­ción popular con­tra He­rri Ba­ta­su­na como bra­zo po­lí­ti­co que ce­le­bra­ba los aten­ta­dos de ETA, a la con­si­de­ra­ción de que ha pa­sa­do mu­cho tiem­po y no de­ben agi­tar­se mu­cho los sen­ti­mien­tos pa­ra no pro­fun­di­zar en el fon­do de ren­cor que so­bre­vi­ve en la so­cie­dad vas­ca más ra­di­cal; y de la unidad de to­dos fren­te a los des­al­ma­dos que ma­tan a san­gre fría, a la frí­vo­la con­si­de­ra­ción de que tam­po­co hay que ha­cer pro­pa­gan­da de los de­mó­cra­tas, por­que una de las víc­ti­mas per­te­ne­cía a uno de sus par­ti­dos.

Eso se es­tá vien­do, se es­tá oyen­do, es­tos días. En el PP du­dan de la ca­ta­du­ra mo­ral de quien se opo­ne a los ho­me­na­jes. Yo no. Yo no soy quien pa­ra du­dar de la ca­ta­du­ra mo­ral de na­die, y me­nos en es­tos tiem­pos. Du­do de la ca­pa­ci­dad de al­gu­nos pa­ra in­ter­pre­tar y na­rrar la me­mo­ria de es­te pue­blo. Du­do de la du­ra­ción de la unidad po­lí­ti­ca. Y du­do que con es­ta gen­te se pue­da cons­truir el re­la­to del su­fri­mien­to que ETA pro­vo­có.

Hoy se con­si­de­ra que aque­lla fe­no­me­nal mo­vi­li­za­ción fue el he­cho a par­tir del cual ETA per­dió apo­yo so­cial. Fue, por tan­to, el co­mien­zo de su fi­nal

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