En bus­ca del ra­yo ver­de

Con un po­co de suer­te, en un día an­ti­ci­cló­ni­co y con el ho­ri­zon­te des­pe­ja­do, es po­si­ble ob­ser­var es­te fe­nó­meno

La Voz de Galicia (Barbanza) - - Sociedad - XA­VIER FON­SE­CA

El oca­so es uno de los acon­te­ci­mien­tos dia­rios más be­llos y tam­bién una cla­se de fí­si­ca. Nos re­cuer­da que la Tie­rra es la que gi­ra al­re­de­dor del sol. En reali­dad, el as­tro ni sa­le ni se po­ne. Esa ter­mi­no­lo­gía per­te­ne­ce a la épo­ca pre­cien­tí­fi­ca, cuan­do el hom­bre se creía el cen­tro del uni­ver­so y do­mi­na­ba la teo­ría geo­cén­tri­ca. Tam­bién es po­si­ble re­fle­xio­nar so­bre la na­tu­ra­le­za de la luz. Su ve­lo­ci­dad es al­ta pe­ro fi­ni­ta, 300.000 ki­ló­me­tros por se­gun­do. El sol es­tá a cien­to cin­cuen­ta mi­llo­nes de ki­ló­me­tros y, por tan­to, la luz ne­ce­si­ta ocho mi­nu­tos pa­ra lle­gar has­ta nues­tro pla­ne­ta. En la prác­ti­ca, es­to sig­ni­fi­ca que el as­tro rey jue­ga al des­pis­te, ya que nun­ca es­tá don­de pa­re­ce, sino que lo ve­mos co­mo era hace ocho mi­nu­tos. Exis­te una po­si­ción real y otra apa­ren­te, y cuan­do us­ted es­tá vien­do có­mo des­apa­re­ce ya no es­tá ahí.

Du­ran­te el oca­so re­ci­bi­mos ade­más una lec­ción so­bre los co­lo­res de la na­tu­ra­le­za. Nues­tra es­tre­lla, co­mo la luz que emi­te, es blan­ca, y so­lo al des­com­po­ner­la des­cu­bri­mos que es­tá he­cha de los co­lo­res del ar­co iris. La luz pro­ce­den­te del sol pe­ne­tra en la at­mós­fe­ra y se pro­du­ce un fe­nó­meno de dis­per­sión. Los co­lo­res que se dis­per­san en to­das las di­rec­cio­nes con más fa­ci­li­dad son el vio­le­ta y el azul, que pin­tan el cie­lo. En reali­dad, el cie­lo es más vio­le­ta que azul, pe­ro los se­res hu­ma­nos no lo ve­mos así por­que nues­tro ce­re­bro no es­tá di­se­ña­do pa­ra ello.

Al atar­de­cer, el as­tro es­tá ba­jo so­bre el ho­ri­zon­te, y la luz tie­ne que atra­ve­sar mu­cha más at­mós­fe­ra. El azul se des­pa­rra­ma tan­to que no es ca­paz de lle­gar has­ta nues­tros ojos. Co­mien­zan a apa­re­cer en­ton­ces los co­lo­res que es­tán a con­ti­nua­ción, el ro­jo y el ama­ri­llo. Y con un po­co de suer­te, en un día an­ti­ci­cló­ni­co y un ho­ri­zon­te des­pe­ja­do, es po­si­ble ob­ser­var el ra­yo ver­de. Unos se­gun­dos an­tes de que el sol se pon­ga, los to­nos ro­jos y ama­ri­llos tam­bién tie­nen di­fi­cul­ta­des pa­ra al­can­zar­nos y de­jan pa­so al ver­de. Es un efec­to óp­ti­co muy es­cu­rri­di­zo y qui­zás por ello siem­pre ha es­ta­do en­vuel­to en un cier­to ha­lo de mis­te­rio. Pe­ro hoy, con tan­ta tec­no­lo­gía, es­tá más que con­fir­ma­da su exis­ten­cia. «No es muy di­fí­cil de pre­sen­ciar con un po­co de pa­cien­cia, lo com­pli­ca­do aquí en Ga­li­cia es que se den las con­di­cio­nes idea­les pa­ra po­der cap­tar­lo», co­men­ta el as­tro­fo­tó­gra­fo ga­lle­go Ós­car Blan­co, au­tor de la ima­gen que acom­pa­ña al tex­to.

Ju­lio Ver­ne de­di­có una de sus obras al ra­yo ver­de. Des­de en­ton­ces, la le­yen­da que acom­pa­ña al fe­nó­meno cuen­ta que si dos per­so­nas lo ven al mis­mo tiem­po que­da­rán uni­das pa­ra siem­pre.

ÓS­CAR BLAN­CO

El efec­to del ra­yo ver­de al atar­de­cer.

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