«Mi obra es co­mo un gri­to, un au­lli­do que bus­ca mo­ver con­cien­cias»

El crea­dor de­nun­cia con sus ta­llas los gran­des pro­ble­mas de la so­cie­dad ac­tual

La Voz de Galicia (Barbanza) - - La Voz De Barbanza - A. NO­VO / M. X. BLAN­CO

Hace mu­cho tiem­po que re­si­de en An­da­lu­cía, pe­ro Ri­car­do Dávila no ol­vi­da sus orí­ge­nes po­bren­ses. Ca­da ve­rano re­gre­sa a su vi­lla na­tal pa­ra re­en­con­trar­se con su fa­mi­lia y sus ami­gos de la in­fan­cia. En es­ta oca­sión, con él han via­ja­do las ta­llas que com­po­nen Círcu­lo in­fer­nal, una ex­po­si­ción que per­ma­ne­ce­rá a dis­po­si­ción del pú­bli­co en la ca­sa de cul­tu­ra Raquel Fer­nán­dez So­ler has­ta el pró­xi­mo día 31. El crea­dor se si­tuó de­lan­te de los mi­cró­fo­nos de Ra­dio Voz pa­ra ha­blar de es­ta co­lec­ción en par­ti­cu­lar y de su obra en ge­ne­ral.

—¿Cuál es el pun­to de par­ti­da de es­ta ex­po­si­ción?

—En ella me plan­teo dos te­má­ti­ca de com­pro­mi­so so­cial: por un la­do, el pa­pel de la mujer en la so­cie­dad, có­mo se ve to­da­vía mar­gi­na­da, y por otro, las ciu­da­des ha­ci­na­das de gen­te que nos han lle­va­do a una fal­ta de au­to­es­ti­ma y a una agre­si­vi­dad.

—¿Cuán­tas pie­zas com­po­nen la mues­tra?

—Son 18 pie­zas. Tra­ba­jo en dos mo­vi­mien­tos ar­tís­ti­cos que son his­tó­ri­cos, pe­ro que he re­to­ma­do. Uno es el ar­te po­bre y el otro, el da­daís­mo. Uti­li­zo ma­te­ria­les aban­do­na­dos, co­mo res­tos de ba­rri­les y de pa­lés. Ade­más, en vez de ser una obra fi­gu­ra­ti­va, es con­cep­tual, es de­cir, que co­mu­ni­co un pen­sa­mien­to o una idea.

—¿Siem­pre ma­de­ra?

—Sí, ha­go tra­ba­jos en pie­dra tam­bién, pe­ro siem­pre por en­car­go. Cuan­do se tra­ta de una ex­po­si­ción, mo­ver es­cul­tu­ras en pie­dra su­po­ne de­ma­sia­do tra­ba­jo. La ma­de­ra me per­mi­te más li­ge­re­za y fa­ci­li­ta el tras­la­do.

—Y bus­ca dar­le una se­gun­da vi­da a esa ma­de­ra.

—Sí, es un po­co to­do lo que plan­tea el da­daís­mo, que los ob­je­tos vuel­van a te­ner vi­da, pe­ro con otra fun­ción. Uso mu­cho los alam­bres de es­pino, por­que lle­van a la idea de en­car­ce­la­mien­to, de pri­va­ción de la li­ber­tad, y en mi obra hay plan­tea­mien­tos de reivin­di­car cier­tas in­jus­ti­cias so­cia­les. Es­te ma­te­rial me ayu­da a tras­la­dar un men­sa­je pro­fun­do.

—¿Qué otras sen­sa­cio­nes bus­ca des­per­tar en el pú­bli­co?

—Los ar­tis­tas plás­ti­cos no so­lo te­ne­mos que ha­cer una obra pre­cio­sa, sino que de­be­mos com­pro­me­ter­nos con los pro­ble­mas de la so­cie­dad. Mi es co­mo un gri­to, un au­lli­do que bus­ca mo­ver con­cien­cias.

—¿En qué se ha ins­pi­ra­do pa­ra dar for­ma a es­tas obras?

—La ins­pi­ra­ción no es di­fí­cil. Con lo que ve­mos cer­ca de nues­tras ca­sas y a tra­vés de los me­dios de co­mu­ni­ca­ción hay su­fi­cien­te. Las mu­je­res que mue­ren, los jó­ve­nes que pier­den los va­lo­res, el aco­so es­co­lar... Me he ins­pi­ra­do en to­do eso..

—¿Cuál es el pro­ce­so que si­gue a la ho­ra de rea­li­zar una pie­za?

—El ori­gen es un su­ce­so que me da vuel­tas en la ca­be­za du­ran­te va­rios días, co­mo pue­de ser un mal­tra­to. Po­co a po­co se van com­po­nien­do en mi men­te for­mas con ma­de­ra, que voy ro­dean­do de ele­men­tos que le dan el sig­ni­fi­ca­do pre­ten­di­do.

—¿Por qué ha ele­gi­do el título de Círcu­lo in­fer­nal pa­ra es­ta ex­po­si­ción?

—En la ciudad de Ron­da, cer­ca de don­de yo vi­vo, su­ce­dió hace po­cos años un dra­ma tre­men­do. Un ins­pec­tor de po­li­cía se enamo­ró de una chi­ca jo­ven y, lle­ga­do el mo­men­to, ella le di­jo que no que­ría se­guir. En ple­na ca­lle, él la ma­to y lue­go se sui­ci­dó. Fue un su­ce­so ho­rri­ble que nos con­mo­cio­nó a to­dos. La chi­ca lle­va­ba un tiem­po aler­tan­do de las ame­na­zas, pe­ro na­die la cre­yó. Es­ta­ba den­tro de ese círcu­lo in­fer­nal. Es­ta ex­po­si­ción es un ho­me­na­je a ella y a to­das las mu­je­res que pier­den la vi­da en cir­cuns­tan­cias si­mi­la­res.

—¿Cuál es su víncu­lo con A Po­bra?

—Na­cí en una al­dea en­tre A Po­bra y Ri­bei­ra. Soy hi­jo de una fa­mi­lia de cam­pe­si­nos que, lle­ga­do el mo­men­to, sen­tí la lla­ma­da del ar­te y de­ci­dí ir­me fue­ra. Al ca­bo de años, las raí­ces ti­ra­ron de mí y vol­ví. Aquí me en­cuen­tro con ami­gos de la in­fan­cia y con el que si­gue sien­do mi mun­do, pese a la dis­tan­cia.

—¿Tie­ne ideas pa­ra dar­le for­ma a nue­vos pro­yec­tos?

—Sí, no me se­pa­ro de mi cua­derno en nin­gún mo­men­to, por­que la idea sur­ge don­de me­nos lo es­pe­ras.

—¿Tie­ne al­gu­na pie­za fa­vo­ri­ta den­tro de la ex­po­si­ción?

—Siem­pre hay las que se pue­den con­si­de­rar las pie­zas prin­ci­pa­les. En es­te ca­so, son dos. Una es una mujer ro­dea­da por un círcu­lo de alam­bres de es­pino, que da nom­bre a la ex­po­si­ción, que tra­ta de huir del mie­do. La otra es­tá he­cha par­tien­do de un ba­rril que en­con­tré en el cam­po, hi­ce una es­cul­tu­ra emu­lan­do un edi­fi­cio con ca­be­zas cris­pa­das que sim­bo­li­zan lo que su­po­ne vi­vir en es­pa­cios ce­rra­dos.

DA­NI GESTOSO

Dávila com­ple­ta sus ta­llas con ma­te­ria­les en desuso.

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