De la mar­gi­na­li­dad a ser el cas­co his­tó­ri­co de los ni­ños y el ocio

La pea­to­na­li­za­ción fue la pri­me­ra ar­ma de Pontevedra con­tra la la­men­ta­ble ima­gen que te­nía la zo­na vie­ja

La Voz de Galicia (Barbanza) - - Galicia - MA­RÍA HER­MI­DA

Mi­guel na­ció en 1962. Le sa­lió la bar­ba en los ochen­ta, en aque­llos años en los que la he­roí­na em­pe­zó a abra­zar las rías ga­lle­gas. Re­cuer­da bien esos tiem­pos y có­mo la dro­ga se lle­vó por de­lan­te la vi­da de tre­ce de sus com­pa­ñe­ros de pu­pi­tre. Vi­vía él en el cas­co his­tó­ri­co de Pontevedra, en la ca­lle Sie­rra. De­cir que vi­vía allí es ca­si exa­ge­ra­do. Ahí es­ta­ba su ca­sa, pe­ro re­co­no­ce que, más allá de ella, ape­nas pi­sa­ba la zo­na his­tó­ri­ca: «Era un si­tio mar­gi­nal, de tra­pi­cheo y pun­to, es que no se po­día en­trar en mu­chas par­tes. A la zo­na vie­ja se iba a por dro­ga, esa era la reali­dad. O se iba a apar­car gratis. Aque­llo era un in­fierno de co­ches. Des­de lue­go no era un si­tio re­co­men­da­ble pa­ra jó­ve­nes», re­cuer­da. Eso ocu­rría ha­ce más de 25 años. Mi­guel, Mi­guel La­go, es hoy el pre­si­den­te del co­lec­ti­vo Zo­na Mo­nu­men­tal de Pontevedra, la aso­cia­ción que po­ne co­lor al co­mer­cio del cas­co an­ti­guo. En una frase, re­su­me có­mo se com­ba­tió la mar­gi­na­li­dad, el tra­pi­cheo y, de pa­so, el feís­mo que se ha­bía ido co­lan­do por ca­da po­ro del en­torno mo­nu­men­tal: «La pea­to­na­li­za­ción fue cla­ve. Y por su­pues­to las ac­tua­cio- nes pa­ra po­ner bo­ni­ta la zo­na y me­jo­rar las pla­zas, tam­bién. Así fue có­mo em­pe­zó to­do», di­ce.

Lo cuen­ta Mi­guel, que des­de el co­lec­ti­vo que pre­si­de aban­de­ra ini­cia­ti­vas pa­ra se­guir ha­cien­do ama­ble la zo­na his­tó­ri­ca, co­mo por ejem­plo col­gar fo­tos ar­tís­ti­cas de los co­mer­cian­tes pa­ra iden­ti­fi­car­los con sus ne­go­cios. Pe­ro se oye tam­bién a pie de ca­lle. Las claves de la trans­for­ma­ción, ade­más de la pie­dra an­gu­lar de la pea­to­na­li­za­ción, fue­ron las con­ti­nuas in­ver­sio­nes pa­ra me­jo­rar el es­pa­cio ur­bano. Pe­ro, ojo. No so­lo hu­bo que gas­tar di­ne­ro en obras. Hu­bo que to­mar de­ci­sio­nes. Por ejem­plo, se aca­bó con los bo­te­llo­nes co­lo­sa­les que se ha­cían en la zo­na del Cam­pi­llo, que de­ja­ban el lu­gar con­ver­ti­do en un ho­rren­do ver­te­de­ro de bo­te­llas, en las pro­xi­mi­da­des de una de las jo­yas ar­qui­tec­tó­ni­cas de la ur­be, la Real Ba­sí­li­ca San­ta Ma­ría la Ma­yor.

Ejér­ci­to del «bo­ni­tis­mo»

To­do ello ocu­rrió ha­ce años. ¿Ya no se com­ba­te el feís­mo en Pontevedra? Sí. Qui­zás no tan­to co­mo se de­bie­ra, por­que en la zo­na his­tó­ri­ca si­gue ha­bien­do mu­chos rin­co­nes de fea es­tam­pa. Pe­ro la apues­ta es cla­ra. La del Con­ce­llo, y la del ejér­ci­to del bo­ni­tis­mo que se ha ido crean­do en la ciu­dad. Por­que, qui­zás, ese ha­ya si­do el me­jor mé­ri­to: con­ven­cer a los ciu­da­da­nos de que aquel pa­ti­to feo que era el cas­co an­ti­guo po­día ser un cis­ne. Y aho­ra no fal­ta quien pon­ga su gra­ni­to de are­na. Hay ca­sos es­pe­cia­les. Uno de ellos es el de Joa­quín Dié­guez, que re­gen­ta una ce­re­ría en una ca­lle­jue­la de la zo­na his­tó­ri­ca. El hom­bre da co­lor a las ca­na­le­tas pa­ra evi­tar que luz­can su­cias. Si ve una pin­ta­da en su ca­lle, la lim­pia. Y lo úl­ti­mo que hi­zo fue cons­truir ban­cos con pa­lés pa­ra ofrecer asien­to a quien pa­se por la an­gos­ta San Ro­mán.

Tam­bién en los ba­rrios

Pe­ro Pontevedra no es so­lo cas­co his­tó­ri­co. La ciu­dad tie­ne mu­chos ba­rrios. Y mu­chos otros fren­tes pa­ra com­ba­tir el feís­mo. En­tre las asig­na­tu­ras su­pe­ra­das es­tá, por ejem­plo, ha­ber ga­na­do pa­ra el dis­fru­te de los ve­ci­nos el pa­seo flu­vial del Lé­rez, un pa­raí­so en ver­de con pla­ya flu­vial in­clui­da, que an­tes era una cu­ne­ta de tie­rra y ár­bo­les ro­dea­da de una ca­rre­te­ra in­va­di­da de co­ches. Se lu­chó tam­bién por cam­biar­le la ca­ra a las po­pu­lar­men­te co­no­ci­das co­mo ca­sas ba­ra­tas. La prueba evi­den­te es Sal­guei­ri­ños, que aho­ra lu­ce co­mo un ba­rrio de ca­si­tas de mu­ñe­cas de co­lo­res.

Que­da mu­cho por ha­cer. Hay áreas con im­por­tan­tes pro­ble­mas de feís­mo, co­mo Mo­lla­vao. Pe­ro hay ca­mino an­da­do. En Mon­te Po­rrei­ro, uno de los si­tios don­de más hu­bo que tra­ba­jar, fal­ta qui­tar del ma­pa una lí­nea de al­ta ten­sión que afea el en­torno. Pe­ro hu­bo cam­bios. Ci­te­mos uno co­lo­ri­do: el mu­ral cu­bis­ta del ar­qui­tec­to Ro­mán Cor­ba­to pa­ra ta­par un an­ti­es­té­ti­co mu­ro.

Qui­zás, pa­ra en­ten­der el tren del bo­ni­tis­mo en el que un día se subió Pontevedra, no se de­ban ci­tar obras y ni si­quie­ra ha­blar de la pea­to­na­li­za­ción. Eso so­lo fue­ron las he­rra­mien­tas. El bo­ni­tis­mo pon­te­ve­drés es, hoy por hoy, in­tan­gi­ble. Lo po­nen los ni­ños que jue­gan li­bres en una ciu­dad sin co­ches; lo po­ne la mú­si­ca ca­lle­je­ra que sue­na en la zo­na mo­nu­men­tal; lo po­nen las ri­sas en las te­rra­zas de las que se pue­de dis­fru­tar sin rui­dos de mo­to­res. Pontevedra ha­ce tiem­po que ya no es­tá bo­ni­ta. Aho­ra es bo­ni­ta.

EMILIO MOLDES

Cuan­do cae la no­che y las lu­ces se en­cien­den, el cas­co his­tó­ri­co ga­na en ca­li­dez.

MOLDES

El pa­seo flu­vial, uno de los es­pa­cios ga­na­dos al feís­mo.

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