Cui­da­do con la cri­sis de la de­mo­cra­cia

La Voz de Galicia (Barbanza) - - Opinión -

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CÉ­SAR CA­SAL

Cua­tro dé­ca­das no es na­da. No en­tien­do que ha­ya vo­ces que se plan­tean una cri­sis de la de­mo­cra­cia es­pa­ño­la por sus cua­ren­ta años. Ni a los cua­ren­ta años ni a los cin­cuen­ta: nues­tra de­mo­cra­cia es jo­ven. La de­mo­cra­cia, con ga­ran­tías, siem­pre es el me­jor sis­te­ma de los po­si­bles. Un ami­go me en­vía un ar­tícu­lo en pren­sa que sub­ra­ya que, en efec­to, na­die va a echar de me­nos el No­do y su blan­co y ne­gro, de in­for­ma­ción ran­cia y mo­no­lí­ti­ca. Pe­ro, in­sis­to, siem­pre es me­jor la de­mo­cra­cia que cual­quier otra fór­mu­la por mu­cho que Bor­ges di­je­se aque­llo que le cos­tó el No­bel de li­te­ra­tu­ra de que «la de­mo­cra­cia es un cu­rio­so abu­so de la es­ta­dís­ti­ca». Otra co­sa a de­ba­tir es has­ta dón­de se pue­de to­le­rar la per­ver­sión de la de­mo­cra­cia. Es di­fí­cil es­ta­ble­cer los lí­mi­tes y so­bre to­do ele­gir quién de­ci­de esos lí­mi­tes. Co­mo di­ría el gran Da­vid Hu­me, aquel ge­nio es­co­cés y fi­ló­so­fo, so­lo te­ne­mos la ex­pe­rien­cia sen­si­ble, las im­pre­sio­nes, pa­ra de­ci­dir y, con ellas, te­ne­mos que ir vi­vien­do día a día. No que­da otra. Y así van cua­ren­ta años en Es­pa­ña. Bue­nos, ma­los y re­gu­la­res. Cuan­do al­gu­nos po­lí­ti­cos cues­tio­nan la Tran­si­ción, que no fue una san­ta tran­si­ción, pe­ro tam­po­co una apes­to­sa transac­ción, co­mo al­gu­nos juz­gan ale­gre­men­te, no se dan cuen­ta (o sí) del da­ño que nos ha­cen a to­dos. Con tan­to po­ner a pa­rir nues­tra de­mo­cra­cia le ha­cen un fla­co fa­vor al sis­te­ma que per­mi­te que los que ra­jan ten­gan sus es­ca­ños. Hay que te­ner cui­da­do. El de­ba­te es sano, ne­ce­sa­rio, es­ti­mu­lan­te. El pe­li­gro es que de­ge­ne­re en in­sul­tos y pre­jui­cios que so­lo pro­vo­can ban­dos. La eter­na ame­na­za de las dos Es­pa­ñas no pue­de vol­ver ni co­mo som­bra de ojos. No va­ya a ser que nos pa­se aque­llo de que se la car­gan en­tre to­dos y lue­go ni si­quie­ra se­pa­mos quién fue el que la ma­tó.

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