La odi­sea por re­cu­pe­rar el som­bre­ro que lle­va 9 «Re­sus»

La Voz de Galicia (Barbanza) - - Al Sol - MA­RÍA VIDAL

Vier­nes 7 de ju­lio, bien en­tra­da ya la ma­dru­ga­da. Mien­tras los mi­les de asis­ten­tes al Re­su es­tán di­gi­rien­do el con­cier­to del gru­po es­tre­lla de es­te año, Ál­va­ro pier­de sin que­rer el som­bre­ro de cow­boy que lle­va en­ci­ma. «To­ca­ban unos ami­gos míos, se me ca­yó un mo­men­to y cuan­do aga­ché la ca­be­za no lo vi. Me pu­se muy ner­vio­so, no pa­ré de bus­car de un la­do pa­ra el otro, pe­ro no lo en­con­tré», ex­pli­ca.

Reac­cio­nó rá­pi­do, ti­ró de re­des so­cia­les y pu­bli­có tan­to en su cuen­ta de Fa­ce­book co­mo en la ofi­cial del Re­su­rrec­tion Fest la des­apa­ri­ción y la re­com­pen­sa a quien lo en­con­tra­ra. ¡Ojo! Na­da me­nos que 1.000 eu­ros. Por un mo­men­to los fes­ti­va­le­ros de­ja­ron de aten­der a los es­ce­na­rios y cen­tra­ron las ener­gías que que­da­ban a esas horas de la ma­dru­ga­ba en lo­ca­li­zar el va­lio­so com­ple­men­to. No es pa­ra me­nos, no era un ob­je­to per­so­nal cual­quie­ra. Ha­bía per­di­do el som­bre­ro que le ha­bía acom­pa­ña­do a los úl­ti­mos nue­ve Re­sus y que lo ha­bía con­ver­ti­do en fa­mo­so en el re­cin­to de Viveiro. «Sí, ya se me co­no­ce por el som­bre­ro, lla­ma mu­cho la aten­ción, no me ima­gi­nan sin él, has­ta me lo pi­den pa­ra ha­cer fo­tos», con­fie­sa su due­ño.

Las horas iban pa­san­do, y el som­bre­ro no apa­re­cía. Sus ami­gas lo vie­ron tris­te y se fue­ron a un chino a un com­prar­le uno con los co­lo­res del or­gu­llo. Eso cuan­do aún no sa­bían que horas des­pués re­gre­sa­rían a su fur­go­ne­ta con ¡el ver­da­de­rooo! «Yo es­ta­ba ahí la­men­tán­do­me y las vi con una ca­ra son­rien­te... se pu­sie­ron de­lan­te y me en­se­ña­ron el som­bre­ro. Me pu­se a llo­rar co­mo un ni­ño, me di­je­ron que lo te­nía un chi­co que se lo ha­bía en­con­tra­do la no­che del vier­nes. Le con­ta­ron la his­to­ria y se lo de­vol­vie­ron sin pro­ble­ma». ¿Le dis­te los 1.000 eu­ros? «A ver, el mo­men­to de lo­cu­ra los ofre­cía, lue­go al día si­guien­te con la men­te más tran­qui­la pen­sé que a quien me lo de­vol­vie­se le da­ría 100 eu­ros sin pro­ble­ma, 1.000 se­ría mu­cho ¿no?».

Una vez jun­tos de nue­vo, Ál­va­ro re­co­no­ce la im­por­tan­cia que tie­ne pa­ra él es­te ar­tícu­lo que com­pró de ca­sua­li­dad un sá­ba­do por la no­che a un ven­de­dor am­bu­lan­te por­que le lla­mó mu­cho la aten­ción y por­que nun­ca an­tes ha­bía vis­to uno con los co­lo­res de ti­gre. «Ha via­ja­do con­mi­go a to­dos los fes­ti­va­les y con­cier­tos des­de que lo ten­go. So­bre to­do lo lle­vo al Re­su y al Hell Fest de Fran­cia, que es don­de más se me co­no­ce. La gen­te me pa­ra y me di­ce: ‘Oye, ¿tú es­ta­bas aquí el año pa­sa­do no?’ Yo les de­cía: ‘¿Có­mo lo sa­bes?’ Pues por el som­bre­ro. Tie­ne mu­chos ki­ló­me­tros y aven­tu­ras... si el som­bre­ro ha­bla­se. Mi 1,94 de es­ta­tu­ra, mi ro­pa ro­cie­ra y el som­bre­ro, no pa­sa­mos des­aper­ci­bi­dos». Ha­brá que es­pe­rar al año que vie­ne pa­ra fi­jar­se en él. Has­ta en­ton­ces «es­tá guar­da­do de­ba­jo de la ca­ma. No quie­ro más dis­gus­tos».

Ál­va­ro con el mí­ti­co som­bre­ro ati­gra­do de­lan­te de la ins­ta­la­cio­nes del fes­ti­val de Viveiro.

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