«En la can­cha sa­co la ma­la le­che»

El vi­gués del In­ter re­to­mó los es­tu­dios a raíz de una le­sión y com­pa­gi­na de­por­te y ca­rre­ra

La Voz de Galicia (Barbanza) - - Deportes - MÍ­RIAM VÁZ­QUEZ FRA­GA

Tie­ne 29 años, lle­va do­ce co­mo pro­fe­sio­nal y ha con­se­gui­do ca­si to­dos los tí­tu­los po­si­bles. Pe­ro el ju­ga­dor in­ter­na­cio­nal de fút­bol sa­la Adrián Alonso, Po­la, (Vi­go, 1988) es in­sa­cia­ble. Ase­gu­ra que le que­dan mu­chos sue­ños por cum­plir den­tro y fue­ra de la can­cha. En­tre ellos, aca­bar la ca­rre­ra de Fi­sio­te­ra­pia, que em­pe­zó cuan­do dos gra­ves le­sio­nes le hi­cie­ron ma­du­rar de gol­pe y plan­tear­se de otro mo­do el fu­tu­ro.

—¿Por qué fút­bol sa­la y no fút­bol co­mo la ma­yo­ría de los ni­ños?

—De pe­que­ño ju­ga­ba en las can­chas de Coia, siem­pre al fút­bol sa­la. Con diez años em­pe­cé a ver par­ti­dos por la te­le y des­de en­ton­ces mi ído­lo ya fue siem­pre un ju­ga­dor de fút­bol sa­la, Pau­lo Ro­ber­to. No sé muy bien por qué, pe­ro lo pre­fe­rí des­de siem­pre.

—¿Có­mo lle­va la di­fe­ren­cia en el tra­ta­mien­to a uno y otro de­por­te?

—Da un pe­lín de ra­bia, pe­ro la cul­pa es de los que es­ta­mos den­tro te­ne­mos que lu­char pa­ra ha­cer­lo más lla­ma­ti­vo. Gen­te que nun­ca ha vis­to un par­ti­do se que­da alu­ci­na­da la primera vez de la emo­ción con que se vi­ve y del espectáculo que su­po­ne. Hay que ha­cer­lo ver, ven­der­lo, mon­tar un espectáculo al­re­de­dor, que sea una fies­ta. En ese sen­ti­do te­ne­mos que apren­der de Es­ta­dos Uni­dos, don­de mu­chos de­por­tes lle­nan pa­be­llo­nes.

—¿Se sien­te re­co­no­ci­do en ca­sa?

—Sí, ¡pe­ro me ha cos­ta­do lo mío! En Vi­go, qui­zá por­que me fui pron­to, es don­de más me ha cos­ta­do. Me lo he cu­rra­do mu­cho.

—¿Có­mo fue aque­lla mar­cha a San­tia­go con 17 años?

—¡Re­cién cum­pli­dos! Al prin­ci­pio, du­ro. Pe­ro te­nía cla­ro que que­ría ser ju­ga­dor pro­fe­sio­nal y el Lo­be­lle, con el Az­kar, eran los equi­pos don­de to­do cha­val que­ría ju­gar en aquel mo­men­to. Me con­si­de­ro una per­so­na in­de­pen­dien­te, me gusta via­jar y me adap­to rá­pi­do a lu­ga­res y si­tua­cio­nes. Eso lo hi­zo más fá­cil.

—¿En qué mo­men­to se dio cuen­ta de que va­lía pa­ra es­to?

—Con do­ce o tre­ce años. Ju­ga­ba en ale­vi­nes e in­fan­ti­les a la vez y en­tre­na­ba con mi equi­po y con el de mi her­mano, dos años ma­yor. En to­tal, igual cua­tro ho­ras al día. Sa­bía que me que­ría de­di­car a es­to y que te­nía que tra­ba­jar pa­ra con­se­guir­lo.

—Por el ca­mino se en­con­tró con dos le­sio­nes gra­ves.

—Con 20 me rom­pí la ro­di­lla de­re­cha y con 23, la iz­quier­da, jus­to an­tes de la Eu­ro­co­pa de Croa­cia. Fue­ron los peo­res mo­men­tos, pe­ro hoy, al no ha­ber re­per­cu­ti­do en mi ren­di­mien­to pos­te­rior, no los cam­bia­ría.

—¿Qué fue lo po­si­ti­vo que sa­có?

—Me sir­vió pa­ra po­ner­me las pi­las con los es­tu­dios, pen­sar en el fu­tu­ro y ma­du­rar co­mo de­por­tis­ta y co­mo per­so­na.

—¿Có­mo fue eso de em­pe­zar la Uni­ver­si­dad a vein­ti­pi­co? los

—Cuan­do lle­gué a San­tia­go me ma­tri­cu­lé en un ci­clo, pe­ro vi­vien­do en una ciu­dad nue­va, con gen­te de tu edad y aca­ban­do de salir de ca­sa por primera vez, lo aca­bé de­jan­do. Con la primera le­sión em­pe­cé a pen­sar en ello y con la se­gun­da, ya en Ma­drid, lo tu­ve cla­ro. No que­ría ima­gi­nar­me una po­si­ble retirada por le­sión, de­di­ca­ba sie­te ho­ras al día a la re­cu­pe­ra­ción pa­ra vol­ver al mis­mo ni­vel, pe­ro sa­bía que era una po­si­bi­li­dad. Me ha cos­ta­do po­ner­me, pe­ro lo agra­dez­co. ¡Aho­ra le di­go a to­do el mun­do que es­tu­die, co­mo me lo de­cían mis pa­dres!

—Y cuan­do lo de­je, ¿se ve más de en­tre­na­dor o fi­sio­te­ra­peu­ta?

—Estudio fi­sio por­que me gusta y me gus­ta­ría de­di­car­me a ello. Ser en­tre­na­dor no me lla­ma, por­que la vida del ju­ga­dor no es fá­cil yen­do siem­pre de un la­do pa­ra otro y es­tar así has­ta los cin­cuen­ta o se­sen­ta... pe­ro no des­car­to na­da. El fút­bol sa­la es mi gran pa­sión.

—¿Con qué via­je o ex­pe­rien­cia se que­da?

—Me que­do más con la gen­te que he co­no­ci­do, las amis­ta­des. Y con ha­ber apren­di­do que hay gen­te que so­lo se te arri­ma en los bue­nos mo­men­tos y des­apa­re­cen en los ma­los.

—¿Có­mo vi­ve la de­rro­ta?

—Con los años he ido ma­du­ran­do y apren­dien­do a sa­ber per­der, an­tes me cos­ta­ba asi­mi­lar­la. So­bre to­do en el In­ter, por­que so­mos un equi­po he­cho pa­ra ga­nar. La de­rro­ta es algo que de­be ocu­rrir, si en la úl­ti­ma fi­nal de Li­ga no lle­ga­mos a per­der 6-1 en el ter­cer par­ti­do igual no ga­ná­ba­mos la Li­ga. Sa­li­mos es­co­ci­dos, re­ca­pa­ci­ta­mos y lue­go fui­mos más equi­po que nun­ca.

—¿Cam­bia mu­cho su ma­ne­ra de ser den­tro y fue­ra de la can­cha?

—Bas­tan­te. En la can­cha sa­co mi ga­rra, mi ma­la le­che, soy muy in­ten­so. Fue­ra to­do lo con­tra­rio, soy tran­qui­lo y más in­tro­ver­ti­do con la gen­te que no co­noz­co.

—¿Qué ilu­sio­nes le que­dan por cum­plir co­mo de­por­tis­ta?

—¡Mu­chí­si­mas! La prin­ci­pal el mun­dial con la se­lec­ción, que es el úni­co título que no he ga­na­do. Pe­ro soy am­bi­cio­so, quie­ro ga­nar con In­ter los má­xi­mos tí­tu­los y par­ti­dos, se­guir en lo más al­to. Y pa­ra ello ten­go que exi­gir­me mu­cho Siem­pre em­pie­zo por ahí.

—¿Un de­por­te apar­te del su­yo?

—El surf, tan­to ver­lo co­mo prac­ti­car­lo en mi tiem­po li­bre.

—¿Y un ído­lo de­por­ti­vo fue­ra del fút­bol sa­la?

—Ra­fa Na­dal re­pre­sen­ta to­dos los va­lo­res que de­be te­ner un de­por­tis­ta.

—¿Su afi­ción pre­fe­ri­da?

—Me en­can­ta via­jar.

—¿El lu­gar más es­pec­ta­cu­lar en que ha es­ta­do?

—Nue­va York me im­pre­sio­nó. Tam­bién Ca­na­dá, Cos­ta Ri­ca... Di­fí­cil elec­ción.

—¿Y don­de aún no ha es­ta­do y le gus­ta­ría?

—Aus­tra­lia.

—¿Ma­drid o Vi­go?

—Vi­go, por su­pues­to. Es mi ciu­dad. Y la pla­ya no la cam­bio.

—¿Se sien­te emi­gran­te en la ca­pi­tal o co­mo en ca­sa?

—Co­mo en ca­sa, muy có­mo­do, me han aco­gi­do muy bien. Ten­go po­co acen­to y mu­cha gen­te ni sabe de dón­de soy.

—¿Al­gu­na su­pers­ti­ción?

—Más que eso, ma­nía de man­te­ner ru­ti­nas. Siem­pre to­mo ca­fé an­tes de en­tre­nar y ju­gar.

—¿Una lo­cu­ra con­fe­sa­ble?

—No me vie­ne a la ca­be­za, ni con­fe­sa­ble ni in­con­fe­sa­ble. ¡Pe­ro he he­cho mu­chas!

—¿Có­mo es co­mo es­pec­ta­dor de fút­bol sa­la?

—De­pen­de, si jue­ga mi equi­po pa­so más ner­vios que en la can­cha. Si no, me cen­tro en in­ten­tar apren­der.

—¿De dón­de vie­ne el apo­do de Po­la?

—De pe­que­ño te­nía era muy ru­bio, con el pe­lo lar­gui­to y co­mo soy de piel cla­ra dos ami­gos, Da­vid y Da­ni, me em­pe­za­ron a lla­mar Po­la­co. Y quedó Po­la.

—¿Res­pon­de por Adrián o Adri?

—A los más alle­ga­dos: fa­mi­lia, mi no­via Pau­la... has­ta a mi her­mano se le es­ca­pa Po­la.

ABRAL­DES

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