Ou­ren­sa­nos de ve­ra­neo en Por­to­no­vo

La Voz de Galicia (Barbanza) - - Al Sol - ISAAC PEDROUZO

An­te la im­po­si­bi­li­dad de po­der vi­vir en al­gún lu­gar don­de nun­ca fue­se ve­rano, tu­ve que acos­tum­brar­me —y acep­tar sin ne­go­cia­ción co­mo buen preado­les­cen­te— el mo­do de ve­ra­neo se­gún la gen­te de Ou­ren­se: pa­sar un mes en­te­ro en Por­to­no­vo. Por­to­no­vo no era más que una ex­ten­sión de mi ciu­dad, y los de in­te­rior so­mos así de bu­rros, nos va­mos a la cos­ta a ver a la gen­te de in­te­rior, no en­ten­de­mos que el con­cep­to va­ca­cio­nes se tra­ta de sus­pen­der las obli­ga­cio­nes du­ran­te un pe­río­do de tiem­po. No­so­tros so­lo sus­pen­de­mos la ra­zón.

No fue lo peor ver a mis pro­fe­so­ras en to­pless, al­gu­na in­clu­so des­per­tó al­gún in­te­rés nuevo en mí que so­lo se cu­ra­ba con un ba­ño de agua de mar fría. Ni si­quie­ra fue aque­lla in­to­xi­ca­ción por me­ji­llo­nes que ya olían mal des­de Mon­tal­vo pe­ro que un ro­tun­do «eso huele así» pa­terno no fue ca­paz de evi­tar. Lo peor de aque­llos ve­ra­nos eran los ron­cós.

El úni­co ca­mino po­si­ble de vuelta ca­da noche al pi­so de al­qui­ler era el pa­seo del puer­to. La primera vez que sen­ti­mos a los ron­cós —por­que no los ves, se sien­ten— nos pi­lla­ron por sorpresa. Es­cu­cha­mos un rui­do que se acer­ca­ba, co­mo ese ron­qui­do inocen­te al res­pi­rar ha­cia aden­tro. Ve­nían por am­bos la­dos, y de re­pen­te no­ta­mos co­mo unos bi­chos vo­la­do­res se nos me­tían en el pe­lo y las ore­jas. In­ca­pa­ces de ver­los echa­mos a co­rrer avi­san­do a los de­más al gri­to de «¡vie­nen los ron­cós!».

Los de in­te­rior so­mos tan bu­rros que se­gui­mos ve­ra­nean­do allí mu­chos años, en el mis­mo pi­so. Es­ca­pan­do ca­da noche de aque­llos bi­chos que nun­ca na­die vio.

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