Or­gu­llo Gar­bi­ñe e in­creí­ble Roger

La Voz de Galicia (Barbanza) - - Opinión -

CORAZONADAS CÉ­SAR CA­SAL

No es un tor­neo. Es el or­den y la per­fec­ción lle­va­das a un in­ma­cu­la­do tor­neo. Wimbledon tie­ne al­go que atrae. Lo­gra que crea­mos que el caos se pue­de ani­qui­lar du­ran­te dos se­ma­nas. Al­go con­tra­rio a la vi­da, que siem­pre trae su ra­ción de desas­tre. Es­ta edi­ción ha si­do fa­bu­lo­sa. Los dos cam­peo­nes ju­ga­ron con tra­je de ga­la. Gar­bi­ñe apor­tó el or­gu­llo, con vic­to­ria es­pa­ño­la y fren­te a la dio­sa Ve­nus. Roger Fe­de­rer vol­vió a ves­tir de smo­king pa­ra ga­nar sin su­dar ni du­dar fren­te a un Mario Ci­lic, gi­gan­te de ca­si dos me­tros que se echó a llo­rar co­mo un ni­ño en un ata­que de an­gus­tia o pá­ni­co. El tenis que ju­gó Gar­bi­ñe Mu­gu­ru­za fue por­ten­to­so. De una for­ta­le­za que ni en Jue­go de Tro­nos. So­lo hu­bo un set, el pri­me­ro del 7-5. Lue­go de­ses­pe­ró a Ve­nus Wi­lliams, que no su­po pe­lear con­tra un es­pe­jo. Ve­nus gol­pea­ba fuer­te, tenis de ata­que, y Gar­bi­ñe le de­vol­vía los mis­mos de­ci­be­lios, pe­ro con más pa­cien­cia, con una ra­ción de pier­nas y de­fen­sa que ha­cía que los ga­na­do­res de Ve­nus ter­mi­na­sen por ser per­de­do­res. Las dos jue­gan unas bo­las afi­la­das que cor­tan. Pe­ro fue Gar­bi­ñe la que de­san­gró a su ri­val pla­ne­ta, con un se­gun­do set per­fec­to. Y cuan­do se ha­bla de per­fec­ción se ha­bla de Roger Fe­de­rer. Otra vez ga­nó Wimbledon sin ce­der ni un set. Cier­to es que los tres que po­dían ha­cer­le fren­te se des­pe­ña­ron por el ca­mino. Na­dal, en un partido ma­ra­tón con­tra Mu­ller. Djo­ko­vic se ma­tó so­lo, otra vez con­tra su ca­be­za. Y a Mu­rray le fa­lló la ca­de­ra. Pe­ro no sé si al­guno de esos tres mag­ní­fi­cos hu­bie­sen po­di­do en es­ta edi­ción con la ex­ce­len­cia que Fe­de­rer ha al­can­za­do con la edad. Roger es el úni­co que pi­sa la cum­bre del tenis de ge­nio que se me­re­ce es­te tor­neo. Lle­va ocho tí­tu­los, pe­ro pue­den ser más. Si al­guien pue­de de­cir con ocho no bas­ta es Roger. Al­gún día no nos cree­re­mos que lo vi­mos en di­rec­to. Y nos que­da­rán las gra­ba­cio­nes de sus sin­fo­nías con la ba­tu­ta de su ra­que­ta.

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