Antonio Li­za­na, el sa­xo y el can­te, el jazz y el fla­men­co: la li­ber­tad

Ma­ña­na ini­cia en Bueu una gi­ra que vi­si­ta A Co­ru­ña, Noia y O Gro­ve

La Voz de Galicia (Barbanza) - - Cultura - PACHO RODRÍGUEZ

En­tre Ji­mi Hen­drix y Paco de Lu­cía, ga­nó el de Al­ge­ci­ras. Y en­tre Mick Jag­ger y Ca­ma­rón, el de San Fer­nan­do. Pe­ro al­go que­da de los pri­me­ros en Antonio Li­za­na, sa­xo­fo­nis­ta y can­tan­te, pia­nis­ta y gui­ta­rris­ta en otros mu­chos ra­tos, com­po­si­tor, y una de las sen­sa­cio­nes de ese nue­vo fla­men­co que sin com­ple­jos se mez­cla con to­do. A Galicia lle­ga en gi­ra, des­de ma­ña­na en Bueu, pa­ra de­jar cons­tan­cia en cua­tro in­ten­sos días de lo que me­jor sa­be ha­cer: trans­mi­tir en di­rec­to. Des­pués de Bueu, vi­si­ta A Co­ru­ña (vier­nes), Noia (sá­ba­do) y O Gro­ve (Do­min­go).

Tie­ne en la ca­lle nue­vo dis­co, Orien­te, y es­te mú­si­co de 31 años, bas­tan­te más trans­ver­sal de lo que pa­re­ce aun­que sea un de­vo­to de las tra­di­cio­nes, ase­gu­ra que una de sus ma­yo­res sa­tis­fac­cio­nes es ser tes­ti­go de cómo lo que se com­po­ne en la so­le­dad de su ca­sa lle­ga a los oí­dos del pú­bli­co y con­si­gue emo­cio­nar. Na­ció en San Fer­nan­do (Cá­diz), que es mu­cho de­cir. Y lle­va su con­di­ción de fla­men­co has­ta las úl­ti­mas con­se­cuen­cias. Aun­que an­tes de lle­gar a su ins­tru­men­to de ca­be­ce­ra, el sa­xo, qui­so ser gui­ta­rris­ta con una Fen­der al hombro. Y has­ta de pe­que­ño tu­vo un gru­po con el que to­ca­ban can­cio­nes de Di­re Straits. Pe­ro a día de hoy, en cual­quier club de jazz de­ja­rá esen­cias de fla­men­co, co­mo en cual­quier ta­blao bue­nas do­sis de jazz. Su se­cre­to es­tá en la mez­cla bien ser­vi­da, to­ca­da y can­ta­da. La li­ber­tad.

Si en su ca­sa es­cu­cha­ba vinilos de to­do ti­po, y vi­vía en uno de los cen­tros neu­rál­gi­cos del fla­men­co, ¿lo nor­mal no hu­bie­ra si­do que to­ca­ra la gui­ta­rra o se hu­bie­ra he­cho can­taor? Cla­ro que «que­ría ser gui­ta­rris­ta, pe­ro de eléc­tri­ca». Lo que pa­sa es que en An­da­lu­cía hay cier­ta afi­ción por los ins­tru­men­tos de vien­to, y él em­pe­zó muy jo­ven, a los diez años. Llegó al sa­xo por­que era lo que ha­bía pa­ra po­der re­ci­bir cla­se, ad­mi­te. «Y ade­más te­nía la in­fluen­cia de mi pa­dre, que te­nía mu­chos vinilos de to­do, pe­ro también de rock sin­fó­ni­co y jazz».

El jazz, sin em­bar­go, le llegó más tar­de. Tras lo de Di­re Straits, a los 14 años, se su­mer­gió en el fla­men­co. «Em­pe­cé a to­car por ahí, por­que me lla­ma­ban can­tao­res pa­ra que los acom­pa­ña­ra. Y es ahí, en­tre los 14 y los 16, pue­de de­cir­se, cuan­do el jazz en­tra en mi for­ma de to­car. En­ton­ces me di cuen­ta de que ten­go que im­pro­vi­sar bien y también des­cu­brí que el sa­xo se ex­pre­sa en su má­xi­mo es­plen­dor con el jazz».

Fol­clo­re y evo­lu­ción

Aho­ra mis­mo pue­de dis­fru­tar sin com­ple­jos de un buen ro­can­rol. «Soy un aman­te de la tra­di­ción, pe­ro no de quedarse es­tan­ca­dos. Por­que, por ejem­plo, si ha­ce­mos el fla­men­co de una so­la for­ma se con­ver­ti­ría en fol­clo­re. A mí me en­can­ta la evo­lu­ción del fla­men­co». Des­pués de es­te dis­co tan he­te­ro­do­xo, Orien­te, de re­mi­nis­cen­cias ára­bes, avanza que pue­de que el pró­xi­mo tra­ba­jo sea más fla­men­co y más or­to­do­xo. «No por com­pla­cer a na­die —ob­je­ta—. Ni to­co ni com­pon­go pen­san­do en lo que pue­dan de­cir. Es­toy muy se­gu­ro de lo que sien­to con el fla­men­co. ¿Quién pue­de de­cir­me a mí si soy fla­men­co o no?, si yo apren­dí con mi gui­ta­rra en la pla­zue­la», re­cuer­da.

Co­mo no pue­de ser me­nos, Paco de Lu­cía, Ca­ma­rón y Mo­ren­te son tres nom­bres fun­da­men­ta­les en su mú­si­ca. «Sien­do de San Fer­nan­do, pue­do de­cir que yo he cre­ci­do con Ca­ma­rón y Paco de Lu­cía. Es a día de hoy que oi­go un dis­co de cual­quie­ra de los dos y me lo sé. Y la apor­ta­ción de Mo­ren­te, que lo des­cu­brí más tar­de, es igual de im­por­tan­te».

Aun­que an­da­luz por los cua­tro cos­ta­dos, es­tu­dió el gra­do su­pe­rior de mú­si­ca en la es­cue­la Mu­si­ke­ne en Bil­bao. «Fue­ron cua­tro años muy fruc­tí­fe­ros, apren­dí mu­cho, me lo pa­sé bien e hi­ce mu­chos ami­gos; y al­gu­nos, ga­lle­gos. Ad­mi­ro mu­cho la afi­ción mu­si­cal ga­lle­ga», elo­gia Li­za­na.

ANA SOLINÍS

Li­za­na, un va­lor en al­za de la re­no­va­ción del fla­men­co.

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