Cri­men o sui­ci­dio, la víc­ti­ma de una épo­ca

La Voz de Galicia (Barbanza) - - Opinión -

DES­DE LA COR­TE FER­NAN­DO ÓNE­GA

No hay na­da co­mo una muer­te en ex­tra­ñas cir­cuns­tan­cias pa­ra ex­ci­tar la ima­gi­na­ción. Y tam­po­co hay na­da co­mo un di­fun­to fa­mo­so, pri­me­ro te­mi­do y des­pués odia­do, pa­ra con­ver­tir­nos a to­dos en no­ve­lis­tas de oca­sión. Ocu­rrió con Mi­guel Ble­sa. An­tes de que se co­noz­can el re­sul­ta­do de la au­top­sia y las in­ves­ti­ga­cio­nes po­li­cia­les, se pue­de de­cir que es­te país se di­vi­dió en dos: quie­nes die­ron por bue­na la hi­pó­te­sis ini­cial del sui­ci­dio y quie­nes se in­cli­na­ron de­ci­di­da y arries­ga­da­men­te por el ase­si­na­to. Hay apa­rien­cias que ha­cen creí­ble cual­quie­ra de las dos ver­sio­nes.

Agat­ha Ch­ris­tie en­con­tra­ría en esa fin­ca de Cór­do­ba el es­ce­na­rio ideal pa­ra una de sus in­tri­gas. Su ins­pec­tor, ves­ti­do de guar­dia ci­vil, es­ta­ría in­te­rro­gan­do a es­ta ho­ra a ca­da uno de los pre­sen­tes en aquel cor­ti­jo pa­ra en­con­trar prue­bas, desechar pis­tas y com­pa­rar coar­ta­das. Pe­ro es­ta­ría tan des­pis­ta­do co­mo cual­quier ciu­da­dano que ha­ya de­di­ca­do un mi­nu­to a pen­sar en esa muer­te y sus cir­cuns­tan­cias. ¿Hay ra­zo­nes pa­ra un cri­men? Nun­ca las hay, pe­ro bas­tó ver las imá­ge­nes que re­pu­sie­ron las te­le­vi­sio­nes pa­ra re­cor­dar el odio que Ble­sa sus­ci­ta­ba. No so­lo odio: tam­bién ira de to­dos los es­ta­fa­dos y arrui­na­dos por su ges­tión en Ca­ja Ma­drid. Son mi­les de ciu­da­da­nos que con­vir­tie­ron a Ble­sa en enemi­go pú­bli­co. Si los ser­vi­cios de se­gu­ri­dad no lo hu­bie­ran im­pe­di­do, el se­ñor Ble­sa ha­bría si­do lin­cha­do por la mul­ti­tud enar­de­ci­da con­tra él.

Y hay tam­bién mo­ti­vos pa­ra con­si­de­rar creí­ble la hi­pó­te­sis del sui­ci­dio. Ble­sa fue siem­pre un triun­fa­dor. En los años de los des­pro­pó­si­tos, fue un hom­bre al que to­dos se acer­ca­ban con la bo­ca lle­na de li­son­jas. Se sa­bía una de las per­so­nas más in­flu­yen­tes de Es­pa­ña, que fi­nan­cia­ba le­gal­men­te al PP y te­nía lí­nea abier­ta con to­dos los miem­bros del Go­bierno, em­pe­zan­do por su pre­si­den­te. Era una par­te sus­tan­cial del po­der eco­nó­mi­co, aun­que tu­vie­se los pies de ba­rro me­ti­dos en una cloa­ca. Y de pron­to se vio con­ver­ti­do en per­so­na­je de­lez­na­ble. Su­po lo que es abrir un pe­rió­di­co y ver­se co­mo sím­bo­lo del bo­chorno na­cio­nal. Su­po qué es el mie­do a sa­lir a la ca­lle, por­que la gente lo in­sul­ta­ba y ame­na­za­ba. Y su­po lo que es es­tar en la cár­cel y te­ner la se­gu­ri­dad de que iba a vol­ver y qui­zá pa­ra siem­pre. Qui­tar­se de en me­dio pu­do ha­ber si­do al­go más que una ten­ta­ción.

Ha­ya si­do cual ha­ya si­do la cau­sa de su muer­te, la co­rrup­ción, los ex­ce­sos y los abu­sos de una épo­ca acia­ga ya tie­nen su víc­ti­ma mor­tal más fa­mo­sa. Y no di­go la pri­me­ra, por­que nun­ca sa­bre­mos cuán­tos ciu­da­da­nos se han qui­ta­do la vi­da al en­con­trar­se sin tra­ba­jo, sin te­cho y sin pan pa­ra sus hi­jos. Han si­do más de uno. Yo co­no­cí a más de uno. Pe­ro no hi­ci­mos no­ti­cia de ellos por­que no se lla­ma­ban Ble­sa ni te­nían su no­to­rie­dad.

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