El rey de la ba­cha­ta se­du­ce a Ga­li­cia

Juan Luis Gue­rra pu­so en pie a 6.500 personas en su con­cier­to de A Co­ru­ña

La Voz de Galicia (Barbanza) - - Al Sol - LAURA G. DEL VA­LLE

Se­rá por eso de que tie­ne más sen­ti­do cla­mar al cie­lo aho­ra, por ca­fé o lo que se ter­cie, que ha­ce 17 años, cuan­do Ga­li­cia era tie­rra de char­cos y agua­ce­ros. Pe­ro lo cier­to es que las 6.500 personas que acu­die­ron ayer al Co­li­seo de A Co­ru­ña pa­ra ver al rey de la ba­cha­ta hi­cie­ron tam­ba­lear los ci­mien­tos del mí­ti­co re­cin­to cuan­do em­pe­zó a so­nar Oja­lá que llue­va ca­fé. No se­rán mu­chos los que pue­dan di­si­mu­lar que ayer no ce­na­ron me­ren­gue ade­re­za­do de Ba­cha­ta ro­sa, pues los asis­ten­tes al con­cier­to de Juan Luis Gue­rra se de­ja­ron las cuer­das vo­ca­les has­ta que la gar­gan­ta no pu­do más.

El he­cho de que la gi­ra To­do tie­ne su ho­ra fue­ra un ho­me­na­je a sus can­cio­nes más so­na­das ayu­dó, sin du­da, a que el pú­bli­co no se es­tu­vie­ra sen­ta­do ni un so­lo se­gun­do. Es más, ni en esas can­cio­nes que a prio­ri son ín­ti­mas. Ya des­de las 22.30 ho­ras, cuan­do dio co­mien­zo el con­cier­to —me­dia ho­ra más tar­de de lo pre­vis­to—, la gen­te co­men­zó a ani­mar­se. Pa­re­cía el fo­so del Co­li­seo La Go­za­de­ra, y que Gue­rra lo ha­bía con­fir­ma­do. Cien­tos de personas de dis­tin­tos pun­tos de La­ti­noa­mé­ri­ca —so­bre to­do, mu­cha pre­sen­cia ve­ne­zo­la­na— ayu­da­ron a que el re­cin­to her­cu­lino se con­vir­tie­ra, aus­pi­cia­do por el ca­lor que se vi­vió ayer por la no­che en A Co­ru­ña, en la gran fies­ta de la sal­sa.

El do­mi­ni­cano, al que mu­chos jó­ve­nes des­cu­brie­ron en el 2010 con el sen­ci­llo Cuan­do me enamo­ro, en el que acom­pa­ña­ba a En­ri­que Igle­sias, hi­zo que un nu­tri­do nú­me­ro de vein­tea­ñe­ros se ani­ma­ran a cru­zar El Niá­ga­ra en bi­ci­cle­ta cuan­do en­fi­la­ba el fi­nal del con­cier­to y las ca­de­ras no da­ban pa­ra más.

Fiel a su es­ti­lo

Acom­pa­ña­do por tre­ce mú­si­cos y dos bai­la­ri­nes que a su vez ha­cían los co­ros, el do­mi­ni­cano se man­tu­vo fiel al es­ti­lo que le ha ca­ta­pul­ta­do a lo más al­to. No de­frau­dó su in­du­men­ta­ria —cha­le­co y bombín, inevi­ta­bles— ni fal­ta­ron alu­sio­nes al ca­ri­ño que le tie­ne a la ciu­dad don­de ayer ac­tua­ba por ter­ce­ra vez ni a su es­po­sa, a la que le com­pu­so la dulce Mi ben­di­ción.

Sin ape­nas des­can­so fue hi­lan­do can­ción y can­ción, lle­gan­do a uno de los pun­tos más ál­gi­dos de la no­che po­co des­pués del tierno mo­men­to en el que se acor­dó de la mu­jer con la que lle­va 30 años com­par­tien­do vi­da. Con Co­mo yo y Wo­man del ca­llao no se dis­tin­guía el fo­so del Co­li­seo de una com­pe­ti­ción de bai­les la­ti­nos. Eso sí, la úl­ti­ma par­te de la no­che fue la más es­pe­cial pa­ra aque­llos que in­vir­tie­ron en­tre 50 y 80 eu­ros por ir a es­te con­cier­to. Si hu­bo que es­pe­rar una ho­ra pa­ra can­tar La Bi­li­rru­bi­na, Vi­vi­ré en tu re­cuer­do pro­vo­có que las pa­re­jas se arri­ma­ran más to­da­vía de lo que lo es­tu­vie­ron du­ran­te to­da la ci­ta. Y lle­gó Bur­bu­jas de amor y to­dos qui­sie­ron ser pe­ces. Has­ta que, con el fi­nal del con­cier­to, Las avis­pas se echa­ron a vo­lar.

ÁN­GEL MAN­SO

El do­mi­ni­cano re­cor­dó el ca­ri­ño que le tie­ne a la ciu­dad, don­de ya ac­tuó tres ve­ces.

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