La va­lla del re­cuer­do de An­grois po­ne los pe­los de pun­ta a los pe­re­gri­nos

La Voz de Galicia (Barbanza) - - A Fondo - XURXO MELCHOR

An­grois es mu­cho más que un nom­bre li­ga­do a la tra­ge­dia. Mu­cho más que una cur­va mal­di­ta y que unas vías de tren que se tor­na­ron ase­si­nas. An­grois es un ba­rrio com­pos­te­lano en el que la vi­da trans­cu­rre con la cal­ma pro­pia de los nú­cleos pe­ri­fé­ri­cos. Es el ho­gar de gen­te que de­mos­tró de so­bra su co­ra­je cuan­do, hace aho­ra cua­tro años, un tren Alvia des­ca­rri­ló y se­gó la vi­da de 80 pa­sa­je­ros. Los ve­ci­nos no du­da­ron en sal­tar a la vía y res­ca­tar a muer­tos y he­ri­dos sin pen­sar ni en su pro­pia se­gu­ri­dad ni en las cicatrices que aque­llas es­ce­nas de­ja­rían en sus al­mas. An­grois tra­ta de pa­sar pá­gi­na, pe­ro no puede. To­do son re­cuer­dos.

La más evi­den­te de esas cons­tan­tes evo­ca­cio­nes de la tra­ge­dia es la va­lla del puen­te que sal­va la vía del tren. Des­de él se tie­ne una vi­sión per­fec­ta de la cur­va mal­di­ta y por él trans­cu­rren con la ca­den­cia len­ta pe­ro cons­tan­te de un go­teo los pe­re­gri­nos que lle­gan a San­tia­go des­de Ourense por la ru­ta co­no­ci­da co­mo el Ca­mino del Su­des­te-Vía de la Pla­ta. Es ca­si im­po­si­ble no de­te­ner­se a mi­rar, por­que la ver­ja es­tá re­ple­ta de re­cuer­dos lle­nos de emo­cio­nes. De la re­ja cuel­gan pul­se­ras, cal­ce­ti­nes, go­rras, guan­tes o ban­de­ras de aquí y de allá. Has­ta hay una de Cór­ce­ga. Son los tri­bu­tos que, co­mo mues­tra de res­pe­to y so­li­da­ri­dad, han que­ri­do de­jar los pe­re­gri­nos en esa es­pe­cie de al­tar en que se ha con­ver­ti­do el via­duc­to. Pe­ro es­te lu­gar no so­lo atrae a aque­llos que van a por su com­pos­te­la, tam­bién los fa­mi­lia­res de las víc­ti­mas cuel­gan aquí flo­res y des­ga­rra­do­res men­sa­jes a sus muer­tos.

La ener­gía que se ha que­da­do gra­ba­da en es­ta va­lla es evi­den­te. Las emo­cio­nes se remue­ven por den­tro al to­car­la. «Se me han pues­to los pe­los de pun­ta», con­fie­sa un hom­bre for­ni­do mien­tras ex­hi­be su bra­zo des­nu­do y sus ve­llos co­mo es­car­pias. «Una co­sa es ver­lo en la te­le y otra es­tar aquí», aña­de uno de sus com­pa­ñe­ros. Son miem­bros de la Gua­rdia Real que ca­da año ha­cen una ru­ta ja­co­bea dis­tin­ta. Es­te año han sa­li­do de Ourense y ad­mi­ten que nun­ca ol­vi­da­rán su pa­so por An­grois.

Otro epi­cen­tro de la me­mo­ria de aquel fa­tal 24 de ju­lio del 2013 es el bar O Te­re. El úni­co de An­grois. Pi­lar Ra­mos lo re­gen­ta y tan­to den­tro co­mo fue­ra de su ba­rra ha es­cu­cha­do tan­tas his­to­rias tris­tes que le han de­ja­do he­ri­das pro­fun­das. No as­pi­ra a ol­vi­dar, pe­ro sí a ate­nuar el do­lor. «A ver se pron­to hai un­ha sen­ten­za e es­ta xen­te po­de po­lo menos des­can­sar un pou­co», afir­ma. No pa­re­ce que ese an­he­lo va­ya a lle­gar pron­to.

X. Á. SO­LER

Una pe­re­gri­na pa­sa an­te la va­lla lle­na de re­cuer­dos en el puen­te so­bre la vía del tren en An­grois. CRÓNICA CUA­TRO AÑOS DES­PUÉS EN EL PUN­TO DE LA TRA­GE­DIA

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