«No he vuel­to a ser el mis­mo»

Es­ta víc­ti­ma del Alvia ha­bla por vez pri­me­ra del im­pac­to, de las se­cue­las y del tra­to re­ci­bi­do

La Voz de Galicia (Barbanza) - - A Fondo - JOR­GE CA­SA­NO­VA

Jo­sé Ma­nuel Váz­quez y Her­mi­nia Fi­guei­ras re­cuer­dan ma­ña­na con una co­mi­da el ac­ci­den­te de An­grois. «Siem­pre lo ce­le­bra­mos. A lo gran­de». Tie­nen tres hi­jas, una en Sin­ga­pur, y va­rios nie­tos. Vie­nen to­dos. Ca­da 24 de ju­lio, des­de aque­lla tar­de del 2013.

Unos días an­tes, es­te hom­bre que cum­pli­rá en no­viem­bre los 72 di­ce es­tar al fin pre­pa­ra­do. Pre­pa­ra­do para con­tar lo que pa­só aquel día: «Me lo pi­die­ron va­rias ve­ces, pe­ro no po­día. Aho­ra creo que ya pue­do». El re­la­to es tan es­tre­me­ce­dor co­mo cual­quie­ra de los que han si­do ca­pa­ces de na­rrar la ma­yo­ría de los su­per­vi­vien­tes del ac­ci­den­te. Vol­vía de Ma­drid, de es­tar con sus hi­jas, acom­pa­ña­do de su mu­jer. «Yo re­cuer­do que vi a unos ni­ños que es­ta­ban ju­gan­do con unas ta­ble­tas y que las ma­le­tas pa­re­cía que iban a caer so­bre ellos. Me le­van­té para evi­tar­lo y... en ese mo­men­to se apa­gó to­do».

Jo­sé Ma­nuel se ex­cu­sa un par de ve­ces a lo lar­go del en­cuen­tro por si no or­de­na bien el re­la­to. Di­ce que des­de el ac­ci­den­te no ha vuel­to a ser el mis­mo. Ve y oye peor que an­tes y a ve­ces ol­vi­da al­gu­nas co­sas. «Pe­ro de aque­llo me acuer­do per­fec­ta­men­te. Me acuer­do de des­per­tar­me y pen­sar: “¡Ac­ci­den­te!”. Y des­pués: “¡Mi nie­to!”». Has­ta el úl­ti­mo mo­men­to es­tu­vo en el plan que uno de sus nie­tos via­ja­ra con ellos a Ga­li­cia, pe­ro fi­nal­men­te se que­dó en Ma­drid. «Y lo ter­ce­ro que pen­sé fue: “¡Mi mu­jer!”».

Re­sul­ta emo­cio­nan­te es­cu­char a Jo­sé Ma­nuel por­que el re­la­to sa­le de su bo­ca con to­da la fuer­za, con to­da la ver­dad. Le tiem­bla un po­co la mano cuan­do la ex­tien­de so­bre la me­sa mien­tras cuen­ta có­mo bus­ca­ba a Her­mi­nia ba­jo las ma­le­tas. No la en­con­tró. Gri­tó, pi­dió au­xi­lio. Un hom­bre­tón se acer­có en me­dio del caos y con­si­guió li­be­rar­lo: «Tam­bién es­ta­ba bus­can­do a su mu­jer. Aún hoy qui­sie­ra sa­ber quién fue». Jo­sé te­nía un hom­bro ro­to y gol­pes por to­do el cuer­po. Aquel hom­bre fue el que con­si­guió sa­car la ma­le­ta que blo­quea­ba a Her­mi­nia: «Y mi mu­jer sa­lió. Yo ha­bía es­ta­do to­do el ra­to en­ci­ma de ella. Me que­dé muy jo­di­do».

Los re­cuer­dos que due­len

Re­fle­xio­na es­te hom­bre so­bre los es­fuer­zos que a ve­ces hay que ha­cer para re­te­ner en la me­mo­ria los buenos mo­men­tos: «Y lo di­fí­cil que es li­brar­se de los ma­los. Aho­ra so­lo re­cuer­do ní­ti­da­men­te lo que más da­ño me hace». Y po­ne sus re­cuer­dos so­bre la me­sa: «Sa­li­mos del va­gón... pi­san­do gen­te». Pen­sa­ron en no ha­cer­lo, re­cuer­da, en no sa­lir. Pe­ro aquel olor a cha­mus­ca­do... «Creía­mos que po­día ar­der to­do». El ma­qui­nis­ta pa­san­do fren­te a ellos: «So­lo de­cía: “¡Ma­dre mía, ma­dre mía!”. Iba zom­bi. To­dos íba­mos zombis». Los cuer­pos amon­to­na­dos: «En círcu­lo. Tan jó­ve­nes». Los ni­ños que llo­ra­ban, los pa­dres que los bus­ca­ban... Her­mi­nia que le pi­dió que le mi­ra­ra la bo­ca, por­que creía que ha­bía per­di­do to­dos los dien­tes: «Le me­tí la mano en la bo­ca y la sa­qué lle­na de ba­rro y cris­ta­les».

Jo­sé Ma­nuel tie­ne diag­nos­ti­ca­do un es­trés pos­trau­má­ti­co cró­ni­co. «No he vuel­to a ser el mis­mo», re­pi­te. Los dos si­guen re­ci­bien­do aten­ción psi­co­ló­gi­ca y él se en­fren­ta a las no­ches con te­mor: «A ve­ces me acues­to llo­ran­do o me des­pier­to de no­che res­ca­tan­do a mi mu­jer».

Cuen­ta Jo­sé que en la ha­bi­ta­ción del hos­pi­tal los vi­si­ta­ron Ra­joy, Fei­joo y Ana Pas­tor, que les di­je­ron que ha­rían lo po­si­ble y lo im­po­si­ble. Cua­tro años des­pués no cree que ha­yan he­cho ni lo uno ni lo otro: «Y eso que soy del PP. Pe­ro es­toy muy de­cep­cio­na­do». En su día les ofre­cie­ron una in­dem­ni­za­ción de unos cin­co mil eu­ros en­tre los dos. La re­cha­za­ron. Des­de en­ton­ces han re­ci­bi­do a cuen­ta de lo que fi­nal­men­te se di­ri­ma al­go menos de diez mil eu­ros. Aun­que el di­ne­ro, di­ce, es lo que menos les im­por­ta.

«Al ma­qui­nis­ta le per­dono»

Él, co­mo ca­si to­das las víc­ti­mas, es muy crí­ti­co con la ac­ti­tud de la Ad­mi­nis­tra­ción: «Yo al ma­qui­nis­ta le per­dono. Es un em­plea­do que tu­vo un fa­llo y me­re­ce una san­ción, pe­ro no car­gar con más de ochen­ta muer­tes». Cree Jo­sé que, si el ma­qui­nis­ta hu­bie­ra muer­to, el asun­to ya es­ta­ría más que arre­gla­do. Y ahí se en­fa­da y desa­rro­lla sus ar­gu­men­tos: la es­ta­fa del AVE que es rá­pi­do en al­gu­nos si­tios y en otros no, se­gu­ro en unos si­tios y en otros no. «Y es cul­pa del que lo tra­jo y del que lo re­ci­bió. Y me in­dig­na que es­tén las co­sas así por­que es di­fí­cil vi­vir con to­da es­ta mier­da». Re­chi­na el exa­brup­to en bo­ca de es­te hom­bre pul­cro y edu­ca­do, que ha es­ta­do va­rias ve­ces al bor­de de las lá­gri­mas. Aho­ra tam­bién, pe­ro de ra­bia.

Mien­tras ha­bla­mos, le lla­ma al mó­vil la hi­ja que ha ve­ni­do de Sin­ga­pur. Jo­sé re­cu­pe­ra la son­ri­sa. To­da la fa­mi­lia al­re­de­dor. Ce­le­bran­do cua­tro años de un se­gun­do na­ci­mien­to. Y el fu­tu­ro ya no lo ve tan ne­gro. «Si me lo pre­gun­ta hace un año, le di­ría que no te­nía nin­gu­na es­pe­ran­za de que se lle­ga­se has­ta el fi­nal. Pe­ro hoy sí. Creo que los nue­vos po­lí­ti­cos van a ayu­dar a que se acla­re, a que se co­noz­ca la ver­dad y se sus­tan­cien res­pon­sa­bi­li­da­des. Des­de lue­go, es nues­tra ilu­sión».

Si­gue con aten­ción psi­co­ló­gi­ca y a ve­ces se des­pier­ta por las no­ches res­ca­tan­do a su mu­jer

MAR­COS MÍGUEZ, MÓ­NI­CA FE­RREI­RÓS

Jo­sé Ma­nuel Váz­quez, en A Co­ru­ña, don­de re­si­de. En la fo­to de aba­jo, el día del ac­ci­den­te de An­grois tras sa­lir del va­gón si­nies­tra­do, acom­pa­ña­do de su mu­jer y un po­li­cía.

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