Ga­li­cia e Ir­lan­da se die­ron la mano en el sex­to Cer­ta­me Folk San­tia­go vi­bra a rit­mo de tra­di­ción

La Voz de Galicia (Barbanza) - - Al Sol - TA­MA­RA MON­TE­RO

La Be­ren­gue­la aca­ba­ba de to­car las seis de la tar­de y A Quin­ta­na ya vi­bra­ba. Ape­nas era un en­sa­yo, pe­ro la emo­ción bri­lla­ba en ca­da una de las son­ri­sas que arran­ca­ba Mi­lla­doi­ro. Sin ilu­mi­na­ción, sin flo­ri­tu­ras, sin ese ha­lo mis­te­rio­so de las no­ches al abri­go de la ca­te­dral, to­ca­ba. To­ca­ba co­mo si se le fue­se la vi­da en ello. Y de­trás, un gru­po de 20 jó­ve­nes dan­za­ba. Y dan­za­ba tam­bién co­mo si se le fue­se la vi­da en ello. Sin el ves­tua­rio, sin las lu­ces, sin la pom­pa del es­pec­tácu­lo. Y el pú­bli­co se agol­pa­ba an­te el es­ce­na­rio del Cer­ta­me Folk. Y se iban los pies al rit­mo de la mú­si­ca. Y se iba una son­ri­sa, un ges­to de sor­pre­sa. Era so­lo un en­sa­yo, pe­ro ya ade­lan­ta­ba lo que es­ta­ba por lle­gar.

Mi­lla­doi­ro, con 40 años de mú­si­ca tra­di­cio­nal a sus es­pal­das, no de­frau­dó. Nun­ca de­frau­da. Ni si­quie­ra en ese en­sa­yo de las seis de la tar­de que fue sus­ti­tui­do po­co des­pués por las lo­cu­ras de Sa­mant­ha, Jo­se­fa y Rino, que te­nía ga­nas de co­rrer. Y con su cuerno mo­les­ta­ba a to­dos. A ma­yo­res y a pe­que­ños. A pe­re­gri­nos des­pis­ta­dos y a los que pe­dían las pri­me­ras cer­ve­zas de una no­che que se pro­me­tía lar­ga. Ha­ku­na Ma­ta­ta era el bro­che fi­nal de una pro­gra­ma­ción in­fan­til que da­ba esa vo­ca­ción fa­mi- liar tan ne­ce­sa­ria en los fes­ti­va­les de mú­si­ca tra­di­cio­nal.

«É im­por­tan­te que ha­xa mú­si­ca de raíz en even­tos des­tas ca­rac­te­rís­ti­cas», afir­ma­ban Lag­har­tei­ras du­ran­te su ac­tua­ción jun­to a Gha­ve­ta. Sim­ple­men­te, para dar vi­si­bi­li­dad del in­men­so pa­tri­mo­nio in­ma­te­rial de Ga­li­cia a ga­lle­gos y tam­bién a tu­ris­tas. Gha­ve­ta y Lag­har­tei­ras pro­pu­sie­ron un via­je so­no­ro por to­das las Ga­li­cias que ate­so­ra es­te país, des­de la cos­ta a la al­ta mon­ta­ña. De sur a nor­te. Has­ta lle­gar muy al nor­te. Al mar de Ir­lan­da, Por­que des­pués de la sin­gla­du­ra mu­si­cal por Ga­li­cia, le lle­gó el turno a la Do­mi­nic Graham School. Su for­ma­ción al com­ple­to se subió al es­ce­na­rio de A Quin­ta­na y bai­ló. Bai­ló uno de los bai­les más com­pli­ca­dos del mun­do, jun­to al ba­llet clá­si­co. Y tam­bién en­se­ñó a bai­lar a to­dos los que se atre­vie­ron a co­ger de la mano a al­guno de los in­te­gran­tes de es­te gru­po. Y en­ton­ces, ca­yó la no­che. Y lle­gó una despedida que te­nía el sa­bor dul­ce del reencuentro.

Vol­vía Mi­lla­doi­ro a un es­ce­na­rio que no ha­bía pi­sa­do du­ran­te un lus­tro. Y lo ha­cía por to­do lo gran­de. Vol­vía esa Ga­li­cia de Mae­loc. Esa «fon­te da que to­dos os mú­si­cos be­bi­mos nal­gún mo­men­to», ex­pli­ca­ba un emo­cio­na­do Xa­bier Díaz. Y arran­có a to­car la le­yen­da. No se lo per­dió ni la Be­ren­gue­la. Que ta­ñó con ellos las on­ce cam­pa­na­das.

PA­CO RO­DRÍ­GUEZ

Ac­tua­ción del gru­po Do­mi­nic Graham School du­ran­te el Cer­ta­me Folk en A Quin­ta­na.

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