«Pai­sa­jes des­pués de la ba­ta­lla»

La Voz de Galicia (Barbanza) - - Barbanza-muros-noia -

Hace ya mu­chos años que el lu­nes si­guien­te al do­min­go que clau­su­ra la Fei­ra Me­die­val noie­sa, me cuel­go de las bar­bas del ama­ne­cer y aso­ma­do a nues­tra ga­le­ría re­cuer­do la no­ve­la de Juan Goy­ti­so­lo que hoy ti­tu­la es­te Ma­xi­ma­lia. No por los per­so­na­jes ni por las mil vi­das ni las mil muer­tes que en el li­bro se viven y se mue­ren, no. Es por el tí­tu­lo. Pai­sa­jes des­pués de la ba­ta­lla. He ahí el pa­no­ra­ma. Los des­po­jos ya­cen so­bre un le­cho de cris­ta­les ro­tos de to­dos los co­lo­res y la pa­ja que fue asien­to y has­ta ca­ma du­ran­te tres días, se ex­tien­de co­mo una al­fom­bra que ho­ras an­tes fue vo­la­do­ra y trans­por­tó cuer­pos y al­mas a otros mun­dos bus­can­do la sa­li­da del la­be­rin­to en el que va­ga­mos cie­gos y sor­dos. La no­che fue lar­ga y lar­ga fue la ba­ta­lla. Por el ca­mino de heno se que­da­ron los estigmas de la ira y de la vio­len­cia. Tam­bién nau­fra­ga­ron en ese mar de los sar­ga­zos se­cos, los mil sue­ños que so­ña­mos a bor­do de un drak­kar vi­kin­go enar­bo­lan­do en sus más­ti­les la sar­cás­ti­ca son­ri­sa de Odín en­ga­za­da en la ne­gru­ra de la muer­te. To­da la ca­lle ema­na un áci­do olor a al­cohol y a vó­mi­to fres­co y, ju­gan­do a las cua­tro es­qui­nas, so­bre­vi­ve el eco de las úl­ti­mas pa­la­bras va­cías y de los be­sos frus­tra­dos.

Cu­bier­tos por la su­cie­dad de los plásticos y los ji­ro­nes de ar­pi­lle­ra, pal­pi­tan los fi­los de las es­pa­das y los em­ble­mas de los es­cu­dos que alum­bra­ron du­ran­te la no­che la hi­dal­guía de ca­ba­lle­ros bo­rra­chos y blas­fe­mos que des­ca­bal­ga­dos en jus­tas tra­gi­có­mi­cas, ro­da­ron por el pa­len­que ahí­tos de vino y de odio. To­do se ha con­su­ma­do, pa­re­ce. Las pa­lo­mas y los go­rrio­nes, apos­ta­dos en los te­ja­dos, es­pe­ran ex­pec­tan­tes una oca­sión se­gu­ra para des­cen­der a aquel mun­do aban­do­na­do por los se­res hu­ma­nos y pro­cu­rar­se el ali­men­to. Un la­men­to des­ga­rra la cor­ti­ni­lla de su­cie­dad que as­cien­de des­de las al­can­ta­ri­llas. Un mo­zo y una mo­za que por sus ves­ti­men­tas pa­re­cen sier­vos de la gle­ba, ga­tean ba­jo una me­sa y a du­ras pe­nas, apo­yán­do­se el uno en el otro, con­si­guen sa­lir de la tram­pa que las ho­ras de un re­loj pa­ra­do te­jie­ron so­bre sus sie­nes. A cua­tro pa­tas ba­jan la ca­lle has­ta mi puer­ta, se mi­ran, se pal­pan y se ha­blan. No con­si­go en­ten­der lo que di­cen. A ga­tas an­dan y des­an­dan sus pa­sos de pe­rros aban­do­na­dos y vuel­ven, una y otra vez, abrién­do­se ca­mino en­tre el de­co­ra­do aba­ti­do, a re­bus­car en el es­ter­co­le­ro su te­so­ro. «Mi ma­dre, me ma­ta. Le cos­tó 600 eu­ros y me lo re­ga­ló ayer por mi cum­ple», far­fu­lla ella. «Ahí te quedas. A sa­ber don­de per­dis­te el iPho­ne», di­ce él ya en pie y tam­ba­leán­do­se. Y ella lo ve en­tre la bru­ma per­der­se ca­lle aba­jo ca­mino del ma­le­cón.

Sen­ta­da a mi puer­ta, la ni­ña que no tie­ne más de quin­ce años, llo­ra aban­do­na­da en te­rri­to­rio enemi­go. No pue­do ayudarla y sien­to su de­rro­ta y su tor­tu­ra ines­pe­ra­da. Tal vez no de­be­ría ha­ber sa­li­do, tal vez sus pa­dres co­mo tan­tos otros no de­be­rían per­mi­tir que aque­lla prin­ce­sa, hoy es­cla­va, ce­rra­se tras de sí la puer­ta de su ca­sa ca­mino de la glo­ria para vol­ver ven­ci­da y en­ca­de­na­da a sus ca­pri­chos. Per­di­do su te­so­ro, con ra­bia re­bus­ca en­tre el es­com­bro has­ta que un ala­ri­do de cris­tal pe­ne­tra en su mano y la san­gre es­pan­ta su do­lor. Hu­ye. Po­co des­pués las man­gue­ras de­vuel­ven la ca­lle al si­glo XXI. Y na­da que­da ya de los pai­sa­jes des­pués de la ba­ta­lla.

ILUSTRACIÓN MATALOBOS

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