¿ C «Los pa­dres creen que si no son muy es­tric­tos, si no cas­ti­gan, edu­ca­rán en el otro ex­tre­mo, en la per­mi­si­vi­dad. No es cier­to»

La Voz de Galicia (Barbanza) - - Galicia - S. C.

ómo se evi­ta que la ado­les­cen­cia no su­pon­ga una ex­plo­sión de vio­len­cia en una ca­sa? Si uno es muy per­mi­si­vo co­rre el ries­go de que con­ver­tir a un hi­jo en un ti­rano; si es es­tric­to, a que la re­bel­día es­ta­lle el día me­nos pen­sa­do. Bi­bia­na In­fan­te Cano, psi­có­lo­ga ex­per­ta en edu­ca­ción, es de­fen­so­ra del «equi­li­brio co­mo al­ter­na­ti­va». Pa­ra ella eso es la Dis­ci­pli­na Po­si­ti­va, de la que es pre­si­den­ta en Es­pa­ña y fun­da­do­ra en Ga­li­cia.

—¿Qué le parece lle­gar a usar un cin­tu­rón con­tra un hi­jo?

—Sue­le ser por mo­de­los de imi­ta­ción. Aun­que el cin­tu­rón es al­go muy lla­ma­ti­vo, el pro­ble­ma lo en­con­tra­mos to­dos los días: los pa­dres creen que si no son muy es­tric­tos, si no gri­tan o cas­ti­gan, edu­ca­rán en el otro ex­tre­mo, en la per­mi­si­vi­dad. Es la ver­ti­ca­li­dad en la edu­ca­ción, que pro­du­ce ni­ños su­mi­sos o re­bel­des, pe­ro en to­do ca­so con di­fi­cul­ta­des pa­ra mu­chas re­la­cio­nes so­cia­les.

—Pe­ro si no hay ver­ti­ca­li­dad, hay ho­ri­zon­ta­li­dad, y eso pro­vo­ca que un hi­jo se vea en ni­vel de igual­dad con sus pro­ge­ni­to­res.

—Nues­tra pro­pues­ta es la ho­ri­zon­ta­li­dad des­de el res­pe­to ha­cia los ni­ños y de los ni­ños ha­cia los pa­dres. No te­ne­mos un con­trol fé­rreo, sino que so­mos los lí­de­res, los que guia­mos y ayu­da­mos, pe­ro des­de el res­pe­to. Edu­car en el pre­mio y el cas­ti­go es efi­caz so­lo a cor­to pla­zo. No­so­tros pro­po­ne­mos otra co­sa que tie­ne un ta­lan­te más pre­ven­ti­vo y que sí ofre­ce lí­mi­tes a los ni­ños, pe­ro ellos se sien­ten es­cu­cha­dos por­que im­por­ta lo que pien­san.

—El ni­ño no quie­re ha­cer los de­be­res. ¿Có­mo con­si­go que los ha­ga con dis­ci­pli­na po­si­ti­va?

—Po­nién­do­nos en su lu­gar («ya sé que no te ape­te­ce»), pe­ro de­jan­do cla­ro que hay que cum­plir las nor­mas («pe­ro tie­nes que ha­cer­los»), y ofre­cien­do al­ter­na­ti­vas («¿có­mo pue­do ayu­dar­te?»), y en­ton­ces el ni­ño opi­na («no los quie­ro ha­cer aho­ra, ¿te parece des­pués de me­ren­dar?»).

—Lle­ga la me­rien­da y pi­de cin­co mi­nu­tos más...

—Pues con pa­la­bras de áni­mo y ca­ri­ño, co­ges al ni­ño de la mano y lo lle­vas a la ha­bi­ta­ción pa­ra que ha­ga los de­be­res. Sin gri­tos.

—¿Y fun­cio­na?

—No se tra­ta de un tru­co. Se tra­ta de creer que tu hi­jo me­re­ce res­pe­to, de po­ner­te en su lu­gar pe­ro a la vez ser fir­me, en­se­ñar­le que hay co­sas que tie­ne que ha­cer aun­que no le gus­ten sin ne­gar sus sen­ti­mien­tos (no decir «¡si los de­be­res son di­ver­ti­dos!», por­que tal vez no lo son pa­ra él). En se­ma­nas se ven re­sul­ta­dos, y cla­ro que hay errores, gri­tos o un ca­che­te, pe­ro sa­bes que es un error y apren­des a evi­tar­lo.

Bi­bia­na pre­si­de la Aso­cia­ción de la Dis­ci­pli­na Po­si­ti­va en Es­pa­ña.

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