Ca­da uno tie­ne su si­tio, y to­dos con­ten­tos

La Voz de Galicia (Barbanza) - - Al Sol - Sa­ra Carreira

Me gus­tan los niños. Me di­vier­ten, me ad­mi­ran, me en­ter­ne­cen. Ten­go dos hi­jas ma­ra­vi­llo­sas, hoy chi­cas, y fue un pri­vi­le­gio ver­las cre­cer. Me en­can­ta­ba ju­gar con ellas en los co­lum­pios o ba­ñar­nos en la pis­ci­na jun­tas. Pe­ro in­clu­so en esa épo­ca re­co­no­cía que mis hi­jas eran mo­les­tas. Y que de­bían ser­lo, ade­más.

¿Có­mo po­día­mos vivir? Sim­ple­men­te no íba­mos a si­tios don­de tu­vie­sen que com­por­tar­se como un adul­to; no lo eran y yo lo asu­mía. An­tes de los cua­tro años no pi­sa­ban ja­más un res­tau­ran­te se­rio y des­pués, cuan­do ya co­mían co­rrec­ta­men­te, nun­ca alar­gá­ba­mos la co­mi­da más de lo ne­ce­sa­rio; pa­ra mí esos mo­men­tos eran un su­pli­cio por­que te­nía mie­do de que mo­les­ta­sen y es­ta­ba to­do el ra­to dán­do­les ór­de­nes en voz ba­ja.

Por eso creo que los ho­te­les de adul­tos a quienes real­men­te be­ne­fi­cian es a las fa­mi­lias con pe­que­ños. Así, si voy con mis tres chu­rum­be­les a un ho­tel y uno me da una noche to­le­da­na, sé que los ocu­pan­tes de al la­do lo en­ten­de­rán, y tal vez ma­ña­na les toque a ellos. Me pue­do re­la­jar si se le­van­tan vein­te ve­ces pa­ra ir al bu­fé du­ran­te la co­mi­da o si co­rren por los pa­si­llos has­ta el as­cen­sor.

Hay al­gu­nos pa­pás y ma­más que no en­tien­den que las mo­ne­rías de su hi­jo no des­pier­tan la ad­mi­ra­ción ge­ne­ral. Pe­ro como so­lía de­cir mi pa­dre, «hay dos cla­ses de niños: los míos y los de los de­más».

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