«Ha­blé con mis pa­dres y les pe­dí que se to­ma­ran un des­can­so de por vi­da, que se de­di­ca­sen a guiar­me»

La Voz de Galicia (Barbanza) - - Deportes -

Le llue­ven ha­la­gos, de esos que se suben a la ca­be­za de cual­quie­ra. Pe­ro a Fe­de le su­je­tan bien los pies al sue­lo: «Ahí ten­go a mi fa­mi­lia ayu­dán­do­me a ges­tio­nar es­to que nun­ca es fá­cil pa­ra un jo­ven de 19 años». —¿Có­mo se en­gan­chó al fút­bol? —De chi­qui­to arran­cas ju­gan­do pa­ra di­ver­tir­te. Hoy si­gues ha­cién­do­lo, pe­ro la res­pon­sa­bi­li­dad ha cre­ci­do. Me crie en un ba­rrio en el que al fút­bol se jue­ga en la ca­lle, aun­que lue­go ten­gas que ir a en­tre­nar. A la vuel­ta del co­le­gio nos jun­tá­ba­mos pa­ra ju­gar, esos eran los mo­men­tos más bo­ni­tos pa­ra mí. —¿Ser pro­fe­sio­nal de es­to fue siempre su úni­ca op­ción? —No quie­ro men­tir. Te voy a de­cir que el es­tu­dio es im­por­tan­te, aun­que siempre mi ca­be­za es­tu­vo en el fút­bol. De ni­ño, como me gus­tan los ani­ma­les, te­nía tam­bién la ilu­sión de ser ve­te­ri­na­rio. —Cuen­tan que no fue­ron unos co­mien­zos fá­ci­les. —De ni­ño me to­có su­frir eco­nó­mi­ca­men­te y eso so­lo ha­ce que va­lo­re más el sa­cri­fi­cio que tu­vie­ron que ha­cer mi ma­dre y mi pa­dre pa­ra per­mi­tir­me en­tre­nar. Un día ha­ble con ellos y les pe­dí que se to­ma­ran su des­can­so de por vi­da, que de­ja­ran de tra­ba­jar, y se de­di­ca­sen a guiar­me, que dis­fru­ta­sen más en fa­mi­lia. —¿Cuán­do se die­ron cuen­ta de que va­lía, que iba a vivir de es­to? —Mi pa­dre ju­gó al fút­bol, tie­ne ex­pe­rien­cia y des­de pe­que­ño me di­jo que me veía con bue­nas cua­li­da­des pa­ra es­te deporte. Me di­jo que me es­for­za­se, que ellos iban a apo­yar­me. —¿Qué le vio? —Me vio buen pa­se, que era bueno crean­do. Él fue el pri­me­ro en de­cir­me que con eso no bas­ta­ba, que ade­más ha­bía que es­for­zar­se y co­rrer. Que ne­ce­si­ta­ba te­ner ac­ti­tud. Hay que co­rrer, pe­ro no so­lo por uno, tam­bién por los com­pa­ñe­ros, por­que sa­bes que ellos es­tán co­rrien­do por ti. —Le ca­ló el men­sa­je. Abar­ca un mon­tón de cam­po. —Sí. A ve­ces es­toy muy can­sa­do, pe­ro pien­so «ten­go que se­guir co­rrien­do». Ahí den­tro so­mos her­ma­nos, te­ne­mos que de­fen­der­nos el uno al otro. —¿Se ve ju­gan­do el Mun­dial? —Des­pa­cio. Soy jo­ven. Si tu­vie­ra la opor­tu­ni­dad se­ría una emo­ción tre­men­da, pe­ro es­to re­cién arran­ca. —De Uru­guay re­sis­te el tó­pi­co de la ga­rra, como aquel de la fu­ria es­pa­ño­la. Us­ted es de los que aban­de­ran al­go más que eso. —Uru­guay tie­ne una ac­ti­tud dis­tin­ta. Ca­da ju­ga­dor se sa­cri­fi­ca por el país. So­mos un país tan chi­qui­to con tan­tos ju­ga­do­res... To­dos con esa ga­rra. Yo ten­go el po­ten­cial de desa­rro­llar un jue­go más téc­ni­co, pe­ro me que­da mu­cho por me­jo­rar tam­bién ahí.

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