Dis­cu­tir siem­pre es un gran pla­cer

La Voz de Galicia (Barbanza) - - Al Sol - INÉS REY Ca­ri­ño Or­ti­guei­ra O Vi­ce­do

No sé si pa­sa en to­das las fa­mi­lias o so­lo en mi ca­sa, que lle­va­mos en el ADN el gen de la bron­ca, pe­ro no­so­tros dis­cu­ti­mos. Por to­do. To­dos los días. Cuan­do apa­re­ce al­gún cu­ña­do, en­ton­ces nos vol­ve­mos lo­cos de fe­li­ci­dad por po­der dis­cu­tir con un fo­rá­neo sin con­san­gui­ni­dad y se mon­tan unas me­lés es­tu­pen­das. Bas­ta que al­guien pre­gun­te inocen­te­men­te el do­min­go si la tor­ti­lla que po­ne mi ma­dre en la me­sa lle­va o no ce­bo­lla pa­ra que se for­men dos ban­dos irre­con­ci­lia­bles. Es­to de los ban­dos es así des­de la más tier­na in­fan­cia, por­que cuan­do uno as­pi­ra a con­ver­tir­se en dis­cu­ti­dor pro­fe­sio­nal, tie­ne que em­pe­zar pron­to y con lo que ten­ga más a mano, que sue­len ser los her­ma­nos. No­so­tros éra­mos cin­co y siem­pre es­tá­ba­mos em­pa­ta­dos (por­que en to­das las fa­mi­lias tam­bién hay un cas­co azul, un vo­tan­te del Par­ti­do Fe­liz, uno que nos quie­re mu­chos a to­dos y por eso no se me­te, un co­bar­de). Mis hi­jos tie­nen la suer­te de ser dos, ni­ño y ni­ña, el ying y el yang, el sí y el no. Des­de que ella em­pe­zó a ha­blar en­con­tró en su her­mano el alia­do per­fec­to. Si a él le gus­ta el Dé­por, ella es del Bar­sa; si ella po­ne Pep­pa Pig, él pre­fie­re la Pa­tru­lla Ca­ni­na; si ella can­ta Des­pa­ci­to, él se arran­ca con Sú­be­me la ra­dio; si pe­di­mos una Fan­ta pa­ra los dos, él la quie­re de na­ran­ja y ella de li­món; si les doy la mano pa­ra cru­zar, los dos quie­ren la misma. Su padre y yo in­ten­ta­mos ex­pli­car­les lo es­tre­san­tes que pue­den lle­gar a ser, pe­ro co­mo na­da cun­de más que el ejem­plo, ba­ja­mos al barro y ba­jo sus inocen­tes mi­ra­das em­pe­za­mos a imi­tar­los en la te­rra­za del bar del pue­blo. Yo una ca­ña, yo un ver­mú, ah, pues yo tam­bién ver­mú, eres un co­pión, y tú una chi­va­ta, me re­bo­ta y ex­plo­ta, ca­lla que te hue­len los pies, ¿qué has di­cho?, que te hue­len los pies que lo di­ce tu ma­dre, oye a mi ma­dre no la me­tas, sí que la meto que ha­ce la tor­ti­lla con ce­bo­lla a trai­ción y a mí no me gus­ta, an­tes te gus­ta­ba, an­tes no es aho­ra, de­vuél­ve­me el me­che­ro, a ver si le lle­gas. Y en es­tas es­ta­mos cuan­do apa­re­ce Ella. Otra vez. Otro ve­rano más. Con su pa­me­la y su caf­tán de di­se­ño. Con sus niños idea­les. Con su Po­cho­lo bus­cán­do­le una me­sa a la som­bra. «Hay que ver, chi­ca, es­tás igual de lo­ca que el año pa­sa­do». Ma­dre Per­fec­ta is back.

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