No sin las fa­ne­que­ras

La Voz de Galicia (Barbanza) - - Al Sol - ISAAC PEDROUZO Ca­ri­ño Or­ti­guei­ra O Vi­ce­do San Ci­brao Bu­re­la

En la vi­da exis­ten tres ti­pos in­có­mo­dos de «ex»: el exa­mi­go, la ex­no­via y el ex­her­mano. Sin un or­den es­pe­cí­fi­co.

Mi her­mano y yo de­ja­mos de ser fa­mi­lia un día de agos­to del 86. En reali­dad no de­ja­mos de ser fa­mi­lia, hay un pa­pel guar­da­do en al­gu­na par­te que te une a cier­tas per­so­nas to­da tu vi­da. La ver­dad es que so­lo de­ja­mos de ser her­ma­nos.

La ob­se­sión pa­to­ló­gi­ca y he­re­di­ta­ria de mi pa­dre por usar cal­ce­ti­nes pa­ra ba­jar a la pla­ya, dispu­taba dia­ria­men­te un com­ba­te a muer­te -siem­pre sin ven­ce­dor fi­nal- con lo ob­ce­ca­do de mi ma­dre por­que usá­se­mos fa­ne­que­ras in­clu­so pa­ra ir al ba­ño del chi­rin­gui­to. Aho­ra ya se usan has­ta pa­ra ir a gran­des fes­ti­va­les de ve­rano.

Co­mo si fué­se­mos pro­ta­go­nis­tas de The Sims en la vi­da real que re­ci­ben or­de­nes con un so­lo clic, cier­tos com­por­ta­mien­tos ve­nían con la iner­cia del día an­te­rior, pe­ro cuan­do uno es ni­ño nun­ca ol­vi­da esa sen­sa­ción de pe­que­ña re­vo­lu­ción. El ries­go emo­cio­nan­te de ser in­su­mi­so. Mi her­mano ma­yor y yo de­ci­di­mos apro­ve­char esa me­dia ho­ra de som­no­len­cia tras el bo­ca­di­llo de me­dio­día que mi ma­dre te­nía a me­dio ca­mino en­tre la fa­se REM y la ba­ba en la toa­lla. Nos qui­ta­mos las fa­ne­que­ras co­lor car­ne —si es que eso es un co­lor— y co­rri­mos ha­cia la ori­lla co­mo dos ja­ba­líes: mi­ran­do al sue­lo y lle­ván­do­nos por de­lan­te cual­quier co­sa o per­so­na que hu­bie­se en el ca­mino.

Pe­ro no to­das las re­vo­lu­cio­nes ter­mi­nan bien. No to­dos so­mos Rick Dec­kard. En la ter­ce­ra pa­ta­da a la es­pu­ma de la ori­lla no­té co­mo una agu­ja me atra­ve­sa­ba la plan­ta del pie. Lo sen­tí has­ta en las ore­jas. En los ojos. Do­lía más que la pi­ca­du­ra de aque­lla avis­pa gor­da el día an­te­rior. Gri­té. Gri­té im­po­ten­te, co­mo el que no sa­be qué ha­cer. Mis pa­dres acu­die­ron al se­gun­do. Mi­ra­ron mi pie. Mi­ra­ron a mi her­mano. «Tie­nes que mear­le en­ci­ma, eso ali­via­rá el do­lor». A pe­sar de que la idea era lo con­tra­rio a cual­quier so­lu­ción atrac­ti­va, ac­ce­dí a ser mea­do de­trás de las ro­cas don­de los ado­les­cen­tes se es­con­dían a fu­mar.

El bál­sa­mo fue ca­si ins­tan­tá­neo. La hu­mi­lla­ción del que mea y la del que es mea­do no tie­ne nin­gún ti­po de perdón. Mi her­mano y yo de­ja­mos de ser her­ma­nos ese día. Aho­ra, al me­nos, po­de­mos mi­rar­nos a la ca­ra.

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