Los días, las ho­ras dul­ces

La Voz de Galicia (Barbanza) - - La Voz De Barbanza -

Eso tam­bién pa­só. Ese tiem­po azul en el que los relojes arru­lla­ban la tar­de en­gan­cha­da co­mo un pez de co­lo­res en sus agu­jas. Aquel cie­lo lim­pio en el que, si te de­te­nías a ob­ser­var su trans­pa­ren­cia, po­días adi­vi­nar el vue­lo de los án­ge­les yen­do de aquí pa­ra allá ha­cien­do re­ca­dos pa­ra su amo. Aquel pre­sen­te que, gi­ran­do en me­dio de la na­da co­mo un la­go in­grá­vi­do, ves­tía de glo­ria nues­tras lá­gri­mas. No éra­mos los Ni­ños per­di­dos de Pe­ter Pan ni los se­cues­tra­dos por el cruel Stróm­bo­li de Pi­no­cho. Na­da ha­bía in­su­pe­ra­ble y has­ta el ham­bre y el de­seo que arra­sa­ron la tie­rra en aque­llas ho­ras, si al­go nos de­ja­ron, fue una his­to­ria que con­tar.

Pro­ba­ble­men­te me equi­vo­que, de­ben ser co­sas de vie­jo, pe­ro in­tu­yo que los ni­ños de hoy so­lo ten­drán su prehis­to­ria. La que ocu­rrió an­tes de dar el pri­mer pa­so y de ar­ti­cu­lar sus pri­me­ra pa­la­bra. Des­pués de eso, se aca­bó la in­fan­cia. Lle­ga­dos a ese cru­ce de ca­mi­nos, co­mien­za la com­pe­ti­ción. To­dos desean lo mis­mo, co­men lo mis­mo, be­ben lo mis­mo. Y el ave de ra­pi­ña, la ob­se­sión del di­ne­ro, ani­da al al­ba en sus co­ra­zo­nes. Las pri­sas sin ob­je­to, la ur­gen­cia de vi­vir, el de­seo de mi­me­ti­zar­se en sus hé­roes de car­ne y hue­so, na­da tie­nen que ver con El Ca­pi­tán Trueno, El Gue­rre­ro del An­ti­faz o El Ca­cho­rro. Ali­cia, cla­ro es­tá, ya no vi­ve aquí y Blan­ca­nie­ves ha si­do ab­sor­bi­da por los sie­te pe­ca­dos ca­pi­ta­les. El Ma­go de Oz no vuel­ve de su via­je más allá del ar­co iris y Ca­pe­ru­ci­ta Ro­ja pa­sea por el bos­que re­par­tien­do pro­pa­gan­da del pros­tí­bu­lo del Lo­bo.

An­te­ayer vi una foto en Fa­ce­book. Una ins­tan­tá­nea de una pri­me­ra co­mu­nión de los años 50. El co­mul­gan­te pri­me­ri­zo se ha­lla sen­ta­do a la me­sa del co­me­dor de su ca­sa ro­dea­do por ocho ami­gos. Ca­da ni­ño tie­ne an­te sí una ta­za de cho­co­la­te y un pla­to con chu­rros. Tam­bién —lo re­co­men­da­ban los mé­di­cos— una co­pi­ta de vino qui­na­do. Y la sen­ci­llez lim­pia de un man­tel blan­quí­si­mo. Hoy eso es im­pen­sa­ble. Las co­mu­nio­nes se han con­ver­ti­do en bo­das en las que se no­ta cla­ra­men­te el afán por su­pe­rar la que un año an­tes ce­le­bró el ve­cino. Las me­sas es­tán in­va­di­das por adul­tos y a un la­do, los ni­ños que ape­nas han co­mi­do na­da, jue­gan con sus ta­ble­tas y mó­vi­les a la gue­rra de las ga­la­xias. Una foto, qué di­go una foto, un sel­fie con pa­pá y ma­má y un Do­nuts que a mí esa tar­ta no me gus­ta... y vuel­ta a pa­sar otra pan­ta­lla con­ver­ti­do en hé­roe es­pa­cial. Po­dría se­guir con es­te can­to a la de­s­es­pe­ran­za y al des­con­sue­lo pe­ro no de­bo ha­cer­lo ni pue­do por­que to­dos, ¡qué es­tú­pi­dos! he­mos co­la­bo­ra­do en la cas­tra­ción de la fe­li­ci­dad. Lo com­pren­dí no ha­ce mu­cho al pa­sar fren­te a una pas­te­le­ría. Caí en la cuen­ta de que nin­gún ni­ño mi­ra­ba apo­yan­do sus ma­nos y su bo­ca en el es­ca­pa­ra­te co­mo ha­cía­mos no­so­tros. Cu­rio­seé y vi que en el mos­tra­dor ha­bía dos mu­je­res y un hom­bre que en­se­gui­da fue­ron des­pa­cha­dos. Re­cor­dé co­mo hu­bo un tiem­po en el que nos re­la­mía­mos an­te la puer­ta de don Fer­mín Hi­dal­go, y al vue­lo los sen­ti­dos de­vo­ra­ban el aro­ma del ho­jal­dre, la cre­ma o el ca­be­llo de án­gel re­cién na­ci­do. Nos mi­rá­ba­mos los unos a los otros y so­ñá­ba­mos con el día en el que, por ser fies­ta, al­guno de aque­llos pas­te­les es­tu­vie­ra a nues­tro al­can­ce. He­mos avan­za­do, sí. Pe­ro he­mos aban­do­na­do lo me­jor de no­so­tros mis­mos. La dul­ce ale­gría de vi­vir.

ILUSTRACIÓN MATALOBOS

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