Ma­dre per­fec­ta siem­pre apa­re­ce

La Voz de Galicia (Barbanza) - - Al Sol - INÉS REY Ca­ri­ño Or­ti­guei­ra O Vi­ce­do

Pa­ra el de­por­te uno na­ce, no se ha­ce. Y yo ni na­cí ni me hi­ce. Re­cuer­do su­dar an­tes y no du­ran­te las cla­ses de gim­na­sia (en mi épo­ca se lla­ma­ba así, gim­na­sia, na­da de edu­ca­ción fí­si­ca), pe­ro por el pa­vor que me da­ban el plin­to, el po­tro, las ca­rre­ras con va­llas y las se­ries de vol­te­re­tas. Don­de mis com­pa­ñe­ros veían una opor­tu­ni­dad mag­ní­fi­ca de dar rien­da suel­ta a sus ha­bi­li­da­des y des­car­gar ten­sión, to­da la que se po­día te­ner en la EGB, yo, a mis tier­nos y an­gus­tio­sos 9 años, so­lo veía cue­llos ro­tos, le­sio­nes me­du­la­res y dien­tes es­tam­pa­dos en aque­llos ele­men­tos de tor­tu­ra. Tan inú­til era, que le di­je a mi pa­dre que que­ría ob­je­tar, co­mo una com­pa­ñe­ra que con­tó un día que sus pa­dres eran hip­pies y no es­ta­ban casados y la tu­vie­ron to­do el cur­so ha­cien­do cru­ci­gra­mas en la ho­ra de re­li­gión. No de­bí de fun­da­men­tar bien la pe­ti­ción, o se lo de­bí de con­tar por el oí­do del que no oye, por­que no so­lo no ad­mi­tió mi ob­je­ción de con­cien­cia, sino que me apun­tó a ju­do y a natación.

Li­be­ra­da de la es­cla­vi­tud de­por­ti­va cuan­do aca­bé el co­le­gio, vi­ví unos años de tran­qui­li­dad has­ta que co­no­cí a mi ma­ri­do. Al prin­ci­pio iba to­do muy bien, ha­cía­mos co­sas de no­vios nor­ma­les, co­mo ir al ci­ne, a ce­nar o acom­pa­ñar­lo a ha­cer­se una gas­tros­co­pia por­que le do­lía el es­tó­ma­go. Pe­ro eso del enamo­ra­mien­to du­ra unos quin­ce días, se­gún el úl­ti­mo es­tu­dios de la Uni­ver­si­dad de Chica­go, así que lue­go hay que bus­car in­tere­ses co­mu­nes, com­pli­ci­dad, for­ta­le­cer los la­zos. Y, cla­ro, le dio por el de­por­te. Él pro­po­nía y yo dis­po­nía. «Va­mos a ju­gar al golf». «No, que es de pi­jos». «¿Vela?». «No, que me ma­reo». «¿Y pá­del?». «No, que me pe­sa la ra­que­ta”. Así se nos han pa­sa­do los úl­ti­mos diez años, él re­sig­na­do a mi se­den­ta­ris­mo pa­to­ló­gi­co y yo ago­tán­do­me con so­lo mi­rar­lo. Aun­que es­te ve­rano me la ha ju­ga­do de ver­dad. Apro­ve­chan­do mi cum­plea­ños y que en el pue­blo se han pues­to mo­der­nos, me ha re­ga­la­do un cur­so de padd­le surf. «Es pá­del, pe­ro sin ra­que­ta. No hay ex­cu­sas». «El cur­so es pa­ra cua­tro», le di­go. “No po­de­mos ir, que nos fal­tan dos”. Son­ríe, co­mo so­lo lo ha­cen los que sa­ben que lle­van las de ga­nar. «Los ve­ci­nos se apun­tan con no­so­tros. Em­pe­za­mos ma­ña­na». Padd­le surf y Ma­dre Per­fec­ta. Quie­ro mo­rir.

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