Vi­da de un Don Na­die

La Voz de Galicia (Barbanza) - - Relatos De Verán -

Na­cí en 1918. Mi pa­dre se de­di­ca­ba a fae­nar con una pe­que­ña em­bar­ca­ción, de nom­bre Bré­te­ma, mien­tras mi ma­dre nos sa­ca­ba ade­lan­te a mis cin­co her­ma­nos y a mí. Cuan­do es­ta­lló la gue­rra, aca­ba­ba de cum­plir la ma­yo­ría de edad. Me en­via­ron al fren­te. El quin­ce de fe­bre­ro de 1937, a me­dio­día, una ba­la me al­can­zó en el pe­cho. Fa­lle­cí tan solo unos mi­nu­tos des­pués, en­tre el fue­go cru­za­do, a ori­llas del Ja­ra­ma. Esa mis­ma noche, vol­ví a le­van­tar­me.

Al abrir los ojos, una vez re­cu­pe­ra­do de la im­pre­sión, des­cu­brí dos mar­cas en mi cue­llo, a la al­tu­ra de la yu­gu­lar. No eran he­ri­das de gue­rra. Al­go (o al­guien) me ha­bía mor­di­do, con­vir­tién­do­me en vam­pi­ro. Nun­ca he con­se­gui­do ave­ri­guar por qué, de en­tre todos los caí­dos aque­llos días, me to­có a mí, un don na­die, trans­for­mar­me en tal cria­tu­ra, si fue pre­me­di­ta­do o fru­to del azar.

Los pri­me­ros años re­sul­ta­ron di­fí­ci­les. El mun­do an­da­ba re­vuel­to. Y yo tu­ve que apren­der a ocul­tar­me del sol y a cal­mar la sed. Dor­mía de día, por las no­ches in­ten­ta­ba acos­tum­brar­me a mi nue­va con­di­ción. Ca­za­ba pe­que­ños ani­ma­les. Al­gu­na vez tam­bién per­so­nas, es cier­to, pe­ro nun­ca na­die que no lo hu­bie­se me­re­ci­do.

Ha­cia la dé­ca­da de los ochen­ta las co­sas em­pe­za­ron a ir me­jor. Es­ta­ba ple­na­men­te

JOAQUÍN TO­RRES CAL­DAS 37 años. Fun­cio­na­rio en la Ad­mi­nis­tra­ción de Jus­ti­cia.

adap­ta­do a la vi­da noc­tur­na. Lle­gué a enamo­rar­me de una ar­tis­ta que ha­bía ve­ni­do a la ca­pi­tal pa­ra to­car en un gru­po de rock. Con­si­guie­ron cier­to éxi­to. In­clu­so lle­ga­ron a so­nar en la ra­dio. Éra­mos fe­li­ces, hasta que em­pe­zó a pre­gun­tar­me por qué el tiem­po no ha­cía me­lla en mi cuer­po igual que en el su­yo. Me aban­do­nó, asus­ta­da. Ja­más lo­gré re­cu­pe­rar­me.

Ten­go ca­si cien años y el as­pec­to de un mu­cha­cho. He vis­to en­ve­je­cer y mo­rir a de­ma­sia­dos ami­gos. Es­toy can­sa­do y me en­cuen­tro solo. Por ese he de­ci­di­do vol­ver al nor­te, la tie­rra don­de cre­cí, y sen­tar­me de ma­dru­ga­da en es­te ban­co de Loi­ba, a los pies del Atlán­ti­co. El mar me gus­ta. El olor a sa­li­tre y el vai­vén de las olas me traen re­cuer­dos agra­da­bles. Hace mu­cho tiem­po que no con­tem­plo un ama­ne­cer y el de es­te lugar tie­ne fa­ma de ser el me­jor del mun­do.

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