An­drea

La Voz de Galicia (Barbanza) - - Relatos De Verán -

Es­toy ro­to por el do­lor, el des­pre­cio, la in­gra­ti­tud y no ser ca­paz de com­pren­der qué ha pa­sa­do, cuál ha si­do mi cul­pa. To­do ha cam­bia­do de un día pa­ra otro. Ayer to­do era ale­gría y fe­li­ci­dad, hoy to­do es des­dén. Nos co­no­ci­mos una tar­de en el par­que. Una de esas tar­des que idea­li­zan los poe­tas en ri­pios lle­nos de ra­yos de sol, nu­bes y flo­res. Co­nec­ta­mos en­se­gui­da. An­drea era ya una ni­ña que pro­me­tía ser mu­jer. Lle­va­ba un pan­ta­lón va­que­ro, una ca­mi­se­ta y una son­ri­sa por to­da in­du­men­ta­ria. Es­ta­ba con su ma­dre so­bre una man­ta en la hier­ba. Su ma­dre leía y ella ju­ga­ba. Cuan­do la vi no du­dé en acer­car­me pa­ra ju­gar. Du­ran­te un se­gun­do me mi­ró sor­pren­di­da y al si­guien­te me mos­tró aque­lla son­ri­sa que apar­ta­ba las nu­bes. Ju­ga­mos has­ta que la cer­ca­nía de la no­che nos se­pa­ró. A aquel día lo si­guie­ron días, me­ses y años ju­gan­do siem­pre jun­tos en el par­que. Con una mi­ra­da sa­bía­mos qué pen­sa­ba el otro. Jun­tos ju­ga­mos, co­rri­mos y nos ti­ra­mos en la hier­ba ro­dan­do mien­tras reía­mos ren­di­dos. Éra­mos inseparables.

Pa­ra mí, An­drea era jue­gos, ri­sa, ca­ri­ño. Lo era to­do. Pe­ro se aca­bó. La ale­gría de­jó pa­so a la tris­te­za y al do­lor de la in­gra­ti­tud. Hoy, co­mo siem­pre, es­pe­ra­ba verla en el par­que. Y la vi. Pa­só a mi la­do sin ha­cer­me ca­so, acom­pa­ña­da de un chi­co que aca­pa­ra­ba to­da su aten­ción. Cuan­do, pen­san­do que no me ha­bía vis­to, hi­ce ade­mán de acer­car­me, An­drea se li­mi­tó a

JE­SÚS MA­NUEL ARNOSO BA­RRO 56 años. A Co­ru­ña. Sol­da­dor.

sa­lu­dar con la mano y vol­ver­se ha­cia al chi­co con ges­to de tí­mi­da ado­ra­ción. Yo me que­dé cla­va­do en el sue­lo sin sa­ber qué ha­cer. De re­pen­te ya no era na­die. An­drea ya no re­cuer­da los jue­gos com­par­ti­dos y las ale­grías.

Ya no re­cuer­da las tar­des jun­tos. Ni cuan­do la de­fen­dí de aquel ani­mal que qui­so ro­bar­le la bi­ci­cle­ta y me in­ter­pu­se en­tre aquel ma­tón y ella sin im­por­tar­me la di­fe­ren­cia de ta­ma­ño; An­drea era mi ami­ga y na­die la po­día ata­car im­pu­ne­men­te. Me ga­né un par de gol­pes, pe­ro me sa­lí con la mía. Las ca­ri­cias de An­drea ali­via­ron el do­lor. Pe­ro la eter­na gra­ti­tud que me pro­me­tió en­ton­ces se es­fu­mó. Aho­ra so­lo tie­ne ojos pa­ra ese mu­cha­cho que va con ella y me mira con des­dén. An­drea ya no quie­re sa­ber na­da de mí. ¿Dón­de que­dan la amis­tad, el ca­ri­ño y la gra­ti­tud? Pe­ro cla­ro, aquel mu­cha­cho es sim­pá­ti­co y gua­po y yo... yo so­lo soy un po­bre yorks­hi­re.

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