Fes­ti­va­les de ve­rano

La Voz de Galicia (Barbanza) - - Al Sol - ISAAC PEDROUZO Ca­ri­ño Or­ti­guei­ra O Vicedo

En reali­dad no exis­te pre­mio su­fi­cien­te que con­sue­le el es­fuer­zo de to­do un año. Ni si­quie­ra esas vacaciones que tu te­lé­fono ni tu mail son ca­pa­ces de co­ger. Tam­po­co esa ce­na del cur­so de zum­ba que creís­te in­ter­mi­na­ble. Uno ya ni aguan­ta el ata­que del ter­cer cu­ba­ta.

Aho­ra que los fes­ti­va­les mu­si­ca­les tie­nen más de fes­ti­vo que de mú­si­ca, se han con­ver­ti­do en el plan per­fec­to, el pre­mio ideal, for­man­do un cock­táil de di­se­ño per­fec­to mez­cla de mú­si­ca, tu­ris­mo, al­gu­na dro­ga y mu­cho, mu­cho al­cohol. No sé qué na­ri­ces ha­go aquí sen­ta­do y no me voy a uno.

Sí lo sé, la ver­dad. Des­de mi pri­mer fes­ti­val to­dos me pa­re­cen el mis­mo, co­mo con las pe­lí­cu­las de so­bre­me­sa de los do­min­gos: so­lo veo el prin­ci­pio y el fi­nal, siem­pre me duer­mo en el trans­cur­so. Así creo ha­ber­las vis­to to­das.

Me pa­só aquel ju­lio en el Con­tem­po­pra­nea (Ba­da­joz). Lle­ga­mos al pri­mer con­cier­to de las sie­te de la tar­de con 50 eu­ros en la mano sen­ten­cia­dos a com­prar tic­kets y co­ger ese pun­to ex­tra que te dan las co­pas y te ha­ce es­tar más re­cep­ti­vo que un lu­nes por la ma­ña­na. Vi­mos el pri­mer gru­po dis­fru­tan­do ca­da can­ción, co­men­tan­do con des­co­no­ci­dos la ju­ga­da co­mo crí­ti­cos mu­si­ca­les ex­per­tos im­pa­cien­tes es­pe­ran­do que sa­lie­sen Los Pla­ne­tas, ese gru­po que du­ran­te años pu­so ban­da so­no­ra a to­dos los mo­vi­mien­tos de mi vi­da.

De­ma­sia­do tiem­po has­ta que lle­ga­se la ho­ra. Per­dí la no­ción de lo que su­ce­día a mi al­re­de­dor y to­do era un cú­mu­lo de lu­ces, gui­ta­rra­zos y bai­les desin­cro­ni­za­dos, has­ta que una mano en el hom­bro me gi­ró ha­cia el es­ce­na­rio y me pa­re­ció ver al gru­po gra­na­dino. Des­pués to­do en blan­co. Vol­ví a la cons­cien­cia de ca­mino al cám­ping sor­tean­do co­ches en una ca­rre­te­ra ge­ne­ral.

La­men­té la pe­na de que mi -en­ton­ces­gru­po fa­vo­ri­to no hu­bie­sen to­ca­do La ca­ja del dia­blo. To­dos, al uní­sono, es­cu­pie­ron una car­ca­ja­da tal que po­dría ase­gu­rar lle­gó a los oí­dos del can­tan­te: «Fue la pri­me­ra can­ción del con­cier­to Isaac». Ba­jé la ca­be­za aver­gon­za­do y tra­té de re­com­po­ner la no­che en mi ca­be­za. Na­da. Na­da de na­da. Vol­ví a al­gún otro fes­ti­val con el mis­mo re­sul­ta­do. Qui­zás no sir­vo pa­ra es­to. Qui­zás de­be­ría con­for­mar­me con las pe­lí­cu­las de so­bre­me­sa de los do­min­gos.

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