La ri­sa de Jean­ne

La Voz de Galicia (Barbanza) - - La Voz De Galicia - Mi­guel-An­xo Mu­ra­do

Fue ha­ce unos años. Ha­bían in­vi­ta­do a Pi­lar a una ce­na en la em­ba­ja­da fran­ce­sa en Ma­drid y yo la acom­pa­ñé. A la de­re­cha del em­ba­ja­dor, co­mo un ob­je­to de cul­to, se sen­ta­ba Jean­ne Mo­reau. En­ton­ces ha­bría cum­pli­do ya los ochen­ta pe­ro era im­po­si­ble no re­co­no­cer­la, por­que aun­que la vis­ta en­ve­je­ce, la mi­ra­da no. Allí es­ta­ba el icono de la Nou­ve­lle va­gue fran­ce­sa, que ha fa­lle­ci­do es­tos días.

La Nou­ve­lle va­gue fue un ex­pe­ri­men­to. Ex­pli­ca­do mal y pron­to, con­sis­tió en de­jar el ci­ne en ma­nos de los crí­ti­cos y los ci­né­fi­los y ver qué pa­sa­ba. Lo que pa­só fue­ron unos cuan­tos ro­lla­zos im­pre­sio­nan­tes y un pu­ña­do de obras maes­tras. Aque­lla Nue­va ola, co­mo su­ce­de con ca­si to­do lo que lle­va la eti­que­ta de «nue­vo», no lo era en reali­dad. Su te­ma era la as­fi­xia y el te­dio que han sen­ti­do siem­pre en to­das las épo­cas los jó­ve­nes que lo tie­nen to­do. Por eso a ve­ces el re­sul­ta­do era un tan­to im­pos­ta­do. Roger Va­dim, por ejem­plo, que fue ma­ri­do de Bri­git­te Bar­dot y de Ja­ne Fonda, y pa­re­ja de Cat­he­ri­ne Deneuve, pre­ten­día con­ven­cer­nos de que la vi­da es un va­cío an­gus­tio­so, el ti­po lis­to.

En úl­ti­mo ex­tre­mo, aquel ci­ne de nicotina, ca­feí­na y ben­ci­na re­mi­tía a un per­so­na­je clá­si­co de la li­te­ra­tu­ra fran­ce­sa, el de ma­da­me Bo­vary, la mu­jer que se abu­rre. Y Jean­ne Mo­reau fue una ma­da­me Bo­vary creí­ble, qui­zás por­que fue­se una Em­ma Bo­vary de ver­dad. Su la­bio in­fe­rior li­ge­ra­men­te sa­li­do y sus ojos enor­mes, can­sa­dos, le da­ban en la pan­ta­lla un ai­re desafian­te y cons­cien­te. Y co­mo la Nou­ve­lle va­gue fue tam­bién la irrup­ción de la au­to­bio­gra­fía en el ci­ne, has­ta en eso Mo­reau re­pre­sen­tó el es­pí­ri­tu de aque­lla es­té­ti­ca, por­que mu­chas de sus pe­lí­cu­las las hi­zo ba­jo el in­flu­jo del desamor: ro­dó dos con su pri­mer ma­ri­do des­pués de di­vor­ciar­se de él, otras dos con Louis Ma­lle des­pués de de­jar­le y una que hi­zo con Ri­chard­son pu­so fin al ma­tri­mo­nio de es­te. Mar­gue­ri­te Du­ras, que era ami­ga su­ya, siem­pre que la veía, en vez de de­cir­le «ho­la», le pre­gun­ta­ba: «Jean­ne, ¿has su­fri­do mu­cho hoy?».

Pen­sa­ba en­ton­ces en esas co­sas cuan­do el tin­ti­neo de las cu­cha­ri­llas de pla­ta en los va­sos de cris­tal de Lo­re­na me sa­có de aque­llos pen­sa­mien­tos — co­mo lo ha­ce aho­ra, años des­pués, al es­cri­bir es­te pe­que­ño ho­me­na­je—. Se hi­zo un si­len­cio. Ha­bló el em­ba­ja­dor. Lue­go ha­bló la ac­triz. Con­tó que su pri­mer amor ha­bía si­do el tea­tro. En 1944, en un Pa­rís to­da­vía ocu­pa­do por los ale­ma­nes, en el Théâ­tre de l’Ate­lier, sin ca­le­fac­ción y con cor­tes de luz cons­tan­tes, ha­bía vis­to con die­ci­séis años la An­tí­go­na de Anouilh y ha­bía de­ci­di­do ser ac­triz. Y yo me ima­gi­né que la epi­fa­nía ha­bría si­do cuan­do el co­ro di­ce aque­llo de «des­de el mis­mo ins­tan­te en que el te­lón se al­zó, em­pe­zó a sen­tir que fuer­zas in­hu­ma­nas la arras­tra­ban fue­ra de su mun­do». Lue­go la in­vi­ta­da del em­ba­ja­dor se sen­tó y sir­vie­ron una co­pa a los asis­ten­tes. Pe­ro lo más in­tere­san­te de aque­lla no­che fue que vi reír­se a Jean­ne Mo­reau. Sí, vi reír a la es­fin­ge de la Nou­ve­lle va­gue, la mu­sa de los úl­ti­mos exis­ten­cia­lis­tas. El em­ba­ja­dor le hi­zo un co­men­ta­rio al oí­do y ella sol­tó una car­ca­ja­da re­bel­de y fe­mi­nis­ta que era co­mo de Si­mo­ne de Beau­voir, su­po­nien­do que Si­mo­ne de Beau­voir se hu­bie­se reí­do al­gu­na vez en su vi­da, lo cual no creo. ¿Era la ri­sa de ma­da­me Bo­vary? No du­ró mu­cho. En­se­gui­da re­gre­só a su per­so­na­je, y los ojos vol­vie­ron a ser los aque­lla mu­jer ator­men­ta­da que pa­sea­ba des­orien­ta­da por las ca­lles en As­cen­sor al ca­dal­so, es­pe­ran­do a ser de­te­ni­da por com­pli­ci­dad en el ase­si­na­to de su ma­ri­do por su aman­te. Po­dría ha­ber­se en­con­tra­do con­si­go mis­ma, pa­sean­do tam­bién des­orien­ta­da por las ca­lles de Mi­lán en La no­che de An­to­nio­ni. En­ton­ces, se ha­brían pre­gun­ta­do la una a la otra: «Jean­ne, ¿Has su­fri­do mu­cho hoy?».

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