«Twit­ter se ha vuel­to un ni­do tó­xi­co»

Jo­se Gómez, De­freds, em­pe­zó es­cri­bien­do tuits en su ca­sa. Aho­ra tie­ne 180.000 se­gui­do­res y ven­de 200.000 li­bros

La Voz de Galicia (Barbanza) - - Alta Definición - CARMEN GAR­CÍA DE BUR­GOS

En­tre un «Da gus­to leer @De­freds con el de­li­ca­do so­ni­do de las olas de fon­do» y otro «Ten­go el me­jor no­vio del mun­do mun­dial, me­nu­do re­ga­la­zo, por fin voy a te­ner en­tre mis ma­nos uno de los li­bros de @De­freds» ape­nas han pa­sa­do unos mi­nu­tos. Por me­dio se han co­la­do un «Que al­guien le di­ga a De­freds que de­je de es­cri­bir, por fa­vor y gra­cias» y un «La ver­dad es que ya me jo­de­ría com­prar un li­bro de de­freds». Es la me­di­da de tiem­po de Twit­ter, don­de las co­sas pue­den tar­dar si­glos o mi­lé­si­mas de se­gun­do en pa­sar y mul­ti­pli­car­se. A Jo­sé A. Gómez Igle­sias le han ocu­rri­do las dos co­sas: du­ran­te años la co­sa fue len­ta, y en la red so­lo plas­ma­ba ideas y pen­sa­mien­tos que le sa­lían. Pa­re­cía que no ocu­rría na­da al otro la­do.

Has­ta que em­pe­zó a ace­le­rar­se, y de re­pen­te el vi­gués te­nía mi­les de se­gui­do­res y una edi­to­rial, Fri­da Edi­cio­nes, lo lla­mó pa­ra edi­tar un li­bro. Hoy leen sus bre­ves men­sa­jes de 140 ca­rac­te­res unas 180.000 per­so­nas, que se con­vier­ten en 259.000 en Fa­ce­book, y en ca­si 200.000 si se su­man los tres li­bros que ha pu­bli­ca­do —Ca­si sin que­rer, Cuan­do abras el pa­ra­caí­das y 1.775 ca­lles—, y que ayer fir­mó en la Li­bre­ría Nós de San­xen­xo. Aho­ra, tras ha­ber tra­ba­ja­do en va­rias co­sas, vi­ve de lo su­yo. Es­cri­bir.

Por eso co­no­ce tan bien las re­des so­cia­les. Y ha de­ci­di­do ele­gir al­gu­nas y evitar otras. Y co­mo rei­na de las hi­rien­tes es­tá la que lo vio na­cer y la que a ve­ces pa­re­ce que­rer hun­dir­lo: «Per­so­nal­men­te hay co­sas que no te gus­ta mu­cho leer, so­bre to­do por­que es mu­cha de­sin­for­ma­ción, gen­te que opi­na sin te­ner ni idea. He leí­do ab­sur­de­ces to­ta­les co­mo que si sa­ca­ba li­bros por­que mi pa­dre era millonario. Y mi pa­dre, que se le­van­ta a las 5 de la ma­ña­na pa­ra tra­ba­jar, se ríe».

Jo­sé ha­bla tran­qui­lo, con una sen­sa­tez que no siem­pre se pre­su­po­ne a un in­fluen­cer, y con­fie­sa su edad. Pe­ro so­lo off the re­cord. Su ca­ra aniña­da le ha per­mi­ti­do en­trar en un jue­go de mis­te­rios que ca­si se ha con­ver­ti­do en una se­ña de iden­ti­dad. Nun­ca di­ce pú­bli­ca­men­te en qué mo­men­to de su vi­da es­tá, aun­que en to­do lo de­más se des­nu­de ca­da vez que to­ca el te­cla­do.

«A quien tie­ne éxi­to hay que cri­ti­car­lo, eso siem­pre ha si­do así. Yo lo lle­vo bien, pe­ro sí creo que Fa­ce­book o Ins­ta­gram, que son re­des que es­tán en au­ge (al me­nos pa­ra mí), son un po­co más lim­pias. La gen­te no mo­les­ta tan­to. En cambio Twit­ter es más co­mo un ni­do de... tó­xi­co, o se ha con­ver­ti­do en eso, por lo me­nos. Aun­que yo em­pe­za­ra en ella no me gus­ta de­ma­sia­do. Sigo pu­bli­can­do mu­cho pe­ro ig­no­ro bas­tan­te lo que lle­ga. No me gus­ta el am­bien­ti­llo que hay en Twit­ter. Creo que se ha con­ver­ti­do en cri­ti­car y sa­car de con­tex­to to­do... No me ter­mi­na de ins­pi­rar».

Ni a él ni, cree, ca­da vez a más gen­te adul­ta: «En Twit­ter la edad es va­ria­da, pe­ro al final es un po­co más jo­ven­ci­ta que en otras, por­que la gen­te más ma­yor ha de­ja­do esos am­bien­tes tó­xi­cos y se va a otras re­des que son, a mi mo­do de ver, más prác­ti­cas».

Sus tuits y sus li­bros ha­blan de amor por­que es lo que vi­ve, ex­pli­ca a unos me­ses de ser pa­dre. Va a re­tra­sar la pro­mo­ción de su cuar­to li­bro, His­to­rias de un náu­fra­go hi­po­con­dría­co, has­ta que naz­ca. En­tre otras co­sas, por­que le to­ca dar el sal­to a La­ti­noa­mé­ri­ca. «Creo que me lo me­rez­co», re­co­no­ce con ho­nes­ti­dad.

ÓS­CAR VÍFER

Jo­sé A. Gómez Igle­sias nun­ca re­ve­la su edad, aun­que con­fie­sa que es­tá a pun­to de ser pa­dre.

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